viernes, 7 de agosto de 2020

El escritor cabalga de nuevo


   El mozo va ya por su cuarta novela y eso, se mire por donde se mire, es mérito más que suficiente como para que vuelva a ser protagonista de esta bitácora. Hoy, 7 de agosto, Diego César Pedrera dará a conocer su nueva criatura literaria, Volverás. Han sido cuatro años de arduo trabajo desde que la idea le rondara por la cabeza y que, después del azaroso proceso creativo de este hacedor de historias, ve ahora la luz con la renovada ilusión de que su lectura resulte, cuando menos, placentera y entretenida, último objetivo que debe perseguir todo buen escritor que se precie. Y a fe que Diego César Pedrera lo es, más allá de la poca o mucha repercusión que su obra tenga en el intrincado mundo editorial, receloso, como se sabe, a admitir nuevos huéspedes que alteren la comodidad del statu quo del que gozan -algunos sin el más mínimo merecimiento- sus más distinguidos miembros. Mundillo, por otra parte, tan henchido de egos y de puñaladas traperas, de envidias y de traiciones, que no falta quien se tomaría como afrenta personal el caer en las redes del halago fácil y la adulación interesada con tal de ver sus obras en la cúspide de las listas de ventas, o expuestas en un espacio preferente de La Casa del Libro, El Corte Inglés o la FNACC. La literatura, por suerte, es algo más que eso; algo más que un premio mediático, algo más que un best seller. Pero dejemos esta controversia para otra ocasión y centrémonos en lo que nos ocupa. Porque, como diría Umbral, yo he venido aquí a hablar de Diego César Pedrera y de su nuevo libro.

   No queda más remedio, pues, que descubrirse ante todo aquel que cuente con los arrestos suficientes como para plantarse ante el reto del folio en blanco con la intención de plasmar -con las mejores armas y recursos de que uno pueda valerse- las aventuras que su imaginación y su talento tengan a bien pergeñar. Insisto. Hay que rendirse ante el esfuerzo titánico de Diego C. Pedrera, novelista -sí señores, "novelista", con toda la solemnidad que esa palabra y ese oficio conllevan- cuya vibrante pluma envuelve al lector en una atmósfera que lo atrapa y lo sitúa como testigo privilegiado de los acontecimientos que se desarrollan a lo largo de las casi quinientas páginas de Volverás. Todo un tocho, cierto es, pero no se asusten: convendrán conmigo en que solamente la belleza de las imágenes de la portada y la contraportada y su guiño visual es reclamo más que suficiente como para zambullirse en su lectura. Y es que este Diego César Pedrera posee la innata habilidad de deleitarnos con la potencia de unos personajes arrojados a las veleidades de la primera mitad del siglo XX español, perfectamente definidos en todos sus contornos, dotados de alma propia, facilitando una lectura que discurre con total naturalidad. 

   En suma, a base de tesón, nuestro autor ha vuelto a obrar el milagro de dar a la imprenta una nueva obra para satisfacción de sus fieles seguidores. Sirvan, por tanto, estas palabras como reconocimiento y homenaje a la labor de un escritor -injustamente desconocido- que, hurtando tiempo a su familia y arañando horas al descanso, se sumerge en la escurridiza penumbra de los sueños con el anhelo de ver recompensado su dedicación con la benevolencia de sus lectores. Como les cuento, este será su cuarto intento, y tengo la convicción de que, a poco que le acompañe la suerte -tan necesaria para estos menesteres- esta novela supondrá su consagración, algo así como un punto de inflexión en su carrera literaria, la llave con la que franquear las puertas que hasta ahora sólo estaban abiertas para un reducido círculo de elegidos. Porque, con todos mis respetos, hay vida más allá de los consabidos Sánchez Adalid, Javier Cercas, Jesús Carrasco o Luís Landero. Es nuestra obligación, cada uno dentro de sus posibilidades, reivindicar el nombre de escritores anónimos cuyas obras, sin embargo, no desmerecen en calidad a las de esos autores a los que me acabo de referir. Hay que dar oportunidades a los nuevos talentos porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que queden relegados a la indiferencia verdaderos artistas de la letra impresa por el solo hecho de no contar con los medios o la repercusión de los que otros sí se han servido para saborear las mieles del triunfo. Hemos de involucrarnos en la tarea de descubrir, partiendo de la innegociable premisa de la calidad de sus textos, a los nuevos Felipe Trigo, Mario Roso de Luna, Luis Chamizo, Gabriel y Galán, Jesús Delgado Valhondo, Antonio Rodríguez Moñino, Luís Álvarez Lencero, Eugenio Fuentes, Dulce Chacón…, y tantos otros autores en cuyo espejo desean verse reflejados la savia nueva de la literatura extremeña, al menos para que les sirva de acicate y no cejen en su intento de crear y dar a conocer su obra. Porque, ¿qué habría sido de Camilo José Cela, García Márquez, Carlos Ruiz Zafón o Roberto Bolaño, por ejemplo, si hubieran caído en el desánimo ante el rechazo de los editores a publicar La familia de Pascual de Duarte, La hojarasca, La sombra del viento y Los detectives salvajes? Pues, entre otras cosas, que nos habríamos perdido a dos premios nobel de literatura. Cuando uno cree ciegamente en su trabajo y le pierde el miedo al fracaso, no existe obstáculo que se interponga en la consecución de sus metas.

   Por ello, les animo a que esta noche, a partir de las 21:30 horas, acudan con júbilo, a pesar de los rigores de la canícula, a la presentación de la nueva novela de Diego César Pedrera. Hagamos que el aforo de la Casa de la Cultura se quede pequeño y recibamos como se merece a nuestro vecino, a pesar de que las circunstancias actuales no sean las más propicias: ni el covid-19 ni el partido de Chamions del Real Madrid podrán restar trascendencia a esta cita ineludible. Hagamos que el día de hoy sea recordado de aquí a unos años como aquel en que este ilustre malpartideño cogió el impulso y el aliento necesarios para continuar por esa senda tan gratificante, pero en ocasiones tan solitaria y desoladora, de inventar historias para que los demás podamos adentrarnos en mundos imaginarios con los que esquivar a esta realidad abrumadora y mortificante.

viernes, 8 de mayo de 2020

Confesiones de un SEFOCUMA (V): Siempre nos quedará Agost

   
   Como decíamos ayer, no se comía del todo mal en Rabasa. Y eso es algo que pudimos comprobar sobradamente cuando tuvimos ocasión de visitar la carpa del comedor durante nuestras primeras maniobras sobre el terreno. El rancho era todo lo bueno que podía esperarse en aquellas circunstancias, saciando nuestro apetito en grado suficiente como para mantenernos en pie y permitirnos cumplir con nuestro cometido. Me van ustedes a disculpar pero, después de veinte años, uno empieza a padecer indeseables lagunas mentales. Por eso, apelo a su benevolencia, y a la de mis camaradas, ante la cortina del olvido que, al cabo de tanto tiempo, se cierne sobre mis recuerdos, hurtándome los pequeños detalles que toda buena historia que se precie ha de tener para resultar amena. Les pido, por tanto, dispensa en este punto del relato. Y si, por desgracia, la memoria me juega alguna mala pasada, situando hechos en lugares equivocados -que bien pudieran haber sucedido en nuestro vía crucis toledano-, espero que mis compañeros de batalla no me lo tengan en cuenta y se queden con la esencia de lo que aquí refiero, que no persigue otra pretensión que la de evocar una época pasada. Más que de peripecias y anécdotas, hoy hablaré, sobre todo, de sensaciones, de emociones. Con ese ánimo escribo estas líneas.


   Ignoro con exactitud en qué período de nuestra instrucción nos echamos al monte, aunque supongo que no más allá de mediados o finales de octubre de 1999. Hacinados en los remolques de los camiones de transporte, con todo el equipo a cuestas y cierta desazón en el cuerpo, dejábamos atrás el acuartelamiento Alférez Rojas Navarrete para afrontar una semana de maniobras -alfa, se denominan en el argot militar- en Agost, a unos veinte kilómetros de Alicante. He de sospechar que el viaje transcurrió sin sobresaltos, más allá de la incomodidad provocada por el traqueteo del convoy. La noche anterior a la partida, como en casi todas, resonaba en mis cascos la voz inconfundible del maestro Sabina hablando de dieguitos y mafaldas, de barbies superstars, de desamores y de la Magdalena.


   Nada más llegar, después de formar para que los jefes dieran las novedades reglamentarias, nos dedicamos a montar las tiendas de campaña en hileras interminables. En mi vida he presenciado algo parecido a la logística militar: si quieren asistir a una ceremonia conmovedora, les animo a contemplar la instalación de un campamento durante unas maniobras. Eso sí, lo que que no olvidaré jamás fue la tromba de agua -acompañada de fuertes rachas de viento- que nos cayó durante una de aquellas noches. Acurrucados en el fragor de la tormenta, quien más quien menos se encomendó a Dios, a la Virgen María y al Espíritu Santo con tal de que su refugio no cediera ante aquel diluvio. Y, claro está, Dios Omnipotente, por aquello de que sus senderos son inescrutables, no prestó oídos para atender a las plegarias de todos sus siervos, así que algunos se ciscaron en el mismo plantel de vírgenes, santos y arcángeles en cuyos brazos se habían echado dócilmente apenas unos instantes antes. Más de uno perdió la fe aquella noche. La riada fue de las que hicieron época, convirtiéndolo todo en un lodazal impracticable. A la mañana siguiente no pudimos por menos que apiadarnos de aquellos compañeros que, incrédulos, comprobaban cómo la fortuna, en aquella ocasión, les había sido esquiva.
   

   Durante aquellas maniobras hicimos de todo, y casi siempre con el engorro de tener que tiznarnos la cara por aquello de confundirnos con el terreno: prácticas de tiro, marchas nocturnas, algún que otro ejercicio de supervivencia, asaltar cotas como almas que llevaba el diablo… "Méndez, ¿ve usted aquella colina?". "Sí, mi sargento." "Pues nada, váyanse preparando porque me malicio que allí hay apostado un nido de ametralladoras y la vamos a tomar por mis santos cojones." "¿Reptando, mi sargento?". "No, cogiditos de la mano...". "A la orden, mi sargento". Y para allá que se fueron Méndez y su escuadra, maldiciendo el derroche de imaginación de nuestros mandos, que no paraban de divisar enemigos donde el común de los mortales sólo veíamos pedrisco y matorral, prestos a cumplir con la misión encomendada. Como podrán colegir, mientras nos arrastrábamos de manera calamitosa y dábamos alcance a la cima con el sigilo debido, mentábamos a la madre y demás deudos de nuestro querido sargento Prendes. Otras veces, la cosa no pasaba a mayores y nos dedicábamos a reconocer el terreno desplegados en abanico, o al tresbolillo, disfrutando incluso del paisaje y parando de cuando en cuando a reponer fuerzas. Esto último, para alivio nuestro, lo solíamos practicar bajo la supervisión del brigada Fermín, que no era tan quisquilloso como el otro ni tenía necesidad de demostrar que sus chicos eran los más aguerridos de la compañía.

   Eran tiempos aquellos en los que nos emocionábamos con un bocadillo de atún y un zumo de piña en tetrabrick. Tiempos en los que la insolencia de la juventud nos llevaba a arrostrar jornadas infernales sin causar apenas mella en nuestro ánimo. Por las mañanas podíamos pegarnos un buen puñado de horas en el campo de tiro, descerrajando metralla a diestro y siniestro. Por las tardes, nos endilgaban algún ejercicio de orientación por binomios. Y ya de anochecida, por si no fuera suficiente, nos podían meter perfectamente diez o quince kilómetros de caminata a la luz de la luna, soportando el peso de unas mochilas que superaban el par de arrobas, destrozando la espalda y los hombros de aquellos sufridos infantes. Pero todo eso, por duro que fuera – y a fe mía que lo era-, no mitigaba la satisfacción del deber cumplido. Puede sonar un poco naíf, lo sé, pero lo cuento tal y como lo sentíamos entonces. Sentimiento, por cierto, que no cesa de aumentar con el paso de los años cuando, al echar la vista atrás, uno adquiere plena conciencia de las penalidades y rigores que fue capaz de soportar. Es esa una medalla que todos mis compañeros llevamos muy a gala. Hubo quien lo pasó peor y hubo otros que lo sobrellevaron con estoicismo admirable, pero todos, sin excepción, fuimos merecedores de aquel entorchado.
   

   Por supuesto, durante aquellas jornadas de aprendizaje del oficio castrense nos dieron nuestra ración de orden de combate: ya saben, culatazo va y culatazo viene; cuerpo a tierra y demás zarandajas. Y tampoco podía faltar la, para muchos, odiosa tarea de limpiar el armamento cada vez que se les antojaba a nuestros mandos. La habilidad que demostraron algunos para montar y desmontar el cetme era digna de admiración. Tengo para mí que hasta John Rambo nos habría felicitado efusivamente. A fin de cuentas, qué diablos, fueron aquellos unos días no del todo desagradables..., salvo cuando nos tocaba empaparnos de conocimientos topográficos. Nada nos generaba más dudas y no había nada que pusiera más nervioso a un SEFOCUMA -hasta el extremo de alcanzar una preocupante sudoración- que un plano desplegado en toda su extensión en un descampado, con el mando de turno metiéndote prisa para que le señalaras en qué parte de la puñetera cuadrícula nos hallábamos:

- Villasclaras, a este paso el enemigo nos va a hacer una envolvente del copón. Lo veo a usted un poco despistao…
- Verá usted, mi teniente, yo diría que estamos… Ummm… Estooo, a ver cómo se lo explico…
- Me da nota, Villasclaras.   


   Especial ilusión nos hizo empuñar, por primera vez, un lanzagranadas del que, por supuesto, he olvidado su nombre técnico. Sólo unos pocos tuvimos la oportunidad de probarlo, y en verdad que supuso toda una experiencia el ritual de echar rodilla a tierra, colocarnos el cachibache al hombro, alinear el punto de mira con el objetivo, apretar el gatillo y verificar con asombro cómo el proyectil daba en la diana, acompañado del estruendo por el impacto y del alborozo por parte de quien había tenido el privilegio de disparar tamaño armatoste. Y puestos a recordar, hubo una noche que la pasamos al raso, junto a un rebaño de vacas. Supongo que formaría parte de los planes, pero lo cierto es que, en una de las marchas de orientación nocturna, no sé si es que nos perdimos -nada descabellado, por cierto, pues en esos ejercicios los alumnos aspirantes a Alférez éramos la punta de lanza-, el caso es que mientras tendíamos las esterillas y nos metíamos en los sacos de dormir sin despojarnos del uniforme, más de uno estuvo ojo avizor, no fuera a ser que entre la manada apareciera de repente algún cabestro enfurecido que nos arruinara la excursión.
   

   Y entre esas idas y venidas estuvimos, ya les digo, una eterna semana. Llegado el momento de recoger los bártulos, nos despedimos de Agost para siempre, sin rencores. Entonces no lo sabíamos, pero aquello marcó un punto de inflexión, curtiendo a unos muchachos que, hasta la fecha, poco menos que sólo habían pisado un campo para ir de romería en feliz esparcimiento, con amigos o familiares. Nada que ver con lo que, a partir de entonces, la mayoría de nosotros asociaríamos, durante largo tiempo, con un terruño: era aparecérsenos una loma y ponernos a temblar pensando que tendríamos que conquistarla a golpe de bayoneta. Ya sólo nos restaba enfilar la última etapa en Rabasa, encaminada a los preparativos de la jura de bandera. Pero eso será materia de un próximo capítulo. 

miércoles, 26 de febrero de 2020

Psicosis colectiva







    Cualquiera que durante la última semana haya seguido la actualidad informativa a pies juntillas, se estará pensando muy seriamente lo de salir de casa para ir a trabajar, llevar los niños al colegio, hacer running, pasarse por la multitienda a por una baguette o acercarse hasta el chino a comprar una funda para el móvil. Y es que esto de la globalización tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas, por decir algo, Netflix y HBO -con los de Amazon ya ajustaré cuentas después de la última subida de precios-; y entre las malas, claro está, ocupa un lugar destacado lo que hasta hace unos días era conocido como coronavirus y que ha mutado, por obra de los ímprobos expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en COVID-19. Al parecer, desde que apareciera el brote en la ciudad china de Whuan, sobrevuela en el ambiente un bichito que le ha cogido gusto a eso de cruzar fronteras sin pedir permiso y que trae de cabeza a la comunidad científica internacional.




- Oiga, todo lo malo viene de China. Hago memoria, y recuerdo que aquello de la fiebre aviar también tuvo su origen en aquella apartada región.
- No exagere usted, hombre de Dios. No haga usted de Donald Trump. Los chinos son nuestros amigos. Marco Polo trajo de allí cosas extraordinarias, ¿no cree usted? Además, ¿qué sería de nosotros sin AliExpress?


    Dirá alguno que esto es obra de Pedro Sánchez -más bien, de Iván Redondo, que es quien habla dentro del presidente-, aunque sólo sea para que nos olvidemos por un rato del Dalcygate, de Cataluña y de las pretensiones de Pablo Iglesias de convertirse en espía de Su Majestad Católica. Pero no se apuren: por muy retorcida que sea la mente de este tándem que nos gobierna -que lo es-, estos dos sujetos podrán hacer sus diabluras, pero nada que ver en lo tocante al asunto que nos atañe. Que se sepa, ni Sánchez ni Iglesias tienen influencias a ese nivel. Para disipar dudas, la tal OMS ha lanzado ya su tranquilizadora alerta de que nos encontramos, con toda probabilidad, ante una pandemia.
   

- Pero, ¿en qué grado de probabilidad nos tenemos que situar?
- Pues mire usted, igual de probable que lo de la alerta mundial por lo de la gripe aviar. ¿Se acuerda usted, verdad? Recuerde que la tele nos pintó un panorama terrorífico, animando a los pobres conejillos de indias -o sea, a nosotros- a acudir prestos a los centros de salud a que nos recetaran el antídoto salvífico.
- ¿Y cree usted que la cosa no fue para tanto?
- A los hechos me remito. Por aquello no estiraron la pata ni medio centenar de congéneres, que, en comparación con los finados que provoca al año una simple gripe común, pues eso: peccata minuta.
- Dicha así la cosa, es como para darle vueltas al caletre.
- No le dé usted muchas, no vaya a ser que lo tachen de conspiranóico o, peor aún, de facha, que esto último está muy en boga. Por menos de nada lo hacen a uno militante de Falange.




    Ante esta nueva alerta sanitaria del COVID-19, los medios de comunicación, siempre dispuestos a echar una mano, se afanan en transmitir el acostumbrado mensaje de pánico, al tiempo que nos afean el gesto por no hacer alarde de la fortaleza de espíritu que sería menester en esta delicada coyuntura. Y es que, al parecer, la histeria colectiva no le viene bien a estos momentos de zozobra e incertidumbre porque, por lo visto, tenemos la dichosa manía de perder los nervios en cuanto nos ponen encima de la mesa unos cuantos centenares de fiambres. Así que, más que vacunas, lo que nos deberían administrar sería sentido común a bocanadas. ¿Qué es eso de poner el grito en el cielo a las primeras de cambio?
     


-Ya, pero es que la cosa empieza a ponerse fea, ¿no le parece?
- Pamplinas, mi buen amigo. Hágame caso y acuda usted la farmacia más cercana a por una mascarilla, verá como con ese simple gesto no correrá usted el menor riesgo.
- Entonces, ¿exageran los buenos de Ana Blanco y Vicente Vallés cuando poco menos que nos dan el minuto y resultado de esta crisis venida de Asia?
- Ya sabe usted que soy más de don Federico, y el de Orihuela del Tremedal le está dedicando al asunto, si acaso, no más de cinco minutos diarios… Más que nada porque no digan que en su programa no se informa de las cosas. Así que, hágame caso: póngase usted a ver los Simpsons y déjese de coronavirus. Su salud se lo agradecerá. Esto no deja de ser una fake news de mal gusto.
- ¿Acaso insinúa usted la falta de objetividad de los medios?
- Desde que se nos fue Tico Medina, todo es decadencia en el periodismo. Ahora solo puede uno fiarse de Lorenzo Milá y de pocos más.



    Con lo cual, señores míos, preparémonos para resistir con nuestras mejores armas el bombardeo mediático al que nos van a someter por todos los frentes. No caigamos en el alarmismo injustificado. Permanezcamos expectantes ante los acontecimientos, pero sin dramatismos. Tengamos en cuenta que en España, cada año, casi 800.000 personas padecen gripe común; de ellas, se ingresa a unas 50.000 y mueren alrededor de 15.000. A nivel mundial, la tasa de mortandad se sitúa en unas 650.000 personas. Actualmente, según datos de la OMS, hay confirmados unos 78.000 casos de coronavirus y 2.400 fallecidos. Cifras enormes y dramáticas, cierto es, pero ni mucho menos apocalípticas. No le hagamos el juego a la industria farmacéutica. Cuando alcancemos los números de la llamada gripe española de 1918-1920, causante de más de 40 millones de muertes, ya tendremos tiempo de llevarnos las manos a la cabeza. No caigamos en la tentación de mirar con recelo a esas entrañables excursiones de chinos -o de coreanos, o de taiwaneses o de lo que quiera que sean- ni de acechar con mirada asesina al que, de repente, sufre un acceso de tos y echa mano de clínex con la diligencia propia de Billy el Niño para que el asunto no pase a mayores.



- Entonces, supongo que las cosas por el III Milenio estarán tranquilas, ¿no es así? Lo veo a usted con el aplomo suficiente como para afrontar los rigores de la situación cuando vengan mal dadas.
- Pues mire usted, deseando que se produzca el primer caso para que nos manden a todos a casita y nos tengan en cuarentena hasta que escampe el temporal… Las cosas como son.
- ¿Ya han hecho acopio de mascarillas?
- Figúrese usted que no tenemos ni para gomas, así que prepárese para una catarata de bajas masivas. Espero que se haga cargo de la situación. Es sabido que los funcionarios somos gente imprescindible.
- No tema, sobreviviremos.

jueves, 13 de febrero de 2020

Siempre se van los mejores




Despierto de este largo letargo abrumado por la repentina e inesperada muerte de David Gistau. El domingo por la noche, después de dos meses en coma, dejaba de latir el corazón de, a pesar de su insultante juventud, uno de los mejores columnistas de las dos últimas décadas. Un accidente cerebrovascular acababa con la vida de una de las voces indispensables para entender, desde la contundencia e ironía de sus artículos, esta absurda realidad que nos machaca sin contemplaciones. Gistau escribía sin artificios, con apasionamiento, a quemarropa, volcando en cada frase el ardor y la vehemencia de quien no teme ni a represalias ni a críticas interesadas, con una prosa que destilaba pureza y verdad, diseccionando como nadie al ser humano y sus circunstancias. Lo mismo nos embelesaba con crónicas sobre el Real Madrid, los años gloriosos de la selección española de fútbol o la última sesión parlamentaria, que disertaba con absoluta erudición sobre una película de Garci, un concierto de Loquillo, una novela de Pérez Reverte o una serie de mafiosos. Era un escritor total, carente de las ridículas afectaciones que tanto se estilan en su oficio. Se enfrentaba al folio en blanco con la despreocupación propia de quien ya intuía que no sería el próximo Balzac, y por eso mismo, por aceptar de buen grado sus limitaciones, por domeñar sus ambiciones y arrinconar ese omnímodo ego que acompaña a los autores pretenciosos, ha terminado por convertirse en digno sucesor de Larra, Mariano de Cavia, Camba, González Ruano, Umbral y Alcántara, parnaso al que sólo tienen acceso los elegidos. Gistau, sin pretenderlo, lo era por derecho propio.



   Si a sus cualidades como escultor de la palabra añadimos la más inusual bonhomía, no resulta muy difícil comprender la pena tan honda reflejada en los rostros de quienes acudieron al tanatorio para presentar sus respetos a la familia y dar el último adiós a uno de los suyos, en una procesión de figuras con el rostro desencajado por el dolor, tratando de entender el porqué de una pérdida tan injusta, tan a destiempo. Allí estaban, entre otros, Carlos Herrera, Jorge Bustos, Raúl del Pozo, Manuel Jabois, Ignacio Camacho, Alfonso Ussía, Luís Herrero…, maestros de una tribu en la que acaba de quedar vacante la silla de uno de sus miembros más notables. Todos ellos, sin excepción, se han despedido Gistau publicando en sus respectivos medios efusivas odas a la amistad, valorando, más allá de sus dotes como autor, la calidad humana de un tipo íntegro, honesto. 
 



   El fallecimiento de David Gistau ha puesto de manifiesto una desacostumbrada unanimidad en los círculos periodísticos y literarios, donde tanto abundan los émulos de Cervantes, Góngora o Quevedo, empecinados en una gloria que nunca alcanzarán. A diferencia de los clásicos, los "juntaletras" de ahora gozan envolviéndose en un falso halo de intelectualidad, soltando, en cuanto uno se descuida, latinajos de Marco Aurelio, versos de Borges o citas de Churchill. Gistau, en cambio, escribía con naturalidad innata, despojado de engolamientos. Ahí radicaba parte de su grandeza. No pretendía dar al mundo una obra de arte con cada una de sus columnas. Su objetivo se limitaba a hacerse entender entre el lector medio, alejado de los cánones impuestos por los popes de la profesión. Hasta sus mayores detractores -que también los tuvo- dejaron de lado la envidia para terminar rindiéndose a su talento. Paseó su sabiduría por las rotativas de los periódicos, los platós de televisión y los estudios de radio, ajeno a la admiración que despertaba. Siempre se lamentó de no tener el tiempo suficiente que dedicarle a una novela gruesa, de peso, concienzuda, sin ser consciente de que él hacía pura literatura en cada una de sus piezas periodísticas. Con esa pinta de vikingo, de boxeador incansable, de leñador norteño, quién podía imaginar que bajo esa ruda apariencia se ocultaba un escritor como la copa de un pino.