La primera vez que
tuve constancia de la existencia de Adolfo Suárez fue con motivo del intento de
golpe de Estado perpetrado sin éxito por el Teniente Coronel de la Guardia
Civil Antonio Tejero Molina, el 23 de febrero de 1981. Este episodio ya lo he contado en otra de las entradas de este blog y, como no se trata de ser
repetitivo, al mismo les remito para aquellos a quienes les pueda interesar.
Por aquel entonces estaba a punto de cumplir los 6 años de edad pero, por estos
misterios de la memoria, no fue hasta un año después, a raíz de las elecciones
generales de 1982, cuando vi por vez primera el rostro de Suárez impreso en las
cientos de papeletas electores del Centro Democrático y Social (CDS) que se
repartían por las calles de Herrera de Alcántara en Renaults 4, Seat 124 y demás
parque automovilístico de la época, adornados con unos llamativos altavoces
dispuestos en los techos y a través de los cuales se animaba a los ciudadanos a
acudir a las urnas para elegir al nuevo presidente del gobierno que sustituyera
a Leopoldo Calvo Sotelo. Como es de suponer, por entonces yo no entendía nada
de política, ni de que Suárez se había visto obligado a dimitir de la
presidencia del gobierno por el acoso y derribo al que le sometieron tanto la oposición como, sobre todo, sus propios correligionarios de partido,
la Unión de Centro Democrático (UCD). Eso sí, lo único que sabía es que los
niños nos partíamos el espinazo por ir detrás de la caravana electoral para
recoger la mayor cantidad posible de publicidad electoral: aquellas papeletas
eran más preciadas que los caramelos de la cabalgata de los Reyes Magos.
Y en esos folletos aparecía la figura de un señor apuesto, elegante,
de tez morena, pelo negro y sonrisa
Pues bien, el
impulsor de aquella labor de hermanamiento, de entendimiento, de superación de
los eternos odios entre las dos Españas murió ayer en la Clínica CEMTRO de
Madrid a las 15:03 horas. Tenía 81 años, aunque llevaba desaparecido de la vida pública desde
el 2003 debido a la terrible enfermedad del Alzheimer, que le azotó en grado
tal como para no recordar que un día llegó a ver cumplida su ambición de ser
Presidente del Gobierno. Y no uno cualquiera, sino el que contribuyó a dar
forma a un régimen democrático sustentado en la Constitución de 1978 que, con
las armas del diálogo y a pesar de sus imperfecciones, sigue representando uno
de los mayores logros colectivos de los que pueden sentirse orgulloso el pueblo
español. A este hombre de Estado, con un don de gentes inigualable – sólo
comparable al que tuvo Kennedy en su época-, vilipendiado hasta el extremo en
los días en que ocupó el sillón del Poder Ejecutivo, se le reconocen ahora los
méritos que se le escamotearon en vida. De los institucionales algunos quedan,
como el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia otorgado en 1996. Y es que,
no hay nada como morirse para que te cubran te toisones insignes y órdenes
distinguidas, y hasta para que tus más acérrimos adversarios te elogien sin
ningún tipo de rubor. Descanse en paz Adolfo Suárez, un patriota que supo
anteponer los intereses de Estado a los personales y partidistas, un hombre
devastado en el ámbito familiar por el drama de enfermedades mortales que
acabaron con la vida de su mujer y de su hija Mariam, un político con altura de
miras de los que ya no quedan. Dejó el listón muy alto, tanto que aún no ha
sido superado. No habrá otro como él. Apareció en la época adecuada y en el
momento justo, a pesar de los agoreros que vaticinaban que su nombramiento -quizás por lo inesperado del hecho- había sido un craso error. La Historia le hará justicia. De momento, y para empezar, parece que el aeropuerto de Madrid-Barajas llevará su nombre. Esperemos que sea el primero de los muchos tributos que se le deben rendir al artífice de esta España democrática que se está echando a perder por la actual casta política. Por mi parte, sólo me queda agradecerle su trabajo, esfuerzo, generosidad y tesón para lograr lo que parecía imposible. Su nombre y su legado perdurarán en el tiempo.



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