domingo, 5 de febrero de 2017

La náusea

   Tranquilidad, que no voy a disertar sobre la sesuda obra de Jean Paul Sartre; mis menguados y dispersos conocimientos literarios no dan para tanto. No. Pero sí voy a hablarles de las sensaciones que me ha generado el visionado durante este fin de semana de Network, película que se estrenó allá por 1976 y que cuenta en su reparto estelar, entre otros, con Peter Finch, Faye Dunaway, William Holden y Robert Duvall. Trata sobre el enfermizo mundo de la televisión y de la dictadura de las audiencias, de hasta dónde son capaces de llegar unos jefazos sin escrúpulos con tal de mantener pegados a la pantalla a una audiencia aborregada, acrítica y sin referentes en los que verse reflejados. Pues bien, hay una escena en la que el presentador del programa de noticias sobre el que gira el argumento monta en cólera y les suelta a los telespectadores una impetuosa perorata con el fin de hacerles despertar de su letargo, instándoles a romper con ese estado de ensimismamiento del que se hayan presos, animándoles a pasar a la acción y a no mostrarse indiferentes ante la inmundicia que les rodea: “Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo” son las palabras literales con las que trata de persuadir a esa misma audiencia para que abran las ventanas de sus casas y griten con rabia desatada esa consigna. Pues eso, precisamente, es lo que me he propuesto en el día de hoy: vomitar todo aquello que me produce hartazgo abriendo mi particular ventana, que no es otra que la de este blog.


   Estoy harto de políticos corruptos, de los ERE´s de Andalucía, de la caja b del Partido Popular, del caradura de Bárcernas y de su mujer, del bigotes y de la Gürtel; de que la justicia siga sin actuar contra el clan de los Pujol, de la independencia de Cataluña, de Artur Mas y de Carles Puigdemont. Estoy profundamente harto del falso buenismo de Mariano Rajoy, del cansino de Pedro Sánchez, del don perfecto de Albert Rivera y de las luchas internas de Podemos; del engreído y pedante de Pablo Iglesias y de su camarada Iñigo Errejón; de los caretos de Montoro y De Guindos cuando nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino; de que nos digan que estamos saliendo de la crisis y de que no se solucione el problema del paro. Estoy harto de las puertas giratorias de los políticos, de que los ciudadanos hayamos sido los paganinis del rescate a la banca, de los nuevos ricos que engordan sin escrúpulos sus ya de por sí henchidas cuentas corrientes. Estoy harto de las promesas incumplidas de Fernández Vara, de que siga sin implantar la jornada de 35 horas para los funcionarios, de la Administración paralela que se ha montado con las empresas públicas y de que estemos rodeados de contratados a dedo para mayor escarnio de los empleados públicos. Estoy harto de los chanchullos en las oposiciones, de incompetentes presidentes de tribunales que se van de rositas después de liarla parda… Estoy harto de que las encuestas electorales se equivoquen una otra y vez, de la soberbia de quienes te miran por encima del hombro por creerse más que los demás, de los que tratan a patadas a los débiles y se muestran mansos y dóciles ante el poderoso; de los sermones de los curas, de la fila única del Carrefour y del "yo no soy tonto" del Mediamark. Estoy harto de la indecencia de Urdangarín y de su señora esposa la infanta doña Cristina, de Bárbara Rey y de la doble vida del rey emérito.


   Estoy harto de la telebasura, del circo de Gran Hermano y de Sálvame, de Paz Padilla, de Belén Esteban, de la Patiño y de Kiko Hernández; de las ridículas y vergonzantes entrevistas de Pablo Motos, de la presidiaria de la Pantoja y del parásito de Paquirrín; de los chistes malos de Matías Prats, de la manipulación informativa, de la estúpida e interminable publicidad; del insolente de Risto Mejide, de la enteradilla de Ana Rosa Quintana y del hipócrita del Gran Wyoming; de los contertulios, que todo lo saben; de los vestidos de la Pedroche, de los programas de cocina y del numerito que montan cada año los actores en la gala de los Goya. Estoy harto del negro del whatsapp, de los zotes que pretenden sentar cátedra con un tweet de cuarenta caracteres, de los que se pasan el día colgando fotos de sus tristes vidas en el facebook; de la mala educación y de la falta de respeto; de la sección de “deportes” de los informativos, de Cristiano y de Mesi, de Guardiola, de Zidane y de Luis Enrique, del Marca y del AS. Estoy harto de que en los 40 Principales, Cadena 100, Kiss FM… repitan siempre la misma bazofia. Estoy harto del IVA cultural, de lo buenos que somos todos en Navidad, de las heces de los perros en las aceras, de que te llamen facha por llevar una pulsera con la bandera de España en la muñeca. Estoy harto de este fracasado sistema educativo, del pasotismo de los alumnos y de la tontuna que tienen los padres en todo lo alto. Estoy harto de que me cobren 1,50 por un refresco, del precio de la gasolina; de las compañías de teléfonos móviles y del pollo que tienes que montar para que te den de baja. Estoy harto de Donald Trump, de hacer cola para pagar en el NIRRI... y de los ruidos de mi vecina del cuarto. Estoy profundamente harto de todo eso y de mucho más. 

martes, 6 de septiembre de 2016

Escenas emeritenses: de bares y desayunos

 

En 1835 publicaba don Ramón de Mesonero Romanos su obra Panorama matritense: cuadros de costumbres de la capital observados por un curioso parlante, a la que seguiría en 1851 Escenas y tipos matritenses. En ellas se narran las costumbres y tradiciones de las gentes de Madrid con las pinceladas propias del romanticismo literario.  Al igual que la sociedad andaluza quedó perfectamente retratada por Estébanez Calderón, la madrileña tuvo su reflejo tanto en la obra del propio Mesonero Romanos como en la del tan recordado, y no menos llorado, Mariano José de Larra. Pues bien, salvando todas las distancias que haya que salvar con los pioneros y maestros de aquel estilo costumbrista, con el artículo de hoy –el cual desconozco si tendrá continuidad en otros posts similares- me propongo plasmar una de las más típicas escenas que acontecen, por las mañanas y entre semana, en Mérida. Me refiero a la diáspora de los funcionarios a la búsqueda del cafetito y la tostada de mediodía en la antigua Augusta Emérita, ese "pueblo grande" al que muchos se refieren despectivamente y que seguro que echa de menos la época en la que paseaban por sus calles empedradas los licenciados de las legiones romanas. Si el legado Publio Carisio, fundador de la ciudad por orden del emperador Augusto en el año 25 a. C., hubiera sabido que al cabo de los siglos su criatura iba a ser hollada por gentes de dudosa reputación -todo lo contrario que sus valientes guerreros-, a lo mejor se lo piensa y hubiera buscado para su fundación un enclave más a propósito para satisfacer las necesidades de sus soldados. No sé si los legionarios de antaño arrastraban peor fama que los funcionarios de hoy; lo que sí es cierto es que mientras ellos nos han legado para la posteridad circos, teatros, anfiteatros, termas y acueductos, nosotros dejaremos a las futuras generaciones mamotretos de cemento, aluminio y hormigón.

   Pero a lo que vamos. Esto de la hora del desayuno es un fenómeno curioso que supongo que ocurrirá en todos lados, aunque no sé si con la misma magnitud que aquí. Y digo aquí porque trabajo en Mérida desde enero de 2005, motivo que me faculta, supongo, para dedicar a este asunto unas líneas con conocimiento de causa; más si cabe cuando se da también la feliz circunstancia de que llevo viviendo en esta bendita ciudad desde hace tres meses. No exagero en lo del calificativo: yo era el primero que echaba pestes de Mérida hasta que me vine a vivir aquí. Y es que el no madrugar acaba hasta con las convicciones más firmes; así de débil es la naturaleza humana. El caso es que, como digo, entre las diez y las doce de la mañana -no es que nos tomemos todo ese tiempo para desayunar; no sean ustedes mal pensados, sino que establecemos varios turnos entre esa franja horaria- se produce un movimiento de funcionarios ávidos por meternos entre pecho y espalda el elixir que nos saque del estado de amodorramiento matutino, acompañándolo con la oportuna tostada que sacie nuestros hambrientos estómagos. Antes de que la Junta de Extremadura decidiera acometer la obra del complejo administrativo del III Milenio, poniendo fin a la dispersión de oficinas a lo largo y ancho de la ciudad, el negocio estaba más repartido y la estampida humana no era tan llamativa, pero desde que en 2013 -creo, porque lo de las fechas no es lo mío- gran parte del personal nos trasladamos al nuevo enclave situado en la barriada de San Lázaro (el Peri de toda la vida), podríamos decir que el fenómeno se ha vuelto viral. Es un espectáculo ver salir a toda esa masa enorme de gente caminito de su refrigerio mañanero.


   Y es a partir del momento en que uno se acomoda en las sillas del Nirri, del Bermejo, de Casa Manolo o del Vicente cuando comienza la aventura. Ahora que este sol inmisericorde sigue sin darnos tregua, la mayoría de las veces nos solemos quedar en la zona de terrazas, aunque si el ambiente está demasiado caldeado -o las mesas ocupadas-, no dudamos en acudir al refugio del traicionero aire acondicionado. Y allí nos esperan los afanados camareros, unos más profesionales y más espabilados que otros, para atender con prestancia nuestras peticiones. Que esa es otra. En mi cuadrilla somos ocho o nueve y cada uno tenemos la caprichosa costumbre de poner a prueba la memoria de los mozos que nos toman nota: que si descafeinado de máquina solo con hielo, que si un “manchao”, un café sólo o un descafeinado de sobre con sacarina. Y ya, para rematar la faena, tampoco faltan los zumos de naranja o las cervezas sin alcohol. De momento, las infusiones no han hecho acto de presencia. Y en cuanto a las tostadas, eso es otro show; el repertorio es tan amplio que no conviene dejarlo por escrito, so pena de extenderme más de lo estrictamente necesario. Sería mucha casualidad que dos de nosotros demandemos el mismo manjar, con lo cual no es de extrañar que a los pobres camareros les lleven los demonios y piensen que estos funcionarios son unos sibaritas y que están todos locos. Y algo de razón no les falta.
  

   Los de mi grupo somos fieles al Nirri -me permito apostillar que desde hace ya demasiado tiempo- como podríamos haberlo sido a cualquiera otra de las tascas que abundan por aquellos lares. Quizás tenga algo que ver en esta elección la cercanía, las vistas o el hilo musical que nos ameniza la espera y con el que pretenderán aplacar nuestra impaciencia ante la demora en el servicio. Y es que, últimamente hemos notado que no es raro el día que no pase más de media hora entre que encargamos la vianda y que nos la sirven a la mesa. Toda fidelidad tiene un límite y más vale no ponerla a prueba demasiado a menudo: que se lo pregunten al del Párking, que ha echado el cierre no hace mucho. Parece ser que los del Nirri no tienen tan claro este principio básico, aprovechándose de ese sambenito que cuelga sobre los funcionarios de que, como somos los seres más acomodaticios de la creación, no temen que nos rebelemos ante situación tan insostenible. El caso es que este affaire ya nos empieza a tocar la moral, hasta el punto de que hay algún osado entre nosotros que ha propuesto que cambiemos de sitio, esgrimiendo argumentos tan contundentes como que “esto ya está pasando de castaño oscuro”, o “nunca la dignidad humana ha padecido tanta injusticia”. Es decir, que no nos ponemos de acuerdo ni para protestar contra los recortes salariales, lo vamos a hacer ahora para este tipo de minucias. Y eso lo saben los del Nirri, Casa Manolo y San Pedro bendito, con lo cual seguirán tratándonos poco menos que a patadas, conocedores de que el funcionariado es un ganado manso y acostumbrado a ser ninguneado. Tan es así, que cuando pedimos la tostada del día – a un módico precio de 1,80 euros-, o nos sellan el cartón de ocho desayunos que te da derecho a uno gratis, pareciera como si nos estuvieran haciendo un favor: se nos bajan los humos y volvemos a pasar por el aro, dejando lo de las injusticias y el castaño oscuro para mejor ocasión. 

   Y así nos luce el pelo. Por eso, como ya se nos tendría que caer la cara de vergüenza por nuestra tendencia a la docilidad laboral, qué menos que mantener erguido el honor cuando se trate pedir un café con leche; que si nos ponen delante de los morros cuatro lonchas esmirriadas de jamón, no demos la callada por respuesta. Compañeros y compañeras -como dicen ahora estos progres snobs que todo lo inundan-, si el movimiento para reivindicar la decencia tiene que nacer al albur de una barra de bar, vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda de la protesta civilizada. Que bastante cera nos han dado ya los nuestros en este último proceso de oposiciones como para que sigamos aguantando, mudos y cómplices, los atropellos de los demás. Reparemos en el hecho de que toda gran victoria siempre empieza por los pequeños detalles. Uno o dos días sin ir a desayunar y ya veríamos si, a partir de entonces, no nos miran con otros ojos... Ganarse el respeto de los demás empieza por la obligación de respetarse a uno mismo.

martes, 30 de agosto de 2016

La modernidad


    A pocos se les escapa que vivimos en una nueva era. Internet ha supuesto una revolución que lo ha cambiado todo: ya nada volverá a ser lo mismo. Las nuevas tecnologías inundan hasta el último recoveco de nuestras vidas, hasta el punto de que quien no sepa utilizar medianamente bien un móvil, una tablet o un ordenador personal pasará a engrosar el listado de ese nuevo género llamado analfabetos digitales en el que andamos inmersos la mayoría de los de mi generación. La realidad que hemos disfrutado aquellos que ya contamos con una cierta edad - la cuarentena no es moco de pavo- en nada se parece a la que venimos experimentando desde, como mínimo, hace diez años: los hábitos sociales actuales nada tienen que ver con los de las décadas de los 80 ó los 90. En ese sentido, habitamos en planetas distintos. Antes, cuando yo me moceaba, nos pasábamos todo el santo día en la calle jugando a las canicas, al escondite, a las chapas y demás invenciones lúdicas. Ahora, eso de la realidad virtual le ha ganado la partida y con creces a la otra realidad, a la de verdad: a la realidad a secas. Antes, el que tenía una bicicleta, una peonza, el magia borrás, los juegos reunidos geyper, los clips de playmobil, el scalextrix, el cinExin o el monopoly era el puto amo de las pandillas; lo adorábamos como si fuese el elegido de los dioses para mostrarnos el camino del éxito; luchábamos en buena lid por hacerle la pelota y caerle lo suficientemente bien como para que nos invitara una tarde a su casa y poder disfrutar como enanos ante la sola visión de cualquiera de esos juguetes. Ahora, el que no disponga de la PSP, la Play Station 4, la Xbox, la Wii, y la Nintendo DS es un don nadie. Pero, ojo al dato, con el agravante de que el que no cuente con todas y cada una de esas consolas no es digno de respeto. No basta con atesorar uno o dos de esos aparatejos, es que hay que tenerlos todos para que le tomen a uno en serio. Lo cual confirma mi tesis de que los padres de hoy en día están idiotizando a sus hijos en una desenfrenada carrera de fondo en la que los únicos perjudicados -además de la maltrecha economía familiar- son precisamente sus propios retoños, consintiendo alevosamente los caprichos de esos pequeños dictadores en la creencia de que les hacen un favor, y no se dan cuenta de que con esa actitud indolente están criando a auténticos monstruos caracterizados por el egoísmo puro y duro. Si años atrás el modo de fanfarronear socialmente era que los papás se compraran un piso o un coche de la leche -que, dicho sea de paso, pagaban a duras penas; los había que pasaban hambre con tal de mantener el apartamento en la playa y el Audi en la puerta de casa-, ahora todo ese aparentar ante los demás se ha volcado en los hijos: que no se diga que mi niño no tiene los mismos juguetes que el hijo del vecino. Y así andamos. 

  
    Esta mutación de costumbres, visible sobre todo a raíz del cambio de milenio, se ha producido a todos los niveles, como por ejemplo en el terreno de las amistades y en el del ligoteo. Qué decir de redes sociales como Facebook o de archiconocidas aplicaciones como Badoo, Lovoo o Tinder. Si hace veinte años nos cuentan que vamos a tener un ejército de amigos digitales, o que íbamos a buscar pareja -o lo que se tercie- a través de un ordenador o de un móvil, habríamos llamado sin demora al galeno del pueblo para que a ese visionario lo facturasen directamente al manicomio más cercano. Y ya ven ustedes a lo que hemos llegado: nos hemos quedado bastante cortos en las predicciones. Hay gente -pobrecillos- que presume de sus doscientos, trescientos, cuatrocientos amigos en Facebook, fingiendo ser los tíos más felices del mundo por contar con tamaña legión de seguidores a pesar de que su existencia se rige por la más absoluta vacuidad. Hay incluso quienes han sustituido a sus amigos de toda la vida -los de verdad, esos que pueden contarse con los dedos de una mano- por estos otros de cartón piedra. Y ahí están, dichosos y contentos por publicar a cada instante -como si al resto del mundo le importara un adarme- las fotos de sus andanzas por media geografía española con tí@s que hasta hace tres días eran auténticos desconocidos y que ahora resulta que son amiguitos del alma. Y los hay también que no dan un solo paso sin antes colgarlo en su muro. Yo he visto crecer a criaturas desde que su madre estaba embarazada hasta que han hecho la primera comunión... Palabrita del Niño Jesús. Insisto. Nos hemos vuelto locos. Estamos desnortados. Este mundo falso y artificial nacido al amparo del incorrecto uso que le hemos dado a las nuevas tecnologías está poniendo de manifiesto la idiocia de la raza humana. Hemos perdido la autenticidad. Ahora parece que la peña está en Babia, deambulando con los móviles entre las manos, sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor; absortos con el wasap, el messenger, twitter y demás artificios que anulan el intelecto y nos hacen esclavos de una serie de necesidades totalmente prescindibles. Nos han hecho creer en unos patrones postizos que no se corresponden con lo que sería propio de una sociedad avanzada tecnológicamente. Así que, respondamos todos juntos y al unísono, sin miedo a equivocarnos, ante la pregunta de qué sea la modernidad: ¡postureo!, eso es la modernidad. Del progreso, que es algo más serio y muy distinto, hablaremos otro día.

lunes, 8 de agosto de 2016

Ese valiente malpartideño


 
 Campa por Malpartida de Cáceres un muchacho espigado, de piel morena adornada con algún que otro tatuaje, barba desaliñada de tres días -o más, que en esto no pongo la mano en el fuego-, atuendo informal, andares desenvueltos, rostro taciturno -sobre todo cuando por su mente sobrevuela la idea de una nueva novela- y con una mirada cargada de verdad, auténtica, risueña la mayoría de las veces, soñadora. Es fácil encontrárselo por cualquiera de sus calles con un cigarrillo de liar entre la comisura de los labios, apurando apresuradas caladas hasta casi quemarse las yemas de los dedos. Cualquiera que, sin conocerlo, se cruzase con él podría pensar que es uno de tantos jóvenes que llevan una vida aseadita, tirando a anodina, de esos que se levantan para ir a trabajar, hacen un alto en el camino para comer y vuelven de nuevo al tajo hasta que dan las ocho o las nueve de la noche, deseando llegar al hogar familiar donde le esperan parienta y vástagos. Es decir, rutina vulgar y corriente, sin sobresaltos, como la mayoría de la gente que nos rodea y con la que coincidimos a diario. Pero qué va, todo lo contrario. Así que ese mismo tipo volverá a toparse con él cualquier otro día de la semana mientras se toma unas cañas en la plaza de la Nora, en Casa Suárez, en Los Puris o donde se tercie -que para eso Malpartida alberga magníficas tascas en las que aliviar el gaznate en buena compañía-, y reincidirá en la torpeza de extraer la misma conclusión, y seguirá sin saber que el careto del que ocupa dos mesas más allá de la suya, sorbiendo cerveza con igual o mayor maestría de la que demuestra manejando la pluma, es el de alguien que acaba de culminar la proeza de publicar su tercera novela; no tendrá ni idea de que tiene ante sí a un escritor hecho y derecho, de una pieza, al que le adornan, entre otras virtudes, el tesón por conseguir todo aquello que se propone, lo cual es de admirar teniendo en cuenta que da rienda suelta a sus musas en los ratos libres que le dejan su trabajo y el cuidado de los dos churumbeles habidos en su relación con Laura, compañera fiel y depositaria de los desvelos de quien se dedica al noble oficio de las letras. Y entonces será el momento de espetarle a ese indocumentado que se deje de tanto cazar pokemons y se informe un poco más sobre la actualidad cultural de su pueblo, pues a estas alturas es imperdonable que Diego César Pedrera pase desapercibido entre sus vecinos.


   Cada vez son menos los malpartideños que desconocen esta faceta de César, aunque solo sea por el hecho de que el pasado viernes tuvo lugar, en el acogedor bar De Cine, la presentación de Esos valientes extremeños, la última de sus creaciones literarias. Y allí nos congregamos un puñado de seguidores y admiradores, en reconocimiento a una encomiable labor de investigación, documentación y redacción de las biografías de insignes extremeños a los que la historia ha tratado de manera desigual: unos recordados en buena dicha, como el ramillete de exploradores y conquistadores que cruzaron el charco en busca de gloria, fama y fortuna (Hernán Cortés, Vasco Núñez de Balboa, Francisco Pizarro, Hernando de Soto o Francisco de Orellana); y otros desterrados incluso del imaginario popular, como ha sucedido con Feliciano Cuesta, Francisco Fernández Golfín, los hermanos Morales, Martín Cerezo, José Antonio Sarabia o Chico Cabrera. Todo ellos protagonizaron gestas memorables, pero el paso de los años ha hecho que solo unos pocos engrosaran el listado de quienes debían figurar en el frontispicio de los héroes nacionales. Y ese, precisamente, ha sido uno de los objetivos perseguidos en esta novela, el de vindicar y sacar a la luz las hazañas de un conjunto de paisanos injustamente olvidados, amén de recrearse en las aventuras de aquellos otros que el lector ya conoce de sobra -siquiera sea de oídas-, pero que nunca está de más volver a evocar bajo el estilo fresco, didáctico y desenfadado de nuestro autor, despojado de academicismos pero con el rigor que exige una empresa de este calado. Como dijo César durante la presentación, si los americanos tuvieran sólo a un par de estos valientes entre sus compatriotas, el coñazo que darían – y ya lo dan bastante- sería insoportable. Nosotros, que sí contamos con ellos, resulta que les pagamos con la moneda de la indiferencia y los enterramos bajo el ingrato manto del ostracismo. Un pueblo no puede ignorar a aquellos próceres que dieron lustre y realce a esta Extremadura nuestra, y es por eso por lo que les animo a que se adentren en la lectura de estas páginas que narran con pasión y maestría los avatares de unos hombres que hicieron historia; páginas que deben mucho a las excelentes ilustraciones realizadas por Jesús García, genio y figura que también dará mucho que hablar. 

viernes, 5 de agosto de 2016

El líder anacrónico

Tengo mis dudas de si no me habré excedido en el uso del sustantivo que lleva el título de esta entrada, puesto que la cualidad de líder a duras penas puede predicarse de un ser tan insignificante y mediocre como Pedro Sánchez. No obstante, en este caso prefiero pecar de benevolencia que de mordacidad, aunque reconozco que hay más un poquito de lo segundo que de lo primero. En cuanto a lo del adjetivo, lo doy por bien empleado, aunque ahí sí que hubiera podido ser más incisivo. Pero, en fin, a lo que vamos. Es evidente que este señor no puede ser presidente del Gobierno. Algunos lo tenemos claro; otros, dedicados con esmero a colgar carteles de buenos y malos, parece ser que no tanto. En primer lugar, porque los españoles le han demostrado que no confían en él, perdiendo votos a cascoporro tras cada consulta electoral. Y en segundo lugar, porque sería indecente que un tipo como ése ocupara tan alta magistratura recurriendo con malas artes a un lenguaje guerracivilista con el objetivo de dividir categóricamente a la sociedad en un bloque de izquierdas y otro de derechas, en donde, faltaría más, la izquierda estaría compuesta por gentes honradas, justas y bondadosas y, por el contrario, las derechas serían lo peor de lo peor, gentes con rabo y tridente desprovistas de humanidad que luchan denodadamente por cargarse el estado del bienestar. La insensatez es una falta que no se debe pasar por alto a quien puede tener en sus manos el destino de un país, y mucho menos cuando esos términos -beligerantes, simplistas y maniqueos- denotan un desprecio inaceptable a los once millones de votantes que obtuvieron el Partido Popular y Ciudadanos en las últimas elecciones. Sus ansias de poder, cortedad de miras, revanchismo y su sectarismo inveterado le convierten en un verdadero peligro, en un bulto sospechoso que nos decanta más hacia la lástima que hacia el rencor. Que alguien le insinúe a este individuo que lo de las dos Españas hace ya tiempo que lo tenemos superado y que, por mucho que persevere en el intento de resucitar a los dos bandos, esa vieja herida cicatrizada a base de tanto dolor no se volverá a reabrir.

 Pedro Sánchez es un kamikaze de la política. De lo que ya no estoy tan seguro es de que esté dispuesto a asumir las consecuencias que eso conlleva: el loco que se juega la vida propia y ajenas en alguna acción temeraria sabe precisamente eso, que le va la vida en ello. En el caso de nuestro loco particular, dudo mucho de que quiera inmolarse en su proceder suicida, puesto que los hechos nos demuestran que pretende salir airoso de los peligros que él mismo ocasiona. Por muchas derrotas electorales que jalonen su hoja de servicios, está visto que no se da por aludido. Ahí donde le ven, con su buen porte, su -aparentemente- buena educación y su falsa modestia, este hombre va de derrota en derrota hasta el desastre final. Pedro Sánchez está ciego de poder y hará todo lo posible por conseguirlo, tal y como está demostrando desde la convocatoria de las elecciones del pasado 20 de diciembre, algo en lo que reincide desde el el 26 de junio con la contumacia y la desesperación que imprimen la mala conciencia. Y quienes contribuyen a alimentar sus estúpidas ensoñaciones son tan cómplices como él del embrollo institucional en el que nos encontramos, por mucho que le digan por lo bajini que deponga su actitud de enrocamiento si luego en público dan alas a sus infundadas ambiciones. Es propio de todo lunático tenerse en más alta valía de lo que sus méritos atestiguan; de aquellos que le rodean depende que le bajen del pedestal y le planten los pies en el suelo. Aquel que antepone los intereses partidistas a los estatales, aquel que menosprecia a los representantes de un ideario político distinto al suyo, aquel que ve como enemigos a quienes no son sus votantes, ésa persona no está ni preparada ni capacitada para ser nombrado presidente del gobierno. El otro día, durante una rueda de prensa vergonzante e impropia de un demócrata, solo le faltó mencionar explícitamente a la CEDA de Gil Robles (Confederación Española de Derechas Autónomas), al Frente Popular, a la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) para retrotraernos a un tiempo de tinieblas en el que se ha instalado el líder del PSOE. 

martes, 26 de julio de 2016

Una noche de verano



   La noche se nos presentaba cuajada de estrellas, tórrida como ella sola, sin una brizna de aire que llevarnos a la cara ni una sola nube en el horizonte que nos deparase mejores augurios para el día venidero. Era una de esas noches que hacen justicia a esta tierra extremeña y a la estación en la que nos encontramos: la luna, allá en lo alto, aún no había conseguido eliminar los efectos de un ambiente asfixiante, diríase que incluso bochornoso, donde a cada paso de los turistas sus frentes se poblaban de densas gotas de sudor que resbalaban, entusiastas y descontroladas, en una carrera suicida que surcaba las acaloradas mejillas de quienes, a esas horas, salían en tromba a las calles esperando encontrar un remanso de frescor. Impulsados por este ambiente canicular, no tuvimos reparos en llegar al saludable acuerdo de tomar asiento en una de las muchas terrazas que salpicaban los soportales del recinto de la Plaza Mayor, con su Casa Consistorial y el abuelo Mayorga presidiéndolo todo. Tiene su encanto la Plaza Mayor de Plasencia, coqueta y remozada, ni muy grande ni demasiado pequeña, sazonada por enhiestas farolas y férreos bancos en toda su extensión. Eso sí, y esto no resta un ápice de belleza a cuanto queda dicho, echamos en falta una fuentecilla en su parte central de la que brotase algún chorro de agua con el que aliviar nuestra sofoquina. Pero, con todo y con eso, tratando de sustraernos a los estragos del calor sofocante, nos aprestamos a disfrutar y dejarnos llevar por un entorno embriagador de imágenes, aromas y sonidos.

   Y allí estábamos nosotros, contemplando la majestuosidad de un enclave histórico en el que, con la debida atención, podíamos incluso intuir tanto el susurro del discurrir de las aguas del Jerte como las pisadas de aquellos que, a las órdenes de Alfonso VIII de Castilla, fundaron la ciudad en el año 1186. A cada sorbo de cerveza mi imaginación me transportaba a callejuelas por las que siglos atrás pasearon las huestes de aquel rey que tuvo el acierto de grabar en el escudo de tan estratégico territorio para la Reconquista el lema Ut placeat Deo et hominibus (“Para que agrade a Dios y a los hombres”).Y vaya que si nos placía. Ensimismados andábamos, absortos con el corretear y el griterío de la chiquillería, cuando en un extremo de la plaza comenzó a dibujarse la silueta de un personaje que enseguida concitó nuestra atención. Su alta y desgarbada figura estaba graciosamente adornada por una gorrita de color gris ligeramente ladeada a la izquierda y hacia arriba, tocado que dejaba entrever una mata de pelo atusado y rematado en forma de guedejas; portaba a sus espaldas una guitarra enfundada en un estuche negro que refulgía por el efecto de los focos de luz que delimitaban el cuerpo central de la plaza con los soportales que le daban cobijo; su camisa, cruzada por un juego de tirantes, era de un blanco prístino; su rostro, de un pálido conmovedor; sus ojos, huidizos, escondidos tras unas gafas de pasta oscuras; sus andares, pausados, señoriales… De sus manos pendían un micrófono y un pequeño altavoz con los que se ayudaba para dar mayor realce a su función. No era el porte habitual ni de un lugareño ni de un viajero al uso. Poco tardamos en comprobarlo, ni más ni menos que el tiempo empleado en colocarse la guitarra en bandolera y comenzar a rasgar sus cuerdas bajo el firmamento placentino. Y de repente, de esa figura -a primera vista débil y quebradiza- comenzó a brotar un torrente de voz con la suavidad suficiente como para que, al compás de los acordes de su inseparable compañera, envolviera nuestro espíritu en la calma más absoluta, generando una atmósfera armoniosa que deleitaba los sentidos hasta del menos melómano de los allí presentes. Todo en él era prestancia y distinción.

   Y ahí estaba él, tímido como un pajarillo pero firme y seguro como un profesional, temeroso de enfrentarse a un público desconocido al que, cada día, antes de salir de casa, trataba de ponerle cara para hacer más llevadero el trance de que su talento fuera juzgado por la indiferencia; disimulando a duras penas el miedo al fracaso, a no ser comprendido, al qué dirán; viviendo con desgarro cada letra y cada nota que emergían de su cuerpo. Y ahí estábamos nosotros, testigos mudos y asombrados, contemplando el alma desnuda, abierta de par en par, de un soñador, de un romántico al que le dedicamos con entusiasmo una salva de agradecidos aplausos cuando su voz se apagó y llegaron a su fin los lamentos de su guitarra. Y, de nuevo, ahí estaba él, paseándose por las mesas con la gorrilla en la palma de su mano derecha al tiempo que la izquierda se replegaba sobre la espalda en perfecto ángulo recto, pidiendo con una amabilidad exquisita una pequeña aportación económica para continuar en la lucha del día a día, para perder el miedo de plantarse ante la anónima concurrencia de los días sucesivos. Y, al cabo de un rato, mientras nos levantábamos de nuestras mesas, observamos cómo recogía su teatrillo, satisfecho porque -una noche más- podría mirarse al espejo sin que apareciera el reflejo de un perdedor. Quizás su voz no era tan impecable ni podía compararse con la de los mejores, pero lo que le faltaba de técnica lo suplía con sentimiento, con el corazón. En algunos pasajes de éxtasis interpretativo, más que cantar parecía que recitara con idéntica fuerza interior con que lo hiciera García Lorca al leer los versos brindados con ocasión de la trágica muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Los allí congregados no buscábamos una voz perfecta, sino tan solo una con hondura y verdad. Y la hallamos en la figura de un poeta que aquella noche, en la plaza mayor de Plasencia, nos sedujo con su arte. Y tal como vino, parsimonioso y expectante, lo vimos desaparecer por una de las callejuelas que desembocan en las puertas exteriores de la muralla. Y no volveremos a verlo pero, aquella noche, ese hombre se ganó el respeto de los que asistimos a su representación.

viernes, 8 de abril de 2016

Tragsatec, la odisea de nunca acabar


   Les sugiero que aquellos que tengan el detalle de acometer la lectura de la entrada de hoy, que vayan cogiendo aire para despejar la mente porque la cosa tiene miga: lo de tirios y troyanos al lado de las penalidades que están viviendo los trabajadores de Tragsa y de su filial Tragsatec es un juego de niños. Así que, a ver si soy capaz de explicarme en condiciones para que se entienda el fondo del asunto. Tanto Tragsa como Tragsatec son dos empresas públicas englobadas en la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales), grupo al que pertenecen, para que se hagan una idea, la tabacalera CETARSA, la naviera NAVANTIA, el servicio postal de CORREOS o el Ente Público Radio Televisión Española (RTVE). En el caso que nos ocupa, la actividad principal de Tragsa viene constituida por las encomiendas de gestión encargadas tanto por el Estado como por las Comunidades Autónomas en el ámbito -entre otros- de la sanidad animal y la transformación agraria y de medio ambiente. Concretamente, en cuanto a Extremadura se refiere, destaca su labor de saneamiento ganadero: control de la lengua azul, así como lo relacionado con la tuberculosis y la brucelosis bovina, la brucelosis ovina y caprina, la perineumonía contagiosa bovina y la leucosis bovina enzootica. Por ese motivo, la Junta de Extremadura destina unas partidas presupuestarias nada desdeñables, rondando como media unos doce millones de euros anuales.


   En septiembre de 2013, tanto Tragsa como Tragsatec, como si se tratara de dos empresas distintas, plantearon un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) por el que preveían despedir a nivel nacional a unos 1400 empleados, cien de ellos en Extremadura. Por la empresa se alegaba como justificación para adoptar esta drástica medida el hecho de que desde 2009 se venían produciendo pérdidas económicas, así como razones organizativas y productivas que hacían necesario un reajuste en profundidad. Después de que no se llegara a un acuerdo durante el proceso de negociación con los representantes de los trabajadores, el ERE de Tragsa fue impugnado ante la Audiencia Nacional, quedando el de Tragsatec a expensas de lo que decidiera el órgano judicial. Pero mientras tanto, en Extremadura ya se habían ejecutado los despidos de 59 trabajadores, pendiente la espada de Damocles sobre las cabezas de los otros 40 previstos. El caso es que la Audiencia Nacional, en marzo de 2014, resuelve el conflicto laboral declarando nulo el procedimiento de despido colectivo en una resolución de ciento cuatro páginas que tumba, uno por uno, los motivos aducidos por la sociedad matriz. Es más, considera que Tragsa y Tragsatec son un mismo ente, puesto que comparten medios materiales y personales, con lo que la nulidad de un ERE implica automáticamente el del otro. Lo que en principio suponía un motivo de ilusión para los trabajadores, no ha sido más que el inicio de un periplo tortuoso plagado de sinsabores. La empresa, como era de esperar, no se iba a quedar de brazos cruzados, por lo que los sindicatos y la dirección firmaron un acuerdo para que el ERE pendiente de Tragsatec no se llevara a efecto hasta que el Tribunal Supremo resolviera el recurso de casación interpuesto por la matriz contra la sentencia dictada por la Audiencia Nacional; recurso que, dicho sea de paso, se presentó el último día del plazo, que también son ganas de forzar las cosas y encabronar al personal.


   Mientras el Alto Tribunal se tomaba su tiempo para decidir, Tragsatec, en un gesto de buena voluntad, acepta tanto readmitir a los 59 trabajadores que ya habían sido despedidos entre febrero y marzo de 2014, así como paralizar los despidos previstos para aquellos 40 trabajadores que hasta el momento se habían librado de engrosar las listas del paro. La fecha de reincorporación sería la del 28 de mayo de 2014; lo que no se sabía era que, efectivamente, iban a volver a ser readmitidos… pero de una forma muy peculiar, puesto que no se les daría carga de trabajo: es decir, volvían a la empresa, sí, se les pagaba una nómina,vale, pero no tenían que acudir a sus puestos de trabajo. Con lo cual, pudiera parecer que estos señores – entre veterinarios, auxiliares administrativos y pecuarios, así como ingenieros agrónomos- habían conseguido cumplir el sueño de todo currito: cobrar por no hace nada; contradicción que pusieron de manifiesto los propios interesados, criticando una solución que no cuadraba mucho con el hecho de que la empresa estuviera pasando por acuciantes necesidades económicas. Así que, muy a su pesar, los trabajadores no tendrían más remedio que repantigarse en el sofá de sus casas mientras se tragaban bodrios televisivos como el programa de Ana Rosa: el no sentirse valorados, sin poder realizar sus trabajos de campo, era la peor condena que sobre ellos podía recaer. Y en esa situación rocambolesca se hallaban estos benditos – que tampoco era cuestión de negarse a que te den unos cuartos cuando hay que seguir pagando hipoteca, facturas y el colegio de los niños- cuando hete aquí que, el 15 de octubre de 2015, el Tribunal Supremo se descuelga con una sentencia incendiaria, anulando por unanimidad la dictada por la Audiencia Nacional y declarando conforme a la ley el ERE planteado por Tragsa. Ver para creer. La sentencia recurrida y tan profusamente elaborada – recuerden que ocupaba 104 folios- se había convertido, nunca mejor dicho, en papel mojado. El Supremo, donde se supone que campea la crème de la créme de la judicatura española, dejó a todos ojipláticos. Con lo cual, vuelta la burra al trigo, a la zozobra de pensar que te van a poner de patitas en la calle, a la angustia de saber si podrás llegar a final de mes, a la indignación que te provoca el que hayas dedicado diez o quince años de tu vida a una empresa a la que no le tiembla el puso -diríamos incluso que lo hace hasta con regocijo- a la hora de mandarte una carta con el finiquito en cuestión. Para que luego nieguen que no somos más que meros números al capricho de lo que decidan cuatro listillos de turno, bocas agradecidas dispuestas a bailar el agua y adular a los de arriba hasta límites insospechados con tal de salvar ellos el culo a costa de pisotear a quien se les ponga por delante. Y es que abundan aquellos cuyo estado natural es propicio a la genuflexión, aquellos que estiman en bien poco su dignidad, vendiéndola al mejor postor por un cochino puesto de trabajo para su parienta, hijos, cuñados y demás deudos.

   Los empleados de Tragasatec se han movilizado en una plataforma de afectados, puesta en marcha desde que se produjeron los primeros despidos, con la que pretenden revertir la situación actual de indefensión en su lucha por sus legítimos y pisoteados intereses. Si a uno que entienda un poco de leyes, como el que suscribe este artículo, le cuesta comprender el cambio de postura experimentado entre uno y otro tribunal, no les quiero ni contar lo que pensarán de la Justicia aquellos a quienes un día se les da la razón en una resolución vasta y concienzuda donde las haya para arrebatársela, al cabo de los meses, por el dream team de sus togadas señorías, en un escorzo jurídico que dista mucho de la necesaria seguridad jurídica que debe imperar en todo Estado de Derecho. Estamos de acuerdo en que, salvo el Papa -y ya veremos- nadie es infalible, pero de ahí a que la Audiencia Nacional y el Supremo hayan fallado diametralmente lo opuesto sobre el mismo supuesto de hecho..., pues da que pensar. Ya nada se podrá hacer a título individual, puesto que los juicios particulares que se ventilen en los correspondientes juzgados de lo social no podrán ir en contra de lo resuelto por el Supremo. Ahora solo queda que las administraciones públicas, que son los principales clientes tanto de Tragsa como de Tragsatec , se comprometan a hacer todo lo posible por buscar una salida negociada que perjudique lo menos posible a los trabajadores, aunque ya se sabe que dejar algo en manos de políticos no es remedio para casi nada: al final ninguno se atreve a coger el toro por los cuernos. De ahí el papel fundamental que tienen que jugar los medios de comunicación, sirviendo de altavoz a un colectivo necesitado de cuanto más apoyo mejor. Y eso, modestamente, es lo que busco en el día de hoy: no me lo tuve que pensar dos veces cuando uno de los representantes de la plataforma de afectados en Extremadura, mi amigo Carlos Cordero, me pidió el favor de hacerme eco de sus peticiones en este blog, y muy mal amigo sería yo si no prestara mi voz al hijo del señor Cipriano y de la señora Luci, inolvidables para mí en aquella Malpartida de Cáceres donde una muchachada inquieta y dichosa crecimos entre los muros de un cuartel de la guardia civil cuyos venturosos ecos resuenan todavía en mi mi memoria. Suerte a todos. No deis nada por perdido hasta que no os quede el más mínimo aliento para sostener las razones de vuestras demandas; y aún así, aunque uno piense que ya no puede más, siempre surge del lugar más inesperado la fuerza necesaria para continuar. Es posible que el éxito no esté garantizado, pero siempre hay que mantener el espíritu de lucha. Por todo ello, os animo a que no cejéis en el empeño de ver reconocidas vuestras pretensiones laborales. Que no digan de vosotros que, al menos, no lo intentasteis.