Hace
alrededor de cuatro años que un compañero de trabajo empezó a relatarnos al
grupo del desayuno que nos reunimos cada mañana al abrigo de un café calentito
y una buena tostada de las singulares peripecias de un tipo de porte fornido,
portentosa melena, tez morena y barba cuidadosamente desaliñada que
se dedica a recorrer el mundo en moto y a colgar sus aventuras en
Youtube. A Dani, que así es como se llama este compañero, siempre le tuvimos
por un poco fantasioso, producto de una mentalidad a medio camino entre la
adolescencia y la primera juventud. Como adorable treintañero que se
niega a hacerse mayor, Dani es como un niño grande que desborda energía,
que contagia su vitalidad a los demás y al que, en el fondo, envidiamos. No
había día que no se presentara ante nosotros para confiarnos los entresijos de
lo que, sin lugar a dudas, habría de ser el negocio del siglo. Ante su
elocuencia de predicador, los que asistíamos a sus peroratas nos
limitábamos, entre chanzas y burlas, a apuntarle los fallos
evidentes de que adolecían sus infalibles planes. Todo su afán consistía en
convencernos de la imperiosa necesidad que teníamos de, si queríamos sentirnos
realizados desde un punto de vista vital, abandonar la tediosa rutina de
funcionarios en la que andábamos inmersos -y que, según su criterio,
castraba toda iniciativa emprendedora- para salir cuanto antes de eso
que ahora llaman “zona de confort”. Un tipo peculiar este Dani, al que llevamos
echando de menos desde que se lió la manta a la cabeza para, predicando con el
ejemplo, renunciar a su puesto de interino en la Junta de Extremadura
y ponerse a trabajar con su suegro, creo que por tierras conquenses. Si no
estoy mal informado, ahora dedica su tiempo libre a preparar las
oposiciones de bombero. Parece ser que eso de tener al suegro por jefe no
era tan idílico como él se lo imaginaba.
Siguiendo las recomendaciones de Dani, acudí a Youtube aguijoneado por la
curiosidad de conocer de primera mano a este nuevo quijote sin escudero del
siglo XXI. Y a partir de ese momento, para mi sorpresa y sin un ápice de
exageración en mis palabras, se abrió ante mí una ventana fascinante a la que
asomarme cada semana para contemplar el mundo de siempre con ojos distintos. Un
mundo que si bien ya ha sido hollado en todos sus extremos por la pezuña del
hombre, ha resultado revelador redescubrir gracias a la labor de esta especie
de explorador que hace las veces de un Livingstone adentrándose en el África
más remota, de un Cristóbal Colón al encuentro del continente
americano o de un Marco Polo tras la ruta de la seda y de las
especias asiáticas. Viendo sus vídeos, tiene uno la sensación de penetrar
en terreno virgen e inexplorado. Esta visión, precisamente, es la que hace que
el canal cuente con algo más de 186.000 suscriptores. Y es que Charly ha
conseguido que sus historias atraigan no sólo a la comunidad motera, sino a
toda una multitud de seguidores a los que nos une la admiración por alguien
que, con determinación y valentía, ha logrado realizar lo que la mayoría sólo
nos atrevemos a soñar. Esa sensación de vernos reflejados en él cada vez que
viaja al rincón más recóndito del planeta es lo que nos confiere ese sentimiento
de pertenencia a una hermandad.
Cuenta
Carlos García Portal que su caída del caballo -la misma que algún día esperamos
que nos suceda a su legión de discípulos- le sobrevino allá por
el 2014, en las Cataratas Victoria (Zambia), aunque su voz interior
ya le venía avisando desde 2009, cuando se hallaba de ruta por la
India. Tenemos aquí el infrecuente caso de alguien que gozaba de una vida
exitosa como socio fundador de una inmobiliaria dedicada a la venta de casas de
lujo que un día decidió dar un giro radical a su vida para dedicarse a lo que
verdaderamente le apasionaba: montar en moto. Su primer viaje, a lomos de una
Honda Varadero a la que más tarde bautizaría como "La Misionera",
tuvo por destino Australia. Durante los preparativos, con la intención de que tanto
amigos como familiares conocieran sus andanzas, creó un blog con el llamativo
título de El mundo en moto Sinewan. ¿Que de dónde diablos sale ese nombre?
Pues de una serie rodada para la televisión británica en la que los actores
Ewan McGregor y Charly Boorman recorrían medio mundo sobre dos ruedas con toda
la parafernalia de cámaras, equipo de producción, vehículos de apoyo,
habitaciones de hotel… Y a Charly -nuestro Carlos García Portal-, en un momento
de inspiración, y dado que él mismo también se disponía
a acometer dicho reto, aunque sin las comodidades propias de la
megaestrella de Hollywood y de su fiel acompañante, dio con la tecla adecuada
para crear una marca que ya se ha convertido en una seña
de identidad para moteros, youtubers, twitteros y
demás usuarios de unas redes sociales a las que ha sabido utilizar
como trampolín para darse a conocer más allá de nuestras fronteras.
Y así ha sido como Carlos García Portal dio el salto al vacío para convertirse en Charly Sinewan y hacer de la aventura su modo de vida. Lo mismo lo encontramos perdido por una pista de la América profunda que en mitad de Estambul. Desde Alaska hasta Argentina, desde Cuba a Mongolia, no hay destino que se le resista, poniendo rumbo hacia horizontes lejanos en los que solo El Guionista sabe lo que sucederá y donde el plan... es que no hay plan. No importan las dificultades cotidianas que acechan por el camino, ni siquiera la odisea que supone cruzar las fronteras artificiales con las que el hombre ha tenido a bien dividir al mundo cuando de lo que se trata es de cumplir con el objetivo de conectar con el viaje y disfrutar de las pequeñas historias que surgen a cada paso. No puedo ni imaginar la satisfacción que supone toparse con gentes a las que no conoces de nada, que ni siquiera hablan tu idioma, y que se desviven por sacarte de un apuro en el que, por cabezonería, te has metido tú solito y del que logras salir airoso cuando creías que estaba todo echado a perder; que te ceden sus casas para descansar después de una interminable jornada sin esperar nada a cambio; que te ofrecen comida y bebida sin prácticamente tener ellos mismos nada que llevarse a la boca... Y ahí es cuando, supongo, uno recobra la confianza perdida en la bonhomía del ser humano y se da cuenta de que no es tan fiero como lo pintan. Tengo para mí que esa debe ser una de las grandes recompensas espirituales de este estilo de vida que Charly lleva practicando desde hace una década, quizás inspirado en la historia que se narra en Into the Wilde sobre Cristopher Johnson McCandless. Creo que para él la felicidad debe ser algo así como encontrarse perdido en mitad de la nada, tener las baterías de sus cámaras al máximo de carga para captar la instantánea de ese momento memorable, encontrar algún apartado lugar con conexión wifi para editar el contenido y colgarlo a tiempo en el canal para deleite de sus seguidores. Espero que todo este ritual no le pese tanto como para perder la frescura de sus comienzos y dejar de divertirse con todo lo que hace. Lo que sí está claro es que Charly, en compensación a todo su esfuerzo, se ha convertido en algo más que en un motero, cobrando peso sus facetas de conferenciante y escritor. Hasta el punto de que en la última Feria del Libro de Madrid la caseta que congregaba a mayor número de lectores era aquella en la que nuestro protagonista firmaba su obra El mundo en moto con Charly Sinewan, editada por Planeta. Todo un espectáculo para la vista comprobar cómo alguien que hasta hace poco vivía en el más absoluto de los anonimatos se ha transformado en una especie de ídolo de masas para una tribu muy concreta de admiradores. Por todo ello, Charly, simplemente darte las gracias por contribuir a generar ilusiones y por mostrarnos desde otra perspectiva las bondades de este loco mundo en el que nos ha tocado vivir. Que la fama no te cambie y ¡ánimo para continuar en la ruta!






