jueves, 27 de junio de 2019

Simplemente Charly


Hace alrededor de cuatro años que un compañero de trabajo empezó a relatarnos al grupo del desayuno que nos reunimos cada mañana al abrigo de un café calentito y una buena tostada de las singulares peripecias de un tipo de porte fornido, portentosa melena, tez morena y barba cuidadosamente desaliñada que se dedica a recorrer el mundo en moto y a colgar sus aventuras en Youtube. A Dani, que así es como se llama este compañero, siempre le tuvimos por un poco fantasioso, producto de una mentalidad a medio camino entre la adolescencia y la primera juventud. Como adorable treintañero que se niega a hacerse mayor, Dani es como un niño grande que desborda energía, que contagia su vitalidad a los demás y al que, en el fondo, envidiamos. No había día que no se presentara ante nosotros para confiarnos los entresijos de lo que, sin lugar a dudas, habría de ser el negocio del siglo. Ante su elocuencia de predicador, los que asistíamos a sus peroratas nos limitábamos, entre chanzas y burlas, a apuntarle los fallos evidentes de que adolecían sus infalibles planes. Todo su afán consistía en convencernos de la imperiosa necesidad que teníamos de, si queríamos sentirnos realizados desde un punto de vista vital, abandonar la tediosa rutina de funcionarios en la que andábamos inmersos -y que, según su criterio, castraba toda iniciativa emprendedora- para salir cuanto antes de eso que ahora llaman “zona de confort”. Un tipo peculiar este Dani, al que llevamos echando de menos desde que se lió la manta a la cabeza para, predicando con el ejemplo, renunciar a su puesto de interino en la Junta de Extremadura y ponerse a trabajar con su suegro, creo que por tierras conquenses. Si no estoy mal informado, ahora dedica su tiempo libre a preparar las oposiciones de bombero. Parece ser que eso de tener al suegro por jefe no era tan idílico como él se lo imaginaba.


   Siguiendo las recomendaciones de Dani, acudí a Youtube aguijoneado por la curiosidad de conocer de primera mano a este nuevo quijote sin escudero del siglo XXI. Y a partir de ese momento, para mi sorpresa y sin un ápice de exageración en mis palabras, se abrió ante mí una ventana fascinante a la que asomarme cada semana para contemplar el mundo de siempre con ojos distintos. Un mundo que si bien ya ha sido hollado en todos sus extremos por la pezuña del hombre, ha resultado revelador redescubrir gracias a la labor de esta especie de explorador que hace las veces de un Livingstone adentrándose en el África más remota, de un Cristóbal Colón al encuentro del continente americano o de un Marco Polo tras la ruta de la seda y de las especias asiáticas. Viendo sus vídeos, tiene uno la sensación de penetrar en terreno virgen e inexplorado. Esta visión, precisamente, es la que hace que el canal cuente con algo más de 186.000 suscriptores. Y es que Charly ha conseguido que sus historias atraigan no sólo a la comunidad motera, sino a toda una multitud de seguidores a los que nos une la admiración por alguien que, con determinación y valentía, ha logrado realizar lo que la mayoría sólo nos atrevemos a soñar. Esa sensación de vernos reflejados en él cada vez que viaja al rincón más recóndito del planeta es lo que nos confiere ese sentimiento de pertenencia a una hermandad.


Cuenta Carlos García Portal que su caída del caballo -la misma que algún día esperamos que nos suceda a su legión de discípulos- le sobrevino allá por el 2014, en las Cataratas Victoria (Zambia), aunque su voz interior ya le venía avisando desde 2009, cuando se hallaba de ruta por la India. Tenemos aquí el infrecuente caso de alguien que gozaba de una vida exitosa como socio fundador de una inmobiliaria dedicada a la venta de casas de lujo que un día decidió dar un giro radical a su vida para dedicarse a lo que verdaderamente le apasionaba: montar en moto. Su primer viaje, a lomos de una Honda Varadero a la que más tarde bautizaría como "La Misionera", tuvo por destino Australia. Durante los preparativos, con la intención de que tanto amigos como familiares conocieran sus andanzas, creó un blog con el llamativo título de El mundo en moto Sinewan. ¿Que de dónde diablos sale ese nombre? Pues de una serie rodada para la televisión británica en la que los actores Ewan McGregor y Charly Boorman recorrían medio mundo sobre dos ruedas con toda la parafernalia de cámaras, equipo de producción, vehículos de apoyo, habitaciones de hotel… Y a Charly -nuestro Carlos García Portal-, en un momento de inspiración, y dado que él mismo también se disponía a  acometer dicho reto, aunque sin las comodidades propias de la megaestrella de Hollywood y de su fiel acompañante, dio con la tecla adecuada para crear una marca que ya se ha convertido en una seña de identidad para moteros, youtubers, twitteros y demás usuarios de unas redes sociales a las que ha sabido utilizar como trampolín para darse a conocer más allá de nuestras fronteras.


Y así ha sido como Carlos García Portal dio el salto al vacío para convertirse en Charly Sinewan y hacer de la aventura su modo de vida. Lo mismo lo encontramos perdido por una pista de la América profunda que en mitad de Estambul. Desde Alaska hasta Argentina, desde Cuba a Mongolia, no hay destino que se le resista, poniendo rumbo hacia horizontes lejanos en los que solo El Guionista sabe lo que sucederá y donde el plan... es que no hay plan. No importan las dificultades cotidianas que acechan por el camino, ni siquiera la odisea que supone cruzar las fronteras artificiales con las que el hombre ha tenido a bien dividir al mundo cuando de lo que se trata es de cumplir con el objetivo de conectar con el viaje y disfrutar de las pequeñas historias que surgen a cada paso. No puedo ni imaginar la satisfacción que supone toparse con gentes a las que no conoces de nada, que ni siquiera hablan tu idioma, y que se desviven por sacarte de un apuro en el que, por cabezonería, te has metido tú solito y del que logras salir airoso cuando creías que estaba todo echado a perder; que te ceden sus casas para descansar después de una interminable jornada sin esperar nada a cambio; que te ofrecen comida y bebida sin prácticamente tener ellos mismos nada que llevarse a la boca... Y ahí es cuando, supongo, uno recobra la confianza perdida en la bonhomía del ser humano y se da cuenta de que no es tan fiero como lo pintan. Tengo para mí que esa debe ser una de las grandes recompensas espirituales de este estilo de vida que Charly lleva practicando desde hace una década, quizás inspirado en la historia que se narra en Into the Wilde sobre Cristopher Johnson McCandless. Creo que para él la felicidad debe ser algo así como encontrarse perdido en mitad de la nada, tener las baterías de sus cámaras al máximo de carga para captar la instantánea de ese momento memorable, encontrar algún apartado lugar con conexión wifi para editar el contenido y colgarlo a tiempo en el canal para deleite de sus seguidores. Espero que todo este ritual no le pese tanto como para perder la frescura de sus comienzos y dejar de divertirse con todo lo que hace. Lo que sí está claro es que Charly, en compensación a todo su esfuerzo, se ha convertido en algo más que en un motero, cobrando peso sus facetas de conferenciante y escritor. Hasta el punto de que en la última Feria del Libro de Madrid la caseta que congregaba a mayor número de lectores era aquella en la que nuestro protagonista firmaba su obra El mundo en moto con Charly Sinewan, editada por Planeta. Todo un espectáculo para la vista comprobar cómo alguien que hasta hace poco vivía en el más absoluto de los anonimatos se ha transformado en una especie de ídolo de masas para una tribu muy concreta de admiradores. Por todo ello, Charly, simplemente darte las gracias por contribuir a generar ilusiones y por mostrarnos desde otra perspectiva las bondades de este loco mundo en el que nos ha tocado vivir. Que la fama no te cambie y ¡ánimo para continuar en la ruta!

domingo, 16 de junio de 2019

El licenciado Salaya

  A poco que uno observe a su alrededor con la perspicacia de un detective de medianas cualidades, se dará cuenta de una circunstancia de lo más curiosa: la de que no alcanzan el éxito profesional o social ni los más preparados ni los más capacitados, sino los más dados al enredo y a la maquinación, al cabildeo y a la intriga. No coronan la cima ni los mejor dotados ni los más cualificados. No. Y en política, sobre todo en política, sucede lo mismo elevado a la enésima potencia. ¿Por qué habría de extrañarnos que un individuo con las limitaciones de Pedro Sánchez tenga todas las posibilidades de volver a ser investido presidente del gobierno? Pues por los mismos motivos por los que no debería sorprendernos que un mozalbete como Luis Salaya haya sido agraciado con el bastón de mando de la alcaldía de Cáceres. Se preguntarán ustedes que quién es este Luis Salaya. Fuera de sus antiguos camaradas de los boy scouts y de sus propios compañeros de filas, esa duda existencial sobrevuela todos los rincones de la ciudad. Pues bien, este pimpollo -con más pinta de leñador que de estratega político, y con más suerte de la que se merece- ha resultado elegido nuevo alcalde de Cáceres en sustitución de Elena Nevado. Decisión que ha sido posible gracias a la abstención de un partido bisagra como Ciudadanos; un partido sin ideología propia que se presta a servir de muleta a quien más dádivas le ofrezca en ese festín que supone el reparto de concejalías. 

   Echando un vistazo al currículo oficial de Salaya que cuelga en la página web del ayuntamiento, uno tiene que hacer verdaderos esfuerzos por reprimir una socarrona carcajada, más de compasión que de malicia. Ni una sola mención a su formación académica. Eso sí, afirma ser profesor de no sé qué máster en habilidades profesionales y poseedor de algún que otro premio de debate universitario. Como todo el mundo sabe, un primer premio en la liga de debate universitario le capacita a uno para regir los destinos de una ciudad de casi cien mil habitantes. Es más, los del diario HOY, en un supremo gesto de generosidad, incluso le adjudican el título de licenciado en Derecho, estudios que terminó… el año pasado. Qué casualidad que, en plena vorágine de los preparativos de la campaña electoral, el licenciado Salaya haya tenido tiempo de trasladar su expediente de la UEX (Universidad de Extremadura) a la UDIMA y de concluir con provecho su carrera en leyes. ¿Que qué es la UDIMA? Pues, según parece, así se denomina la Universidad a Distancia de Madrid; algo parecido a la Rey Juan Carlos, donde los títulos y los másters se subastaban al mejor postor. No seré yo quien ponga en tela de juicio la titulación académica de Salaya. Por eso, queridos lectores, dejaré que sean ustedes quienes lo hagan. A lo que se ve, el nuevo alcalde suele mostrarse receloso y esquivo cuando se le pregunta por el asuntillo de sus estudios. Y digo yo: ¿por qué ha de causarle incomodidad lo que habría de ser motivo de orgullo? ¿Qué mayor honor que ofrecer todas las explicaciones habidas y por haber a quien albergue alguna sospecha sobre cuál ha sido el periplo que le ha conducido de simple bachiller a ser todo un licenciado universitario? Pues que sepan ustedes que si se encuentran a Luis paseando a su perro por la Mejostilla, absténgase de entrar en polémica. Les será más fácil debatir con él por el Facebook pues, según declaran sus más allegados, le pirran las nuevas tecnologías y las redes sociales. Por cierto, que esas mismas fuentes también lo califican de feminista y ateo… Pues nada, juzguen ustedes mismos y ustedes mismas. 


   ¿Pero qué ha sucedido para que hayamos llegado a ese punto en el que cualquier petimetre puede plantar sus posaderas en el sitial que le corresponde al primero de los cacereños? Proclaman algunas voces que Cáceres, durante el mandato de Elena Nevado, se ha caracterizado por ser una ciudad mortecina, lánguida, como sin pulso. Dicen también que Cáceres había perdido la pujanza exhibida durante las tres legislaturas de José María Saponi, y que esa falta de nervio y de vitalidad -heredada, sin duda, de la época de Carmen Heras- ha supuesto el golpe definitivo que ha terminado con el Partido Popular en la oposición. Pero, sin desmerecer la importancia de estos factores, a los que podríamos añadir el consustancial desgaste que implica el ejercicio del poder, el componente que más ha contribuido a este fracaso lo encontramos en la inopinada destitución de Elena Nevado como candidata a la alcaldía tan solo cinco semanas antes de celebrarse las elecciones. No sé en qué estarían pensando los dirigentes regionales del PP para tomar esa incomprensible decisión, provocando una crisis interna cuya gestión ha resultado de lo más burda y grotesca. Y es que ya se sabe que la sombra de Laureano León -Lau para sus amigos- es demasiado alargada. Así que, más que éxito del PSOE, ha sido el propio Partido Popular el que, con inusitado denuedo, ha contribuido a cavar su propia tumba con una desatinada toma de decisiones que ha desorientado a los votantes, simpatizantes y militantes de un partido que clama con urgencia por una regeneración integral. 

    No es que pretenda yo convencer a nadie de las excelencias de Elena Nevado como alcaldesa. Teniendo en cuenta la coyuntura económica, la mujer ha hecho lo que ha podido. No se le puede achacar falta de dedicación, que es lo mínimo que se le debe exigir a un representante público. Cosa distinta es que sus medidas hayan sido las más acertadas para crear las condiciones necesarias que redundaran en un mayor progreso y prosperidad para la ciudad de Cáceres.  Eso sí, no faltan quienes le critican que aceptara la limosna de Monago de ir en las listas a la Asamblea,  y que eso de hincar la rodilla y besar la mano de quienes la han traicionado dice muy poco en favor de su maltrecha dignidad. Sólo ella conoce los motivos que la han llevado a dar ese paso.

   Sea como fuere, el caso es que al bueno de Rafael Mateos le dejaron en suerte a un morlaco de muy complicada lidia. Rafa, hombre de partido que no ha dudado en su sacrificio personal y político ante tanto disparate, ha salido, a pesar de todo, victorioso del envite. Si bien no ha abierto la puerta grande, al menos le cabe el honor de haber cuajado una faena decorosa, esquivando con maestría una cornada que se veía venir. Es este Rafael Mateos un tipo disciplinado que se ha visto envuelto en un embrollo que podría haber evitado si, simplemente, hubiera rehusado la designación de su partido como candidato a la alcaldía. Pero su sentido del deber le ha impedido disfrutar de su deseado retiro de la primera línea de la política, tal y como ya tenía meditado, y del que le apartaron a raíz del contubernio perpetrado contra Nevado por Lau y su camarilla. Es un gesto que le honra, comportándose durante todo este proceso como un auténtico caballero, a pesar de que los suyos lo hayan utilizado como cabeza de turco y arrojado a los pies de los caballos sin el menor pudor. Si le dejan, será un buen líder de la oposición. Y, en cuanto a Salaya, y para concluir, decirles simplemente que desconozco cuáles son sus méritos, pues nadie con tan escaso bagaje había conseguido tan alto honor. Si tiene la decencia de cumplir con la mitad de lo prometido, Cáceres dará un salto de calidad en cuanto a servicios, infraestructuras, agenda cultural, etc. Aunque poco se puede esperar de quien nada tiene que ofrecer. 

viernes, 31 de mayo de 2019

Juego de tronos a la malpartideña


   No hace falta reseñar aquí que toda contienda electoral suele librarse de forma cruenta y sin compasión para con el adversario, trufada de navajazos, malas artes y golpes bajos de la peor estofa de los que cuesta zafarse y de los que no siempre sale uno indemne. Parece que todo vale para desacreditar al rival con un arsenal de medias verdades que arrojen sombras sobre su capacidad de gestión, su honradez, su honorabilidad, su dignidad; en suma, sobre su probidad para manejarse en los asuntos públicos. Parte con ventaja quien siembra la duda en este terreno abonado a la injuria y a la calumnia. No es una campaña electoral el mejor de los escenarios para cultivar la amistad y poner en práctica un tratado de buenas costumbres. Esto, que lo da uno por sentado y que no necesita de mayores explicaciones, viene siendo así desde que existen los partidos políticos y desde que sus candidatos pugnan por hacerse acreedores de la confianza del electorado. Con ser esto así, no se trata de una particularidad exclusiva de nuestro país: ocurre en todas partes y en todos sitios se ataca con la misma saña al oponente político con tal de saborear las mieles del sillón institucional. Digamos, pues, sin miedo a equivocarnos, que lo de acribillar a improperios al que te disputa el cargo va de suyo. Todo aquel que se presenta a estas lides debe saber que su persona queda expuesta a la laceración pública, cuando no al escarnio más despiadado. Pero, a pesar de todo, y por muy fiera que sea la pelea -que lo suele ser-, siempre hubo líneas rojas sobre las que existía un consenso implícito en no rebasar: hay que presentar leal batalla, limitando la contienda al ámbito de lo público y dejando a salvo las cuestiones privadas y personales, sobre todo cuando nada aportan al debate.



   Malpartida de Cáceres, el pueblo de los Barruecos y de Juego de Tronos, del Museo Vostell y de la Patatera, de los paraguas de colores, de las cigüeñas, de la plaza de la Nora, de la Charca del Lugar, de San Isidro y de la Soledad, del Palacio de Topete... En Malpartida, como digo, hubo un tiempo en que gobernó el PSOE de don Antonio Jiménez Manzano durante seis legislaturas, cinco de ellas con mayoría absoluta. Pero como todo poder omnímodo sufre el desgaste inexorable del paso del tiempo, don Antonio no fue inmune a esta máxima y su hegemonía comenzó a apagarse en 1999, cuando PP y PSOE empataron en número de concejales y tuvo que venir en rescate de los socialistas el electo por Izquierda Unida, que decantó su voto -en lógica coherencia ideológica- porque las cosas siguieran como hasta entonces. Después de este breve impass en minoría, hubo un resurgimiento en 2003, cuando los socialistas reverdecieron viejos laureles y volvieron a cosechar una nueva mayoría absoluta. El vuelco definitivo se produjo en la siguiente legislatura: el PP de Víctor del Moral se impuso en las urnas por primera vez, y lo hizo por todo lo grande, consiguiendo para sorpresa de casi todos el apoyo suficiente como para gobernar en solitario. Y así sigue la cuestión a día de hoy, con un Partido Popular más fortalecido que nunca y un Partido Socialista que no termina de recuperar el cetro al que se creen llamados por derecho propio. Con estos antecedentes, era de prever una campaña electoral acalorada, en la que se haría necesario bajar al barro para defender con uñas y dientes las posturas encontradas de los contrincantes. Pero nada hacía presagiar que la cuestión tuviera un desenlace a modo de trifulca. 


  A nadie se le escapa que han regresado a Malpartida vientos de discordia que arrastran añejos nubarrones. Y es que hay fotos a las puertas de un museo, protestando por no sé qué censuras, que no contribuyen a crear el clima de convivencia y respeto deseables para que los acontecimientos se desarrollen con total normalidad. También dificulta la consecución de este objetivo supremo propagar con descarada ausencia de fundamentos y sin el menor atisbo de escrúpulos ciertos comentarios insidiosos concernientes a la vida privada del actual regidor, Alfredo Aguilera Alcántara. Ha habido durante esta campaña electoral una especie de densa niebla que lo ha impregnado todo y que ha enrarecido el ambiente hasta convertirlo en casi irrespirable. Guerra sucia lo llaman algunos, cuyos efectos se han visto multiplicados gracias a la inestimable ayuda de las redes sociales, ese arma fatal que en manos frívolas puede convertirse en una auténtica bomba de relojería. Compartiendo la premisa fundamental de que la esencia de la democracia consiste, precisamente, en respetar al rival aún a pesar de no compartir sus ideas, nada se opone a que se plantee noble y leal batalla para contrarrestrar el discurso del adversario. En el tablero de la política siempre tendrán cabida las legítimas ambiciones para tratar de implantar, a través de estrategias más o menos acertadas, el modelo social de uno u otro corte ideológico. Ahora bien, lo que los malpartideños no verán nunca con buenos ojos es una salvamización de la política, actividad lo suficientemente desprestigiada como para que sus protagonistas tomen conciencia cuanto antes de los perniciosos efectos que determinadas actitudes ejercen sobre el electorado. Cuánto mejor nos iría si arrinconáramos las bajas pasiones y las sustituyéramos por virtudes tan en desuso como la honestidad, la generosidad y la integridad. Que cada cual se aplique la receta que más le convenga para sanar de los males que le acucian. El espectáculo poco edificante al que la mayoría de vecinos han asistido en esta última campaña merece un esfuerzo para que, entre todos, consigamos un ambiente de cordialidad que redunde en beneficio de una convivencia pacífica y sin sobresaltos. Aplaquemos nuestro espíritu belicoso y demos ejemplo a las generaciones venideras. Que el diálogo y la tolerancia se abran paso entre el revanchismo y la intransigencia.

martes, 28 de mayo de 2019

Y aquí, ¿no dimite nadie?


A la vista de los resultados electorales arrojados por las urnas en la jornada del pasado domingo, dos cosas quedan meridianamente claras: que el PSOE ha logrado sus mejores datos desde las autonómicas de 2007, también con Fernández Vara como candidato, en las que se alzó con la mayoría absoluta con treinta y ocho escaños; y, por otro lado, que con Monago se ha involucionado nada menos que veintiocho años, cuando en las autonómicas de 1991 el Partido Popular (entonces la Alianza Popular liderada por don Adolfo Díaz Ambrona) consiguió diecinueve representantes en la Asamblea de Extremadura. Desde que Monago fuera elegido presidente del Partido Popular en noviembre de 2008, y después de su inesperada y mal gestionada victoria de mayo de 2011, con algo más de trescientos mil votos y un total de treintaidós diputados, su trayectoria y su gestión han ido claramente en declive. Hablando siempre en clave autonómica, en los comicios de 2015 alcanzó veintiocho escaños, con una pérdida electoral de cerca de setentaiún mil votos con respecto a la consulta anterior. Fracaso estrepitoso que se ha confirmado anteayer, con unos escuálidos veinte diputados y algo más de ciento sesenta y ocho mil votos. Es decir, que desde los fastos del 2011, cada vez que se abren las urnas el señor Monago multiplica por dos la pérdida de escaños. Lo cual no es impedimento para que el interfecto se haya descolgado con unas cándidas declaraciones en las que ha tenido a bien manifestar que la cosa no está tan mal; que, a pesar de la debacle, se han obtenido mejores resultados que en las recientes elecciones generales y que, por eso mismo, de momento ni se le pasa por la cabeza el dimitir. Vamos, que hay partido para muchos años, ha concluido. No deja uno de sorprenderse ante el arte del funambulismo desplegado por expertos en ponerse de perfil y hacer como que la feria no va con ellos con tal de esquivar las responsabilidades a las que están sujetos. ¿Se estará tan a gusto en la oposición como cabe suponer? ¿Eso de ganarse unos buenos cuartos a costa del erario púbico será tan apetitoso como nos imaginamos el común de los mortales? Parece ser que sí.

   Alguien debería susurrarle al oído al señor Monago que no mezcle las peras con las manzanas. Que no haga trampas, que no se vota igual en unas generales que en unas autonómicas, del mismo modo que los ciudadanos se fijan más en las cualidades personales de los candidatos a las municipales que en las siglas del partido por el que se presentan. No ha lugar a la extrapolación de los sufragios en este campo. Lo contrario es una engañifa típica de ineptos. Desde el 2011 para acá el Partido Popular se ha dejado por el camino alrededor de ciento veintidós mil votos. Ha pasado de treintaidós diputados a veinte. Con lo cual, echen ustedes las cuentas de lo que sucedería en las próximas elecciones de continuar esta tendencia y de mantenerse el candidato Monago como caudillo de las alicaídas huestes populares. Y digo yo que aunque uno no quiera irse motu proprio, ¿no habrá nadie en ese partido que le enseñe la puerta de salida al señor Monago? Es tan fácil como agradecerle los servicios prestados y punto. Él, al menos, sí tiene un puesto de trabajo al que regresar; cosa que no puede predicarse del ejército de caminantes blancos que pululan por la vida política con la congoja de saberse absolutamente prescindibles fuera de un hemiciclo que les viene grande y para el que no están cualificados. Ha llegado la hora ineludible de la renovación y cuanto antes se pongan manos a la obra menos dolorosa será la travesía del desierto. Hay gente dentro de ese partido perfectamente válida para dar un paso adelante y no arredrarse ante las previsibles dificultades. Lo que hace falta son ganas y coraje para afrontar el reto.

   Se impone la incuestionable dictadura de los números, por mucho que el señor Monago se empeñe en retorcer el lenguaje con tal de salir airoso de este brete. La cruda realidad es tozuda y no se puede pretender tergiversarla impunemente. El fracaso del Partido Popular no admite enjuagues de ningún tipo. El verso suelto ha llegado a su fin. Carece de ritmo. No lo resucitaría ni el más brioso de los sonetos de Quevedo ni la más selecta de las comedias de Lope. Señor Monago, por el bien de su partido, márchese. Ya que no ha demostrado su señorío en la derrota, hágalo con ese desprendido gesto del adiós que murmuran a sus espaldas muchos de sus correligionarios pero que, merced a los favores debidos, no se atreven a verbalizar en su presencia. Usted no puede encabezar la regeneración de un partido al que, es cierto, llevó en volandas hasta sus mayores cotas de popularidad, pero al que también está arrastrando hacia el más profundo de los infiernos. Despréndase de su ropaje de estadista, sea humilde y dimita. Usted, que le ha regalado la mayoría abosluta a un PSOE que todavía no terminar de creérselo, no posee la legimitidad moral necesaria para capitanear el proyecto del centroderecha extremeño. Usted, que tuvo durante cuatro años el honor de presidir la Junta de Extremadura y que, después de una nefasta gestión de gobierno -no le perdonaremos que haya alimentado a un monstruo llamado Iván Redondo- ha dejado al partido hecho unos zorros, usted, insisto, no merece continuar ni un segundo más al frente del partido. Abandone su trono y deje expedito el camino para que vengan otros a embridar el desaguisado creado por su desmedida ambición de poder. Siga el ejemplo del rey emérito y retírese de la vida pública.

domingo, 16 de septiembre de 2018

La carrera



   Dos horas antes de lo previsto para el pistoletazo de salida, el panorama se complicó sobremanera. No había previsión de lluvia, pero el bochorno que flotaba en el ambiente y un firmamento plagado de nubarrones, con acompañamiento de rayos y truenos, desmentían a todas las aplicaciones y páginas webs que había consultado. Desde mi atalaya de un noveno piso asistía a la visión de un manto de agua que comenzó a caer sin compasión. Raquel, alias la Runner, me comunicó vía whtasapp que, en esas condiciones, seguramente suspenderían la carrera. Así las cosas, temía que mi debut quedase postergado para una mejor ocasión. No es que tuviera unas ganas locas de correr, pero llevaba toda la semana esperando a que llegara el día para mi bautismo de fuego en una prueba de atletismo, espoleado por José Medina -más conocido como el Tocayo-, mirobrigense de pro al que le debo el haberme involucrado en este embolado. A pesar del contratiempo meteorológico, decidimos seguir adelante con nuestros planes y los tres acudimos puntuales a nuestra cita de las 21:15 horas para dirigirnos en coche hacia la Plaza Mayor, salida y meta del evento. Cuatro gotas de agua no iban a dar al traste con nuestro propósito de quemar calorías.

   El Tocayo vino acompañado de su mujer, que hizo las veces de chófer. La dulzura de Amalia rivaliza con su gentileza y amabilidad. Parece mentira que sea de Mérida. No se aprecia en ella ningún rasgo de sonca, así que supongo que los años vividos fuera de la capital extremeña habrán amortiguado esa tacha. Aparcamos a unos diez minutos del centro. Llovía a cántaros; una lluvia fina y copiosa que calaba hasta los tuétanos. Los pocos transeúntes que nos cruzamos nos miraban extrañados, preguntándose dónde diablos irían aquellos chalados en calzonas, mallas y zapatillas. Cuando llegamos a la plaza subimos las escalinatas del ayuntamiento y nos cobijamos bajo su atrio porticado. Mientras calentábamos observamos cómo el grueso de los participantes se arremolinaban en los soportales, a la espera de si la organización, finalmente, suspendería o no la prueba. Las torres de Bujaco y de los Púlpitos, testigos privilegiados, asistían expectantes, oteando con curiosidad toda aquella marabunta. El Tocayo se resistía a que, una vez allí, tuviéramos que volvernos de vacío. Raquel, entre estiramientos y rotaciones de articulaciones varias, también se mostraba dispuesta a tomar la salida por muchos chuzos de punta que cayeran. Por lo que a mí respecta, para no ser menos y a pesar de mi lamentable condición física, hacía visible mi ilusión por correr; ilusión que, como tendrá ocasión de comprobar el lector si continúa leyendo estas líneas, se tornó al poco tiempo en pesadilla.


   De repente, una voz por megafonía rompió la monotonía y el estado de aletargamiento en el que nos hallábamos los corredores. Habría prueba. Imagínense a los cerca de quinientos inscritos tomando posiciones para salir pitando en cuanto dieran la señal correspondiente. Y allí estaba yo, enfundado en mi camiseta de la V Intramuros Urban Trail Night, presto y dispuesto a recorrer una legua en derredor del casco antiguo y a disfrutar, en la medida de lo posible, de la experiencia. La alegría me duró poco. Fue terminar de subir los peldaños que conducen al Arco de la Estrella y comenzar a abrir la boca en procura de bocanadas de aire que echarme al coleto. A los doscientos metros ya percibía que las sensaciones no eran del todo buenas, rompiendo a sudar como un animal. Cincuenta metros más allá ya iba echando los bofes. Y al cabo de poco más de un kilómetro ya no podía con el pellejo, preguntándome que quién me mandaba a mí meterme en aquel berenjenal. Qué manera de exudar, señores; que manera de sufrir; qué manera de penar. 

   El caso es que iba yo entregado a mis pensamientos más peregrinos, pendiente de coordinar la respiración con el trote cochinero que llevaba, cuando de repente, entre resoplidos y bufidos, me percaté de la presencia de una cara que me era sumamente familiar. Qué casualidad que de entre todos los competidores tuviera justo a mi lado en ese momento al segundo expresidente que ha parido la Junta de Extremadura, escoltado por uno de sus más fieles escuderos, un tal Juan Parejo al que, al parecer, le chiflan estas cosas de las maratones, medias maratones y demás acontecimientos. Así que, ni corto ni perezoso, para hacer un poco más llevadero el trance por el que estaba atravesando, decidí saludarlo y estrechar la mano de quien había sido mi jefe supremo entre 2011 y 2015. Monago, un poco extrañado y ajeno a la circunstancia de que yo hubiera formado parte de su fiel infantería, correspondió a mi atrevimiento esbozando una media sonrisa y musitando algo así como que él también se alegraba de conocerme, pero que quizás aquella no era la mejor coyuntura para entablar relaciones. En esto he de darle la razón al señor expresidente de la Junta de Extremadura, sobre todo porque, al igual que yo, muchos de los fulanos que pululaban por allí imitaron mi gesto, y supongo que Monago bastante tendría con mantenerse en pie como para andar atendiendo las salutaciones de todo aquel que le reconocía en aquellas lides. Pero que quede aquí el detalle de que un servidor estuvo hombro con hombro con el señor Monago, ambos dos a calzón quitado y dándolo todo.

   José y Raquel no paraban de animarme. Por mucho que yo les conminara insistentemente a que siguieran adelante sin mí -con el oculto propósito, la verdad sea dicha, de hacer mutis por el foro en cuanto los viera doblar el primer recodo-, no había manera de quitármelos de encima. El Tocayo se empeñaba una y otra vez en que él se había comprometido a correr la prueba al ritmo que yo marcara y que así iba a ser hasta que cruzáramos la línea de meta. ¡Ojalá se hubiera apiadado de mí y hubiera hecho caso de mis plegarias! ¡Si él supiera que estaba deseando tirar la toalla para poner fin a tanto padecimiento! Raquel, por su parte, me aconsejaba que respirara por la boca y que, ya de paso, me callara un poquito para guardar fuerzas, pues, al parecer, en mi delirio no paraba de soltar insensateces del tipo: si llego a saber yo esto...; por qué no hacemos trampas, como Pedro Sánchez con su doctorado si, total, no se va a enterar nadie; esto ya está pasando de castaño oscuro, tocayo, que llevas veinte minutos anunciándome que estamos a punto de terminar; ¿otra cuestecita más…?; anda, mira qué bien, ahora hay que subir por unas escaleras... “Jose, ¿vas bien?”, me preguntaba la Runner, sabedora por mi excesiva sudoración y mi rostro desencajado que no podía ni con los cordones. Pero ni por esas, oigan. Por muy calladito que me estuviera -siguiendo a pies juntillas las recomendaciones recibidas-, no había suficiente aire en los alrededores como para que mis pulmones y mis piernas respondieran al unísono. Me duele admitirlo, pero tengo para mí que hasta Falete se habría comportado con más desenvoltura y dignidad.  

   No veía la hora de que aquello llegara a su fin. Al pasar por la calle Pizarro, de buena gana me habría quedado a repostar algo de líquido en el Capitán Haddock o en el Mastro Piero. Tanto el Tocayo como la Runner trataban de insuflarme ánimos apelando a mi fortaleza psíquica. “¡Venga, vamos, que tú puedes con esto; que es todo psicológico!”. Psicológico o no, el caso es que ya estaba en un tris de abandonar cuando, en uno de los escasos momentos de lucidez que me iluminaron, me percaté de que los gritos de ánimo de mis dos compañeros aumentaban en grado superlativo, dándome a entender que con un poquito más de esfuerzo alcanzaría la tierra prometida. Me dije que aquello no podía ser una engañifa, convenciéndome de ello cuando pasé junto al Palacio Episcopal: si mis cálculos no fallaban -lo cual no resultaba muy improbable, puesto que a esas alturas de la competición mi mente estaba para pocas probaturas- la plaza estaría a tiro de piedra. Así que recompuse la ruina de mi figura como buenamente pude, aligeré el paso con la esperanza de que, efectivamente, la cosa tocara a su fin… y cuál no sería mi sorpresa cuando me vi enfilando la recta final escoltado y llevado en volandas por mis compañeros de fatiga, siendo recibidos por una salva de aplausos por parte del público asistente que, a pesar de la lluvia, permanecía a la espera. ¡Qué emocionante, señores! Después de haber estado poco menos que para intubarme durante buena parte del recorrido, no daba crédito por haber concluido mi primera participación como aficionado en este mundillo del atletismo amateur. Todo sea por contribuir a la fiesta del noventa y cinco aniversario de El Periódico Extremadura -organizadores del evento junto a la tienda deportiva Pulsaciones- y a la satisfacción de que el dinero recaudado irá destinado a la asociación Alzehi Cáceres. Sólo por esto último ha merecido la pena. Runner, Tocayo…, sin vosotros habría naufragado a las primeras de cambio, así que gracias por vuestra paciencia y apoyo.

P.D.: No me esperéis para la carrera de la mujer.

jueves, 19 de julio de 2018

Paymogo en el recuerdo


   Hay quienes insisten en la creencia de desaconsejar la visita de aquellos lugares que nos colmaron de dicha durante nuestra infancia, alegando para ello el daño irreparable que ocasionaría a nuestro espíritu constatar cuán equivocada estaba nuestra memoria y qué distorsionados se hallaban nuestros recuerdos. Con esa misma convicción defiendo yo exactamente la teoría contraria, sin más argumentos que los de verificar la ilusión derrochada por mis padres al recorrer las calles del pueblo que enmarcaron las vivencias de unos años duros pero felices al fin y al cabo. Ese es el motivo que nos llevó a mi hermano Kiko y a mí a poner en práctica el viaje proyectado varios meses atrás con el propósito de que afloraran en nuestros progenitores los sentimientos de una época pasada en la que el vigor de la juventud y el deseo de prosperar se esgrimían como las armas propicias para superar los obstáculos que se interponían en la consecución de sus metas.

   Paymogo es un pequeño pueblo de la provincia de Huelva que a duras penas alcanza los mil habitantes. Geográficamente situado en la frontera con Portugal, su emplazamiento estratégico hizo que durante las décadas de los 70 y los 80 viviera su período de esplendor. Casi medio centenar de guardias civiles se encargaban, entre otros cometidos, de mantener la zona del Andévalo a salvo de los contrabandistas que, con riesgo de sus vidas, cruzaban la rivera del Chanza para vender en el país vecino todo tipo de mercancías con las que obtener los recursos suficientes para alimentar a unas familias tan numerosas en su composición como misérrimas en su condición. Por aquel entonces Paymogo era un puesto de línea dirigido por un teniente, uno de los cuales vino procedente de Guinea Ecuatorial, donde contrajo unas fiebres espantosas. El cuartel se encontraba enclavado -igual que en la actualidad, en eso no ha habido variación alguna- en una calle alargada, más bien estrecha y de trazo rectilíneo, coronada en su punto más alto por la fortaleza conocida como El Castillo (iglesia parroquial de Santa María Magdalena) y que desembocaba en la plazoleta del Ayuntamiento. En esa calle, precisamente, es donde se concentraba la mayor parte de miembros del Instituto Armado. Me vienen a la memoria, entre otros, Felipe, Borrero, Espejo, Ángel, Pino, Infante, Jerónimo, Cesáreo... Otros se repartían diseminados por el resto del pueblo: Mesa, Campillejo, Moreno, Cándido (que murió sin llegar a cumplir los sesenta años y una de cuyas hijas, Tote, es la actual alcaldesa), Gaspar, Patiño, Esteban, Simón, Adame, Florido... Pues bien, esas callejuelas por las que correteé hasta lo siete años, que constituyen el escenario de mi despertar a la vida y dan testimonio fiel de mis primeras travesuras, son las que he vuelto a pisar el fin de semana pasado en compañía de mi hermano menor y de mis padres. 


   Allá por el verano de 1982 la familia Méndez Palma abandonaba Paymogo rumbo a Herrera de Alcántara, nuevo destino de mi padre. Mi memoria suele flaquear con más frecuencia de lo que sería menester, pero en este caso me acuerdo de la fecha porque por entonces se celebraba el mundial de fútbol de España, con Naranjito como mascota. Después de aquéllo continuamos yendo al pueblo como mínimo una vez al año, puesto que mis abuelos maternos -Cándida y Antonio Joaquín- siguieron residiendo allí cuatro o cinco años más, hasta que definitivamente ellos también se mudaron a su natal Santana de Cambas. ¡Qué diferencia de sentimientos entre aquella lejana partida, a lomos de un Seat 124 y con el llanto de mi madre acompañándonos durante buena parte del trayecto, con nuestro retorno triunfal de hace unos días! Conforme nos íbamos acercando, mis padres daban rienda suelta al caudal inmenso de recuerdos atesorados en su memoria. Una vez que pasamos por Rosal de la Frontera y, sobre todo, por Santa Bárbara de las Casas, la agitación iba en aumento. En breve entraríamos en nuestra Ítaca particular.


  Llegamos al Hostal Paymogo rebasado el mediodía, con el cielo plagado de alguna que otra nube y con una ligera brisa impropia de la estación del año en que nos encontramos. Mario, dueño del establecimiento, y su hija nos agasajaron con una cordial bienvenida. Después de subir el equipaje a las habitaciones, dimos buena cuenta de un ágape reparador: ensalada con productos naturales de la huerta del propio Mario, arroz con carne, presa ibérica, lagarto y fruta de temporada, todo ello regado con vino de rioja, cerveza y refrescos. Descansamos lo justo para echarnos cuanto antes a las calles que tan vívidas permanecían en nuestro imaginario colectivo. Comenzamos la ronda de visitas en casa de María, viuda de Juan Moreno. Y allí estaba María, al fondo, sentada en su sillón, con su níveo cabello, sus intensos ojos azules, su cara de niña traviesa, su perenne sonrisa y los achaques propios de la edad que la tienen algo diezmada pero que no han logrado borrar ni su ímpetu ni sus ganas de vivir. En las paredes del comedor, atestadas de fotos de nietos en su primera comunión, ocupa un lugar destacado la del patriarca, en una instantánea tomada durante una celebración religiosa. Moreno fue un hombre bueno a quien la parca sorprendió antes de lo previsto. Junto a María se encontraban su hija Paqui -delgada, atezada y vivaracha- y varios de sus nietos. Al cabo apareció Godoy, la viva estampa de su padre. Unos y otros se sucedían en el uso de la palabra, evocando toda clase de anécdotas relativas a un tiempo remoto y henchido de esperanzas.

   Con la misma amabilidad con que nos atendió la familia de Moreno, así nos fueron recibiendo uno a uno el resto de compañeros de mi padre a los que fuimos cumplimentando: Borrero, Canito, Mari (la viuda de Vicente Moreno)… El ritual se repetía invariablemente, salvo con Toñi, la hija de Espejo, a la que nos encontramos en compañía de los suyos en plena calle: aporreábamos la puerta, abríamos el postigo y preguntábamos por los ocupantes con la incertidumbre de si, a pesar de los años transcurridos, iban a identificar los rostros que se recortaban al otro lado. Después del desconcierto inicial, terminábamos por fundirnos en un festín de besos y abrazos. Y nuevamente tenía lugar la enumeración de anécdotas, relatadas como si hubieran sucedido ayer mismo, con una precisión impresionante. Los ojos de sus relatores brillaban con un fulgor especial. Mi hermano y yo nos admirábamos por la vitalidad de unos hombres que frisaban, cuando no superaban con creces, las ocho décadas de vida, y que se reían a carcajada limpia añorando tiempos pretéritos. Y allí estaban también sus mujeres, siempre en un segundo plano, inseparables compañeras de quienes dedicaron los mejores años de sus vidas a defender el orden y la ley.

   Mari, la viuda de Vicente Moreno, acudió a nuestro encuentro jubilosa de volver a vernos ante presencia tan inesperada. Del mismo modo, su semblante no podía ocultar la pena tan honda producida por la repentina muerte de su marido unos meses atrás. De figura aparentemente frágil, me dio la impresión de que ha sabido sobreponerse a tan duro golpe gracias a su fortaleza interior, a su tenacidad y, cómo no, al apoyo de sus parientes y amigos. Todos nos conmovimos ante la entereza con que nos contó las circunstancias del fallecimiento de Vicente. Algo más tarde, por la noche, la vimos en el quiosco de chucherías que regenta en el paseo, lamentándose porque los chiquillos andaban en un evento deportivo en el campo de fútbol y eso no le venía bien al negocio. 


   De regreso al hostal, hicimos una última parada para saludar a Francisca, vecina de mis padres por la calle a la que daba nuestra puerta falsa. Parece que por ella no han pasado los años, tan lozana y juvenil como la recordaba. Goza de buena salud, al menos mejor que la de su hermano. Me sobrecogieron sus muestras de cariño. Con pesar, rechazamos su ofrecimiento para tomarnos un café, pero se hacía tarde y la jornada siguiente teníamos que desplazarnos hasta Santana de Cambas.

   Al amanecer de nuestro segundo día no pude sustraerme al impulso de pasarme por el edificio que albergaba las escuelas y que en la actualidad se halla, lamentablemente, en estado de ruina. Paseé por unas aulas en las que aprendí las primeras letras y en las que aún resonaba el eco de las voces de los niños de entonces. De sus paredes todavía cuelgan las pizarras garabateadas de tiza, así como dibujos y murales elaborados por los colegiales correspondientes. Anduve por todas y cada una de las clases, tratando de recordar en cuáles de ellas aposenté mis reales, pero entre los escombros con los que me tropezaba a cada paso y las mesas y pupitres amontonados por el suelo, resultaba muy complicado representarme una imagen que coincidiera con la que conservo almacenada en mi retina de aquellos días esplendorosos. Aún así, me pareció vislumbrar un fogonazo en el que aparecía la imagen de un niño menudo de ojos grandes trotando como un animalillo salvaje por aquellos pasillos, peleándose con un babi que le impedía avanzar a la velocidad que él pretendía...

   Esta breve crónica de mi paso por Paymogo estaría incompleta si no reflejara mi agradecimiento a Paqui y a Domingo, que hicieron de cicerones y que estuvieron pendientes de nosotros en todo momento. Sin su compañía, este reencuentro con nuestras raíces no hubiera sido lo mismo. También quisiera dejar constancia por la atención y el afecto demostrados por Tote y Antonio. La señora alcaldesa de Paymogo no dudó en hacernos un hueco en su agenda con tal de pasar un rato con unos visitantes que perturbaron durante unas horas su rutina diaria. A pesar de nuestros lances en el Facebook, no hay disputa política que resista el envite del cariño y el respeto de los contendientes cuando ambos dos blasonan de sus orígenes paymogueros. Así que, Tote, muchas gracias por todo. Y tampoco quisiera olvidarme de Juan Ángel, al que por motivos de salud nos ha sido imposible ver, pero al que hemos tenido muy presente, al igual que a sus padres Pino y Juana.  


   El domingo por la mañana abandonamos nuestro querido Paymogo en dirección a Linares de la Sierra. Creo que pocas veces he conducido por una carretera tan sinuosa, con unas curvas endiabladas que pusieron a prueba la paciencia de los ocupantes del vehículo. Pensando que lo peor del camino ya lo habíamos dejado atrás, nos quedamos pasmados cuando, al adentramos en el pueblo, nos topamos de bruces con unas calles empedradas, angostas y empinadas hasta decir basta. Íbamos en busca de Felipe y de Ángel, otros dos antiguos compañeros de mi padre con los que compartimos destino en Paymogo y que, siendo ambos oriundos de Linares, decidieron jubilarse entre las montañas y dehesas que conforman el Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Después de preguntar a una vecina y de tomar como referencia la iglesia de San Juan Bautista -tan descomunal en su planta y alzado que cuesta creer de qué modo pudo construirse en terreno tan agreste-, finalmente dimos con el domicilio del primero de ellos. Nos recibieron con una emoción contagiosa, entre lágrimas que denotaban un aprecio que, lejos de disminuir por tan prolongada ausencia, había aumentado de forma exponencial. Felipe anda un poco delicado de las piernas, con unas rodillas que le están dando demasiada lata y que piden a gritos que un cirujano les meta mano como es debido, pero con el intelecto lúcido y despejado como el de un adolescente. A Victoria, su mujer, se le entrecortaba la voz continuamente. Pili y su hijo fueron testigos de aquella anhelada reunión, planificada dos años atrás cuando coincidimos en la feria ganadera de Zafra. Me consta que Pili siente predilección por mi madre, algo que se hizo patente durante nuestra corta estancia en Linares.

   Saciamos nuestro apetito en El Balcón de Linares, cuyo mirador a la serranía hace honor a su nombre. Nuestros anfitriones encargaron para la ocasión uno de los platos típicos de la zona: la tapita. Diminutivo engañoso a todas luces, pues resulta que la tapita en cuestión estaba compuesta por una fuente gigantesca rebosante de huevos fritos, pimientos y carnes varias. Éramos ocho comensales y no fuimos capaces de terminarnos tamaño manjar. La veterana pareja de guardias civiles se sentó junta y no paró de charlar. Y la misma disposición adoptaron Victoria y mi madre, cuya conversación giraba entorno a unos años duros pero reconfortantes. El resto, maravillados, nos limitábamos a observar la complicidad que seguía existiendo entre ellos, como si no hubieran pasado casi cuarenta años desde la última vez que se vieron.  


   Después de la sobremesa, el hijo de Pili nos condujo hasta la casa de Ángel y Carmen. El segundo de sus vástagos, también llamado Ángel -amigo del alma durante todo el tiempo que duró mi periplo en Paymogo-, acababa de llegar en ese momento de la playa, así que las salutaciones las hicimos a pie de calle. Como nos sucediera con anterioridad, nos desbordó el entusiasmo por el reencuentro. Una vez dentro del hogar familiar, de una frescura envidiable, rememoramos aquellos maravillosos años entre bocado y bocado a unos pasteles servidos por Mati. Entre los diálogos propios de la ocasión, también se deslizó algún que otro comentario de índole técnica, puesto que tanto mi hermano Kiko como Ángel trabajan como informáticos en sendos institutos de Extremadura, y ya saben ustedes lo que sucede cuando se sientan en la misma mesa dos informáticos…

   A Ángel, que fue zapatero antes que guardia, lo encontré en buena forma física, a pesar de arrastrar las consecuencias de un ictus desde hace bastante tiempo. A Carmen tampoco la vi mal, aunque es cierto que los síntomas de la edad, por muy espléndido que uno se conserve, siempre son visibles por mucho que nos empeñemos en lo contrario. Buceando en sus miradas, resulta inevitable volver la vista atrás, a una calle larga y estrecha en la que las ensoñaciones de los chiquillos de entonces han dado paso a la realidad de unos hombres comprometidos en mantener viva la llama de una época irrepetible. Con ese sentimiento pusimos fin a un viaje apasionante que ha servido, entre otras muchas cosas, para restablecer viejos lazos de amistad que nunca llegaron a desatarse del todo.