¿Quieren saber de
verdad lo que es sentir vergüenza ajena? No, no se preocupen, no les voy a
poner un vídeo de Rubalcaba exigiendo explicaciones al Gobierno sobre las medidas
adoptadas para capear la crisis. Nada más lejos por mi parte que practicar un
ejercicio de masoquismo. La cosa es más prosaica. Y es que, por si no se han
dado cuenta aún, estamos a tiro de piedra de entrar en unas fechas entrañables,
en una época de cinismo en la que los medios de comunicación nos bombardearán con todo tipo de anuncios para
tratar de conmover nuestros más nobles sentimientos, a ver si así hacemos acto
de contrición por lo mal que nos hemos portado durante todo el año y, de paso,
limpiamos nuestras sucias conciencias con arrebatos de consumismo compulsivo. Y
es que somos blandos de espíritu hasta para dejarnos convencer de que podemos
expiar nuestros pecados convirtiéndonos en mejores personas durante dos
semanas, regalando buenas intenciones y mejores deseos a todo aquel que se cruce
en nuestro camino. Eso sí, el resto del año no tendremos reparos morales en seguir comportándonos con esa falta de escrúpulos que hacen que pasemos junto al indigente al que vemos a diario sin tan siquiera dedicarle una mirada de compasión:
para esas ocasiones reservamos otras fechas del calendario, no vaya a ser que no
tengamos nada de lo que arrepentirnos durante el resto del año.
Estamos en puertas de que nos metan por los ojos una batería de películas y demás
productos de similar factura que ablanden nuestros corazones con un falso espíritu navideño. Uno de esos productos estrella es el anuncio de la Lotería de Navidad. Seríamos condescendientes si dijéramos que el de esta campaña produce bochorno, y como anda uno un poco malhumorado con esto de que ya
vamos por el cuarto año en el que a los funcionarios nos congelan el salario, no
es la indulgencia precisamente el sentimiento que más me caracteriza
últimamente. Por lo tanto, espero que aquellos que se sientan molestos por
estas líneas sepan perdonarme como buenos cristianos, pero no pienso ahorrar en
calificativos a la hora de descalificar –perdón por la redundancia- el mayor
bodrio que se ha asomado a nuestras pequeñas pantallas en mucho tiempo. Resulta
un auténtico despropósito haber reunido en un mismo spot a gentes de la “talla”
de Marta Sánchez y David Bustamante. La una, vieja gloria digna de tiempos mejores; el otro, tendría que estar dando gracias eternas por poder vivir de la música. En cuanto a Montserrat
Caballé y a Raphael, en fin, vamos a tildarlo entre grotesco y extravagante: contemplar como espectadores el careto de espanto que pone la soprano catalana en alguna de los fotogramas, así como asistir al afinado
torrente de voz del jienense es algo que no está hecho para todos los estómagos. Por
cierto, aquí hago un inciso: algún entendido en la materia tendrá que
explicarme cómo es posible que este tipo, con sus ridículas poses y sus histriónicas muecas, ha logrado vender más de 50 millones de
discos a lo largo de su prolífica carrera. ¿O es que somos una minoría los que
nos hemos dado cuenta de que Jesulín a su lado no daría tanto la nota? Iker
Jiménez, ya tienes tarea.
Y llegamos a la Niña
Pastori. Aquí, si me lo permiten, me ahorro los adjetivos. Sencillamente, no
sé qué pinta en todo esto. Tengo para mí que se ha colado de rondón, que los
guionistas del engendro echaban en falta a otra estrella de relumbrón para cuadrar
el elenco y acudieron a ella como podrían haber llamado a Leonardo Dantés, Toni
Genil o Sonia Monroy. Supongo que es la que tenían más a mano; no hay que darle
más vueltas. Lo mismo podría significar de los demás, pero es que no se me
ocurre otra cosa que decir. Y es que este despropósito no tiene ni pies ni
cabeza. Parece como si el ideólogo de la cosa, el perpetrador de todo este
circo, se hubiera tomado un tripi para gastarle al personal una broma de mal
gusto. Así que, señoras y señores, este es el anuncio con el que Loterías y
Apuestas del Estado pretende conmovernos para que acudamos en tropel a Doña
Manolita con un billete de veinte euros con el que tentar a la suerte. No sé
si los españolitos de a pié tendrán pensado gastarse más o menos dinero que
otros años, lo que sí tengo claro es que el
anuncio de marras echaría para atrás a cualquiera que tuviera un mínimo de
dignidad. Pero como somos así de filántropos, no faltarán quienes sigan cumpliendo
con la tradición de comprar algún décimo, más aún si nos consta de buena tinta que
el vecino, el compañero de trabajo o la
suegra llevan varias participaciones. Porque si es cierto que podríamos
soportar que la diosa Fortuna no llame a nuestra puerta, lo que ya no veríamos
con tan buenos ojos es que saliera en el telediario -con la parafernalia de
cámaras de televisión y descorche de botellas de champán incluída- nuestra vecina del quinto gritando cual posesa
al tiempo que muestra temblorosa el número premiado con el gordo. No habría
psicólogo en el mundo que sanara ese entuerto.
Y me quejaba yo el
año pasado de los de Campofrío. ¡Unos santos Fofito y
compañía al lado de este grupete! Si esto es lo más granado de nuestro panorama
musical, démosles una alegría a los hombres de negro de la troika comunitaria; supliquemos todos juntos para que nos rescaten de esta pesadilla y nos traigan de vuelta al añorado calvo de toda la vida. ¡Hasta los Trotamúsicos habrían salido más airosos! Si pretendían irradiarnos las ñoñerías típicas de estas fechas, para eso que hubieran programado un "reality" en el que seguir las zozobras de Paquirrín buscando trabajo, o los esfuerzos de la Esteban por desengancharse de sus adicciones. Eso sí sería digno del espíritu navideño. A ver si el año que viene tenemos más suerte y nos ponen a Masiel, Juan Pardo, Víctor Manuel, Serrat o Karina. Sería un detalle por parte de Loterías y Apuestas del Estado: si Hacienda se va a llevar el 20%, pues que al menos lo hagan con gracia y alegría. Esperemos que el padre de la criatura, un tal Juan Pablo Berger -el mismo que ha dirigido esa pedazo de obra maestra llamada Blancanieves, con Maribel Verdú como protagonista- los tenga bien puestos y no se demore demasiado en salir a la palestra a pedirnos disculpas por mancillar la imagen de la entrañable Navidad. A buen seguro que Luigi Pirandello no lo reclutaría ni como apuntador.