jueves, 12 de abril de 2012

De los brotes verdes a la prima de riesgo.


   En el reino de España no ha mucho tiempo que gobernaba un político de cuyo nombre no quiero acordarme, de cínica sonrisa, dócil mirada, aviesas intenciones y conciencia torva. A todos hizo creer que escaparíamos del vendaval económico que azotaba a medio mundo. Por mucho que los números desmintiesen la realidad que se empeñaba en pintarnos, él no escatimaba esfuerzos en predicar la fortaleza financiera de un país que no cedería ante el peso de una crisis que ya se había llevado por delante torres más altas. Decía apreciar brotes verdes allí donde el resto veía, con desolación, nada más que terreno yermo. Rehusó  empuñar los utensilios que los expertos le recomendaban, insistiendo una y otra vez en negar la mayor: “Que no, amigo Rubalcaba, que eso que decís que es un erial a mí se me presenta como una fértil pradera que, no a mucho tardar, será testigo del florecimiento de apetitosos frutos”. Y claro, aquellos polvos han traído estos lodos.

   El curso de los dramáticos acontecimientos que atravesamos, y que la tozudez de algunos se encargaron en ocultar a toda costa, lo ha cambiado todo, o lo hará en muy poco tiempo. Y como en toda situación adversa hay que elegir una cabeza de turco, nosotros no vamos a ser menos. De ahí que la mayoría no haya dudado un ápice en señalar a las Comunidades Autónomas como las causantes de los siete males que nos afligen. No constituye una novedad el que se cuestione el modelo de Estado territorial confeccionado por el Título VIII de la Constitución española de 1978, pero ha tenido que venir una crisis económica y financiera del calibre de la que estamos sufriendo para que, cada vez más, salgan voces autorizadas  declarando que el sistema autonómico no se sostiene en las actuales condiciones. Esta cuestión siempre ha sido objeto de agria polémica. Aquello del “café para todos”, expresión acuñada por el catedrático Manuel Clavero Arévalo en alusión a las concesiones competenciales que se debían realizar por parte del Estado central en favor de aquellas Comunidades Autónomas con mayor sensibilidad nacionalista (Cataluña, País Vasco y Galicia, fundamentalmente) no ha resistido con buena salud el paso del tiempo. Los españoles no entendieron entonces lo de las autonomías de dos velocidades, hasta tal punto que hoy tienen la impresión, no sin motivos, de que hay Comunidades Autónomas con una serie de privilegios de las que otras carecen.

   Soy partidario de revisar el modelo autonómico, aunque no sea recomendable acometer de forma apresurada reformas estructurales que - aunque imprescindibles- necesitan un remanso de reflexión con el fin de evitar que caigamos en un pozo sin fondo. Por lo tanto, reformas sí, pero no a golpe de baqueta. Los hay que son defensores de devolver al Estado las competencias de mayor coste económico asumidas por los Estatutos de Autonomía. En este sentido se enmarcan las palabras de Esperanza Aguirre en relación con Sanidad, Educación y Justicia. La presidenta de la Comunidad de Madrid, con el desparpajo que la caracteriza, no ha manifestado nada estrambótico que no esté en la mente del común de los mortales, sino que se ha limitado a poner el dedo en la llaga. Parece ser que esas declaraciones han causado hondo pesar en el gobierno de la nación. De hecho, ese mismo día salió a la palestra Mariano Rajoy para quedar claro que él no cuestionaba el Estado autonómico pero que sí se mostraba en contra de las duplicidades detectadas, siendo ese el entorno donde habría que trabajar a fondo. Efectivamente, tiene difícil acople con la austeridad económica el reguero de asambleas legislativas, defensores del pueblo, consejos económicos y sociales, tribunales de cuentas, consejos consultivos y un largo etcétera de instituciones que, sopesando el binomio coste-eficiencia, son absolutamente prescindibles. Si, teóricamente, España no es un federación de Estados, no podemos, de cara a nuestra credibilidad exterior, dar la imagen de que esto es un reino de taifas en el que, según en qué región residas, tienes unos derechos y unas obligaciones distintas a las de otras.

   La ciudadanía muestra síntomas de cansancio. No entiende el porqué le congelan el salario o, en el peor de los casos, se lo reducen, cuando la carestía de la vida no hace sino incrementarse a pasos agigantados. Por el contrario, han asistido indignados al espectáculo derrochador que se ha practicado durante años de bonanza económica y que, por desgracia, continúa sin cortarse de raíz. Al trabajador de a pie le importa poco o nada que las Comunidades Autónomas incumplan el objetivo de déficit, lo que desean es que sus impuestos se vean reflejados en la calidad de los servicios prestados y, si hay que meter la tijera en gastos superfluos, que dicha acción recaiga en aquellas partidas que menos afecten al estado del bienestar. De todos modos, tampoco son ajenos en cuanto a que esta crisis no se soluciona sólo con recortes, sino que habrá que prepararse para la subida de impuestos. La mayoría, en mi opinión, no nos oponemos a ello si así se reconduce parte de la situación, pero sí esperamos del gobierno que tenga en cuenta los niveles de renta para que no todos soportemos por igual el ajuste. Y, si llegado el caso, hay que revisar los cimientos de determinadas prestaciones, como la gratuidad de la sanitario, no hay que rasgarse las vestiduras ante el hecho de que se plantee la posibilidad del copago, concepto aplicado en países como Alemania, Francia, Italia o Reino Unido. El bolsillo de los españoles no quedará esquilmado porque tenga que pagar, pongamos por caso, un euro por receta o diez euros por ir al especialista. No seamos cínicos. Todos conocemos los abusos de que adolece el sistema; si esas medidas ayudan a paliarlos, bienvenidas sean. Ahora bien, que se estudie la forma de aplicarlas con las excepciones necesarias a toda regla general.

   Hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Si para salir de la crisis es necesario vivir un período transitorio de ajuste, habrá que hacer un esfuerzo suplementario: las situaciones excepcionales requieren medidas de excepción. Debemos superar viejos tabúes. Los gobiernos, tanto el central como los autonómicos, tienen que ser valientes y enfrentar el desolador panorama que nos contempla con disposiciones que, aunque impopulares, se presumen inevitables para taponar la sangría que nos acecha. La primera acción para tratar la enfermedad se basa en acertar con el diagnóstico: una vez detectado el mal estaremos en mejor disposición para aplicar la terapia pertinente, por muy dolorosa que sea. Parte fundamental del éxito de esta empresa reside en que los gobernantes sepan explicar a la opinión pública la necesidad de acogerse a ese remedio. El día que no nos acordemos de expresiones como “prima de riesgo”, “bono alemán”, “mercados de deuda” o “rescate económico” habremos superado la primera fase de la afección. Mientras tanto, no nos queda más remedio que confiar en las potencialidades de España para solventar una crisis que está haciendo furor.

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