
El día prometía. Amenazaba lluvia, pero,
finalmente, la meteorología se compadeció de los chavales y de
sus familiares, desplazados hasta la capital cacereña desde todos los puntos de
España para presenciar uno de los actos más solemnes en la vida de un
soldado profesional. Ese día, sábado, 24 de enero, en la explanada del Centro
de Formación de Tropa nº 1 de Cáceres, el rey Felipe VI presidió
la jura de bandera de los alumnos pertenecientes, si no me equivoco, al segundo ciclo del año 2025.
No era la primera vez que Su Majestad visitaba el CEFOT. En 1995 ya
asistió a otra jura, aunque en aquella oportunidad lo hizo en calidad de
Príncipe de Asturias. Su padre, el hoy denostado Rey Emérito, sería el
protagonista de la misma ceremonia justo un año después. Por cierto, ¿quién le iba a
decir a don Juan Carlos que, tras casi treinta y nueve años de reinado, en 2026 viviría exiliado en Abu Dhabi, a 7.500 kilómetros de un país que,
prácticamente, no quiere ni acordarse de él. Pero, en fin, como no se trata de
hurgar en esos pormenores, volvamos a lo nuestro; volvamos al acuartelamiento
de Santa Ana, que aquel 24 de enero se vestía de gala para recibir,
una vez más, al jefe supremo de las Fuerzas Armadas.
Después de jornadas exhaustas e interminables, con ensayos a todas horas, con independencia de si hace frío o caen chuzos de punta, supongo que la
mayoría de los casi 1.400 alumnos se levantaría aquella mañana habiendo dormido más
bien poco. Y os hablo con conocimiento de
causa, puesto que un servidor, como muchos de vosotros sabéis, cumplió con el servicio militar en
el año '99. Por eso mismo, supongo que se contarían con los dedos de una mano los afortunados que esa noche lograron conciliar el sueño. Seguro que la mayoría pasaría las horas en vela, dándole vueltas a cuestiones tan peregrinas como afinar el oído para acompasar el paso al golpe de tambor, o al temor de que se que se les cayera la boina al descubrirse para posar sus labios sobre la enseña nacional.

El caso es que, según cuentan las crónicas, el desfile transcurrió sin
mayores contratiempos. Hubo discursos, hubo vino de confraternización, y hubo,
por lo visto, ración de mala leche por parte de los mandos de la tercera y
cuarta compañías. Eso, al menos, es lo que ha denunciado la Asociación
de Tropa y Marinería y lo que han recogido las páginas de los diarios
regionales. Y os pongo en antecedentes. Finalizado el acto, después de un festín de abrazos, de brindis
variados y de las felicitaciones de rigor, cuando Su Majestad ya surcaba el
firmamento de regreso a palacio, a algún iluminado se le ocurrió la idea de
que los recién juramentados se pertrecharan de los utensilios necesarios para afrontar una instructiva sesión de zafarrancho de limpieza. Que la primera lección que debían aprender nuestros muchachos, el mismo día en que estampaban su firma de compromiso con la patria, fuera la del ciego cumplimiento del deber.
¿Consecuencias de todo ello? Pues, por una parte, disgusto generalizado de padres, parejas y abuelos; y, por otra, cabreo monumental entre
los encargados de los restaurantes, que no daban abasto anulando las reservas
concertadas desde semanas atrás. Olvidan esos uniformados de mecha corta que ya no están ante soldados de reemplazo a quienes se puede putear ante la más leve infracción de las Ordenanzas. Esos tiempos, por fortuna, forman parte del pasado. Pero lo que resulta inadmisible es que un tipo que se ha chupado tres o cinco años de academia, y al que se le presuponen ciertas dotes de liderazgo, siga aplicando el método de la vieja escuela y no sepa distinguir entre disciplina y arbitrariedad. Esa confusión, esa mentalidad trasnochada y chusquera no tiene cabida en las Fuerzas Armadas del siglo XXI.

Sirvan
estas líneas, por tanto, para solidarizarme con esos hombres y mujeres que han
padecido la desgracia de toparse con reliquias de una institución -la militar-
que, por regla general, suele ser motivo de orgullo entre los españoles de
bien. Desde aquí les exhorto a levantar el ánimo, a embridar los naturales
impulsos de indignación que pudieran albergar y a que encaren con la mayor de
las ilusiones la meritoria carrera que han emprendido. Les puedo asegurar que
los momentos de gratificación superan, con creces, a los desengaños. Eso sí,
cuanto antes entiendan que en todo colectivo -y el suyo no iba a ser una
excepción- pueden brotar ciertos individuos que pongan en tela de juicio la
ejemplaridad con la que deberían conducirse todos y cada uno de sus miembros,
mejor les irá. Para cuando se presenten esos instantes de duda, les recomiendo
que tiren de vocación y de espíritu de servicio. Por eso mismo, también les
insto a que aprieten los dientes cuando vengan mal dadas, a que den ejemplo de
coraje e integridad, a no mostrarse quejicosos ante la más mínima contrariedad.
Tienen que ser conscientes de que no han elegido una profesión cualquiera, que
el suyo es un oficio que implica un compromiso vital. Partiendo de esa premisa,
estoy convencido de que sus jefes sabrán apreciar sus virtudes. Dicho lo cual,
les deseo mucha suerte en lo que les queda de formación. El camino será duro,
pero merecerá la pena.
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