martes, 13 de marzo de 2018

Confesiones de un SEFOCUMA (IV): Entre fogones y divisas.





   No se comía del todo mal en Rabasa. Es más, puedo asegurar que algunos de mis compañeros salieron de allí con algunos kilitos de más. No era lo habitual, pero sí: hubo quien disfrutaba delante de un plato de espinacas igual que si se estuviera zampando uno de ostras. El que antes de pisar el acuartelamiento mostrara remilgos culinarios, allí se le disiparon de golpe al segundo día de estar pegando barrigazos y culatazos. Mano de santo eso de salir al campo desde bien tempranito, pasando las oportunas fatigas, para que, llegada la hora de reponer fuerzas, nos sentáramos todos a la mesa sin rechistar por el menú. No había tiempo para ponerse exquisitos con esas menudencias.

   Por lo general, en cuanto a cantidad, íbamos bien servidos. Saciábamos nuestro incombustible apetito con buenas raciones de grasas, proteínas, carbohidratos... y algún que otro ingrediente inesperado. Y es que, al cabo de algunos días, alguien soltó que llevaba demasiado tiempo sin aliviarse con la misma frecuencia con la que lo venía haciendo desde antes de vestirse de caqui. Los demás, que hasta ese momento no habíamos dicho ni pío al respecto, pero que llevábamos el mismo tiempo reteniendo espermatozoides, comenzamos a sospechar si entre el menú no se incluiría algún chorrito de bromuro con el que aliñar la ensalada. Casualidad o no, aquello no era para nada normal, y mucho menos en ejemplares con la testosterona a flor de piel. Pudiera pensarse que una combinación prolongada entre el cansancio físico y psicológico podría jugar en nuestra contra y provocar efectos letales en nuestra prodigiosa imaginación, algo que, sin embargo, desechamos casi de inmediato: ni aunque todos los males del mundo se hubieran concentrado en el Acuartelamiento Alférez Rojas Navarrete, ello no sería obstáculo para dejar de atender tales menesteres. Finalmente, igual que aparecieron las dudas, se disiparon casi sin enterarnos, quizás debido a que pusimos el esmero necesario para solucionar el problema. Les puedo confirmar que superamos con éxito aquel escollo: cada uno a su manera, salimos victoriosos de aquel combate y nunca más se volvió a mencionar el tema en cuestión.



   Siguiendo con el asunto de la pitanza, tampoco vamos a poner reparos en cuanto a su calidad. Sabíamos que no estábamos en un hotel de cinco estrellas, así que, cuando nos plantábamos con nuestra bandeja en el primer hueco que veíamos libre, no nos fijábamos en si los sanjacobos estaban más quemados de la cuenta o no, o si las alubias desprendían un sospechoso olorcillo a lata que echaba para atrás. Todo era bienvenido en aquellas circunstancias, sobre todo cuando el objetivo era el de no pasar hambre y recuperar las reservas de energía lo antes posible. Por eso, cada vez que formábamos para ir a los comedores, lo hacíamos contentos y dichosos, sabedores de que nuestros agradecidos estómagos iban a ver recompensada su prolongada espera con viandas que, sin ser delicatessen, ingeríamos con fruición, disfrutando como si se tratase del mayor espectáculo del mundo al que uno pudiera asistir. Y vaya que si lo era. Tengo para mí que más de uno reprimía las lágrimas por pudor, por aquello del que dirán de todo un soldadito español al que se le ablanda el corazón ante un puchero de garbanzos cocinado como Dios manda.


    La visita a los comedores era uno de los momentos predilectos para que los reclutas comentáramos los distintos avatares de la jornada. En un sitio donde todo se hacía a la puta carrera, resultaba curioso que, para algo que de verdad no nos importaba hacer a toda prisa -llegar cuanto antes para dar buena cuenta de la carta que nos tenían preparada los cocinillas-, íbamos a paso de maniobra y teníamos que esperar pacientemente nuestro turno. En aquellas majestuosas instalaciones y bajo la escrutadora mirada del oficial y suboficial de cuartel, que trataban de poner orden en una atmósfera colapsada de carcajadas, tintinear de cubiertos y descorchar de botellas,  aprovechábamos la ocasión para disertar sobre lo divino y lo humano. En un principio, las conversaciones giraban en torno a los temas más variopintos: que si vaya dolorcito que me ha salido en la rodilla, que si hay que joderse con la mala hostia que calza siempre el sargento Fulanito, que si vaya putada que me hayan puesto la tercera imaginaria... Eso sí, había dos cuestiones que acaparaban nuestros desconsuelos: las agujetas y las ampollas. Botas y cetmes protagonizaban nuestras peores pesadillas. Los que debieran ser nuestros aliados, se convirtieron en nuestros archienemigos. La mayoría teníamos el brazo derecho insensibilizado, hecho un guiñapo, y es que nos tomábamos demasiado en serio la advertencia de nuestros mandos de que el fusil debía ser una prolongación más de nuestro cuerpo. Por eso, nada nos acojonaba más que extraviarlo: nos habríamos dejado cortar un dedo antes de acudir sollozando al cabo furriel con el cuento de que habíamos perdido el armamento y la munición. Por suerte, ni yo ni ninguno de mis compañeros tuvimos que pasar por tal apuro. Y, con respecto a lo de las ampollas, qué quieren que les diga: yo he visto a tíos hechos y derechos mentar a su propia madre y retorcerse de dolor cuando, al descalzarse después de una jornada de perros, comprobaban que tenían los pies hechos un cristo, supurando pus a borbotones. No era extraño vernos rebajados de botas, cojeando de una forma tan ostentosa que poco menos que parecía que nos habían implantado una prótesis. Tengo que decir que la mayoría hacíamos todo lo posible para no rebajarnos, puesto que para nosotros suponía una especie de deshonor vestir el uniforme con zapatillas deportivas. Por eso, nos mostrábamos compresivos con quienes aparecían de esa guisa; bastante tenían ellos como para que encima fueran objeto de burla.


   Conforme avanzaban los días, uno se iba adaptando a las exigencias de nuestra condición de mílites a marchas forzadas. Íbamos cogiendo soltura en cuestiones básicas como el saludo a los mandos, sobre todo cuando te los encontrabas de sopetón por mitad de las instalaciones y teníamos que improvisar como buenamente podíamos. Las primeras veces que paseabas por el patio teníamos verdadero pánico a cruzarnos con alguno de ellos. Caminábamos como en tensión, mirando a diestra y siniestra, tratando de escrutar por dónde podría aparecer algún pez gordo con los entorchados suficientes como para comenzar a cambiar la color del rostro, sudar la gota gorda y echarse a temblar al instante. Como aún no éramos muy duchos en eso de los empleos, cuando los veías venir de lejos, tratabas de aguzar la vista para discernir el rango del fulano que se acercaba.

           - Bonilla, ¿qué es aquello que relumbra allí a lo lejos?
- Vete tú a saber. Cualquier cosa puede ser...
- Tú qué opinas: ¿alférez o comandante?
- Opino que nos va a caer un marrón del copón; así que, que Dios nos pille confesados.
  
   La diferencia es más sutil de la que ustedes se puedan imaginar a primera vista. Distinguir si una estrella era de seis u ocho puntas, de mayor o menor grosor, o si estaba más o menos centrada en la hombrera, tenía su dificultad, así que nos encomendábamos a la Virgen de los Remedios -patrona de Alicante- para acertar el tiro y no herir sensibilidades, que en el ámbito castrense puede acarrear consecuencias imprevisibles. Había ocasiones en que a todo un teniente coronel le degradábamos a capitán, o a un teniente recién salido de la academia le dábamos tal espaldarazo en el escalafón, que ríanse ustedes de los ascensos de Franco por méritos de guerra. Todo ello, evidentemente, con el consiguiente mosqueo o júbilo, según los casos, por parte de los interfectos. Eso sí, era tal el ímpetu y la marcialidad que derrochábamos en el saludo que, a pesar de los equívocos, la cosa siempre terminaba en una sonrisa guasona o en una mirada indulgente. En lo que no había margen de error era en la distinción, en cuanto al tratamiento, entre un cabo primero y un sargento primero: ya se encargaban los suboficiales de advertirnos que por ahí no pasaban. Vamos, que no se habían chupado ellos tres años de academia y otros siete de antigüedad como para que ahora unos recién llegados los despacharan con un simple “a la orden de usted, mi primero”. Era muy probable que rodaran cabezas si eso llegaba a suceder.  

lunes, 5 de marzo de 2018

Feminismo de pacotilla


   Ahora mismo no se me ocurre mejor ejemplo para ilustrar la estupidez humana que el de Lidia Guinart Moreno, diputada del PSOE por la provincia de Barcelona. Esta buena señora no ha tenido otra ocurrencia que preguntar en sede parlamentaria por un asunto del que,  dada su extrema gravedad, no se deja de hablar en el trabajo, en el bar o en la cola del paro. Allá por donde vayamos, raro será que no encontremos a algún parroquiano, circunspecto y ceñudo, referirse al asunto que tiene en vilo a todo el país.  Háganse cargo de la patochada: que dice doña Lidia que por qué Roberto Leal, durante la gala final de Operación Triunfo, tuvo el atrevimiento de referirse a las tres finalistas -Amaia, Aitana y Míriam- con términos genéricos como “el concursante que ha quedado en tercer lugar...”, o “no quiero que estéis solos…” La pregunta de marras se formuló, literalmente, del siguiente tenor: “¿consideran que la interpelación reiterada a mujeres usando el masculino resulta ridícula y ofensiva para las mujeres a las que se dirige?” Y digo yo: ¿hace falta que te contestemos, querida? ¿A esas cuitas te dedicas con el sueldo que te pagamos todos los españolitos con tanto esfuerzo? A mí me parece estupenda tu lucha feminista por un mundo mejor y todo eso, pero todo tiene un límite, que es precisamente el del ridículo al que tú apelas y del que te has enseñoreado sin el menor rubor.



    He tenido la curiosidad de acudir a la ficha oficial de doña Lidia que aparece en la página web del Congreso de los Diputados. Si damos credibilidad a lo que allí pone, tendremos que hacer el esfuerzo de creernos que ostenta la licenciatura de periodismo y que ejerce de escritora en sus ratos libres, oficios a los que ella misma ha ofendido por su lamentable intervención del otro día. Resulta que lleva dos legislaturas en el Congreso y hasta la semana pasada nadie conocía de su existencia, engrosando ese numeroso listado de diputados anónimos que pasan sin pena ni gloria por la sede de la soberanía nacional y que un buen día deciden, por aquello de sus quince minutos de gloria, destaparse con la primera fricada que se les viene a la cabeza. Como dijo no sé quién, más vale que con nuestras palabras no desvelemos la ineptitud que a duras penas logramos mantener oculta con nuestros silencios. Pero no es el caso de doña Lidia. La referida diputada también ha tenido a bien compartir sus vastos conocimientos en un blog intitulado Habitaciones Propias, en el que podremos encontrar artículos tan jugosos y sugerentes como “Qué valen las mujeres”, “Las mujeres no somos mercancía electoral” o “Vacunemos a la juventud contra el machismo”. Mirando por mi salud mental, he decidido no leer ni una sola línea de tales engendros literarios; al igual que también me he cuidado de hojear ninguno de sus tres libros publicados, a saber: "Soy mujer y pretendo trabajar", "Tú y yo...y nuestro hijo" y "De madres a hijas". Me temo, querida Lidia, que somos nosotros quienes tendremos que vacunarnos para evitar que nos contagies tu idiocia.
    

   El próximo día 8 de marzo se va a celebrar en España la primera huelga exclusivamente de mujeres. Supongo que si sus obligaciones se lo permiten -que seguro que sí- allí estará la señora Guinart encabezando un movimiento que abochornaría a feministas históricas como Emmeline Pankhurst, Virginia Woolf, Mary Wollstonecraft, Flora Tristán, Frida Kalho, Simone de Beauvoir, Rigoberta Menchú, Clara Campoamor, Victora Kent o Concepción Arenal, entre muchas otras. Aquéllas sí que eran nobles luchadoras a favor de los derechos de la mujer, y no estas guerrilleras dialécticas, que ni aportan lustre a esta legítima causa -más bien todo lo contrario- ni conseguirán nada reseñable por mejorar las condiciones de la mujer más allá del mero ruido mediático. No tengo nada en contra de la lucha a favor de la igualdad salarial y del resto de justas reivindicaciones que durante décadas han conformado las bases del feminismo. Ahora bien, lo que no logro entender es su osadía de incluir en el catálogo de sus reivindicaciones esta frenética y ridícula cruzada en contra del lenguaje sexista y machista que, según ellas, ataca a la dignidad de la mujer. La cabeza visible de éstos nuevos intérpretes de las esencias feministas la hallamos en Irene Montero, digna sucesora de una tal Bibiana Aído,  que no ha tenido empacho en afirmar que "hablar de portavoces y portavozas es una forma más de luchar por la igualdad en el uso del lenguaje". Ante tamaña majadería, hasta la Real Academia Española de la Lengua tuvo que salir a la palestra para defenderse de tal desaire. Así que, señoras y señores, este es el punto en el que nos encontramos: en lo absurdo y grotesco de una serie de vindicaciones que, al caer en las manos equivocadas, provocan el espasmo en una ciudadanía que no sale de su asombro por tener que contemplar un espectáculo tan bochornoso. Éstas son las fruslerías a las que una parte importante de nuestra clase política dedica sus esfuerzos, en lugar de centrar sus escasos recursos en lo que de verdad importa: remover los obstáculos para que la mujer ocupe un plano de igualdad con respecto al hombre en todos los ámbitos de la vida, con independencia de que a ésto o a aquéllo se le designe o no con un genérico en masculino. Por lo visto hasta ahora, el objetivo pretendido por este movimiento es justo y legítimo; cosa bien distinta son los medios utilizados para alcanzar dicho fin. En esto último se yerra gravemente, tanto que incluso puede echar por tierra los avances logrados hasta la fecha. No se pueden ver fantasmas donde no los hay. El lenguaje no es el enemigo disfrazado de machista.

martes, 27 de febrero de 2018

Ja sóc aquí (nuevamente).




Hasta el menos avezado de los observadores se habrá dado cuenta de que el abajo firmante lleva algo así como cerca de medio año sin publicar un solo post. Y miren que la realidad de los hechos, de seis meses para acá, ha proporcionado el material suficiente como para surtir de contenido a todo blog que se precie de comentar los avatares, políticos o no, de nuestra decadente sociedad. En vano voy a detallar los motivos que han originado tan dilatado periodo de barbecho intelectual: ni vienen al caso ni, a buen seguro, el lector estará interesado en ellos. Digamos, simplemente, que problemas técnicos me han privado de mantener abierta, siquiera a medias, esta ventana para dar cuenta de mis anhelos, inquietudes y preocupaciones. Lo cual no significa que haya estado de espaldas a la realidad, sino, más bien, todo lo contrario. Dicho lo cual, una vez expuestas estas endebles explicaciones a modo de excusas, paso a tomar prestadas aquellas emotivas palabras del Molt Honorable Josep Tarradellas, pronunciadas el 23 de octubre de 1977 desde el balcón del Palacio de la Generalitat, a su regreso a Cataluña después de treinta y ocho años de obligado exilio, para exclamar aquello de: estimados lectores, ¡ya estoy aquí! Me he permitido la licencia de añadir la coletilla que figura entre paréntesis para remarcar que, a pesar de esta prolongada ausencia, nunca me fui del todo.



     Quizás, lo más llamativo en el panorama de la actualidad informativa en todo este tiempo haya sido, cómo no, todo lo concerniente al problema catalán. Pero no se apuren, no voy a incidir más en el asunto: bastante penitencia soportamos ya como para que encima rompa mi silencio haciendo desfilar por estas líneas a los jordis, puigdemones, annagabrieles, junqueras y demás laya independentista. Para tal menester ya contamos con un abigarrado ejército de plumillas, contertulios y periodistas que se encargan de poner a prueba tanto nuestra agotada paciencia como nuestra sufrida inteligencia. Es por eso que, dado que mi análisis no va a aportar un ápice de originalidad a lo ya pontificado por voces más autorizadas que la mía, les voy a evitar a ustedes el sufrimiento de perder el tiempo en conocer mi opinión al respecto - por otro lado, ya manifestada en varias entradas de este blog, como habrán tenido ocasión de comprobar mis más fieles seguidores-, al tiempo que me ahorro el esfuerzo de estrujarme la sesera para tratar de explicar lo inexplicable. Dejemos, pues, que sean los profesionales de la tribu periodística quienes nos sigan flagelando con las andanzas de tan ilustres prófugos y presidiarios, según los casos. Porque aquí la suerte ha ido por barrios en función del nivel de compromiso y valentía: mientras unos gozan del retiro dorado en paraísos como Ginebra o Waterloo, preparando sus estrategias judiciales con la inestimable asistencia de abogados etarras; otros, en cambio, purgan sus penas en Alcalá Meco y Soto del Real en medio de las estrecheces propias de quienes se hallan en el trance de estar privados de libertad. Tampoco falta en este guiso una pizca de irreverencia y mala educación, representada por las colaus y los torrents de turno, protagonizando desplantes reales fuera de contexto.



    Ni al mismísimo don Ramón María del Valle-Inclán se le habría ocurrido un esperpento de tal calibre, como tampoco el gran Arniches dio a la escena una comedia en la que se pusieran tan de manifiesto las miserias humanas. En cambio, el bueno de Forges, con su habitual perspicacia, sí que supo plasmar en sus viñetas la escandalosa crisis ética e ideológica de un sistema político en plena decadencia, en el que la incompetencia de sus líderes resulta tan evidente como bochornosa. Faltan hombres de Estado que sepan enfrentarse a la situación con inteligencia y sentido común, algo de lo que carecen la mayoría de los chiquilicuatres que pululan por los cenáculos políticos. Los mismos que con su indolencia han propiciado este guirigay, a base de engordar al monstruo mientras hacían la vista gorda ante las señales de alarma que se venían detectando, son los que ahora pretenden dar solución a una cuestión enquistada por su propia negligencia. Todos los gobiernos, desde la UCD de Adolfo Suárez hasta el actual de Mariano Rajoy, son cómplices de esta grave crisis institucional. Cuando Felipe González y José María Aznar aceptaban sin reparos los apoyos del nacionalismo catalán y vasco para constituir gobiernos estables a cambio de sonrojantes concesiones económicas y competenciales, eran plenamente conscientes de las previsibles consecuencias que esto tendría a largo plazo. Poco les importó que esos pactos envenenados allanaran su camino hacia la Moncloa: primero había que atender a los intereses de partido; después, si quedaba tiempo, a los de país. Como colofón a todo este proceso de despropósitos, nos encontramos ahora en un laberinto al que nos va a costar encontrar una salida airosa.
   

    Cambiando de tercio, aunque sea de este modo un tanto abrupto, me gustaría también reseñar la ausencia de novedades en cuanto a un tema doméstico de la actualidad extremeña: ni rastro de lo que se supone que va a ser el AVE Badajoz-Madrid. El pasado mes de noviembre, impulsados por la plataforma ciudadana Milana Bonita, un buen puñado de paisanos nos dimos cita en el centro capitalino para protestar por lo que a todas luces supone un escándalo y una injusticia. Los políticos de uno y otro color del arco parlamentario regional, con su habitual desvergüenza e innata caradura, también se sumaron a la fiesta, metiendo sus sucias pezuñas en una polémica de la que ellos son los máximos responsables. Hemos tenido que esperar a que el lamentable estado de las conexiones ferroviarias fuera noticia de primera plana a nivel nacional, para que Fernández Vara y Monago se hayan subido al tren del oportunismo con las aviesas intenciones de arañar un puñado de votos. Lo que hasta hace escasamente unos meses constituía desidia e indiferencia por su parte, resulta que ahora pasa a ocupar un lugar preferente en sus agendas. Su torpeza es equiparable a su ruindad: ahí los tenemos a pie de calle, voceando en primera línea de la pancarta, indignados ante un escándalo al que han prestado oídos sordos hasta que la cosa ha ido convirtiéndose en un clamor popular al que ya no podían dar largas.Y ellos tan frescos, como de costumbre, mientras que el común de los mortales tenemos que seguir sufriendo las consecuencias de una red ferroviaria más propia de finales del siglo XIX que de principios del XXI. 

   Y con estas dos breves pinceladas pongo punto y seguido a un post que tendrá su continuidad en artículos venideros. Porque ni la crisis de Cataluña está lejos de concluir, ni se ha dicho aún la última palabra con respecto a las peripecias sobre la planificación, licitación y construcción del AVE en Extremadura. Y aquí estaré yo para dar mi opinión; como la daré sobre la polémica de esa monstruosidad de mina de litio a cielo abierto que quieren impulsar en la ciudad de Cáceres..., a menos de tres kilómetros del casco urbano. Ver para creer, ¿verdad? Pues eso.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Confesiones de un SEFOCUMA (III). Vida cuartelaria.


   La rutina diaria en el acuartelamiento Alférez Rojas Navarrete comenzaba con el toque de diana, a las siete en punto de la mañana. Era escuchar por megafonía los tres primeros tonos del trompetín, el último de ellos lánguido y perezoso, y saltábamos como resortes de las camas al tiempo que el imaginaria, somnoliento, se desgañitaba al grito de “¡¡Compañía, diana!!”. Cegados por los fluorescentes recién encendidos, el caos, los agobios y las carreras se apoderaban de las camaretas, tropezándonos los unos con los otros en un pandemonio que, bien pensado, era lo más parecido que veríamos a lo que se supone que sería el fragor de la batalla. Había quienes, previsores, los primeros días dormían con el mimeta puesto. Otros que no lo éramos tanto, confiábamos en nuestras habilidades para que no nos pillara el toro. Algunos, incluso, se levantaban diez o quince minutos antes de lo previsto, con el consiguiente mosqueo de los que aprovechábamos hasta el último momento para seguir con la oreja planchada. Y es que el tiempo era oro. Después del sobresalto inicial, aún tenían que pasar algunos minutos hasta que conseguíamos sacudirnos la modorra. Asaltábamos los lavabos y nos encarábamos ante unos espejos que reflejaban rostros entre reflexivos y preocupados, inquiriendo los motivos por los que nos habíamos metido en aquel follón. Después de afeitarnos a toda prisa, lo prioritario era encasquetarse cuanto antes los pantalones y las botas. Si al enemigo se le ocurría atacarnos por sorpresa, dispuesto a pegarnos un tirito entre ceja y ceja sin previo aviso, aparte de estar bien acicalados, más nos valía que nos pillara debidamente pertrechados con el equipo básico de combate. Si era cuestión de irse para el otro barrio, al menos que fuera con honor… y con las botas puestas, por aquello de la dignidad y todo eso, evitando en la medida de lo posible una muerte grotesca.


   Antes de bajar a la primera formación de la mañana, previa al desayuno, había que dejarlo todo en perfecto orden de revista. Nada de colgar en las literas las camisetas, gayumbos, calcetines y toallas, y ni mucho menos desperdigar las mochilas en lo alto de las taquillas. No se permitía ni una mota de polvo en unas camaretas que debían permanecer convenientemente ventiladas para evitar que aquello se pareciera lo más mínimo a una cochiquera. Mitigar el inevitable hedor desprendido por el factor humano en un recinto que acogía a decenas de reclutas constituía una misión de muy difícil cumplimiento. Incurrir en faltas de ese tipo era indicativo de una actitud impropia, en cuanto que ello se traslucía en el pecado de la desidia, algo imperdonable para un soldado y motivo de castigo severo. El coraje en el campo de batalla tenía que correr parejo con una exquisita observancia en todo lo relativo al aseo personal, limpieza y mantenimiento del equipo, de las instalaciones y del resto del material. Ya podías ser un lince durante las prácticas de tiro, desfilar con la vistosidad de un legionario o pasar la pista de obstáculos cual boina verde, que si luego descuidabas esos otros aspectos, de nada servía.

   
Las primeras horas de la mañana las dedicábamos a las actividades que requerían un mayor esfuerzo físico. Todavía recuerdo la primera vez que salimos al campo para hacer el orden de combate, donde adquiríamos las habilidades necesarias para aniquilar al enemigo en enfrentamiento cuerpo a cuerpo, a cara de perro. Después de una pequeña marcha a paso ligero, nos plantábamos en un terrero distante unos dos o tres kilómetros del cuartel. Nos solía acompañar el sargento Prendes, con la gorra calada hasta las cejas y la visera acariciando unas gafas de sol estilo aviador, infundiendo por igual temor y respeto. Siempre abierto de piernas como un compás, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Ésa era la pose con la que no paraba de darnos órdenes a grito pelado desde lo alto de una loma. Muchos nos preguntábamos cuántas veces habría visto el sargento Prendes La chaqueta metálica, pues el tipo bordaba el papel del despiadado Hartman. Y allí estábamos nosotros, echando los bofes, a la espera de recibir instrucciones concretas para convertirnos en auténticas máquinas de matar, provistos de nuestros cascos -yo he visto en las novatadas universitarias a estudiantes portar orinales en la cabeza con mayor elegancia de lo que lo hacíamos nosotros con los cascos en aquellas circunstancias-, mochilas, pecos y cetme. Con el asustadizo rostro camuflado bajo una espesa capa de pinturas de guerra, escudriñábamos al compañero que teníamos al lado en un esfuerzo por reconocer de quién coño sería el careto de ojos saltones que nos observaba con el miedo dibujado en la mirada. “¿Lusarreta, eres tú?”, se oía susurrar a alguien. “Ni de coña, tío, soy Torresano”, contestaba el aludido algo ofendido por el equívoco.


   Pasábamos el rato entre culatazo vertical va, culatazo horizontal viene; que si enemigo a la derecha, que si enemigo a la izquierda; que si parada alta, parada baja… y todo el surtido de movimientos que se puedan ustedes imaginar. Aprovechábamos cualquier resquicio para recuperar algo de resuello, lo cual sucedía sobre todo cuando nos tirábamos cuerpo a tierra. Tendrían que haber visto las boqueadas que pegábamos con tal de rellenar los pulmones con una buena ración de aire vivificador. Mientras el sargento Prendes nos daba pistas de por dónde se acercaría nuestro temido adversario -dispuesto, como no podía ser menos, a rebanarnos el pescuezo con toda solemnidad-, nosotros ejecutábamos los ejercicios correspondientes con el aplomo del que éramos capaces. Cuando nos ordenaban reptar o rodar, sin saber dónde teníamos que colocar correctamente el fusil, nuestros exhaustos cuerpos se llenaban de magulladuras causadas por los golpes que nos producíamos con la maldita bocacha apagallamas. Ese binomio de palabras no se me ha olvidado desde entonces: bocacha apagallamas... Con el cargador y las cachas tampoco nos llevábamos demasiado bien, aunque hay que reconocer que las lesiones eran de menor cuantía. Más de uno temimos por nuestra futura paternidad por culpa de aquellos leñazos en sálvase la parte. En cambio, incomprensiblemente, no nos preocupáramos demasiado cuando dejábamos de notar sensibilidad en el cuero cabelludo, merced a esos infaustos cascos que se nos clavaban como auténticos alfileres e impedían que pensáramos con la claridad de ideas suficiente como para que estuviéramos más pendientes del enemigo que de nuestro propio riego sanguíneo. 

   El caso es que, por unas causas o por otras, al cuarto de hora de empezar las prácticas de orden cerrado, la mayoría ya estábamos para pocos trotes. En cuanto nos daban permiso para beber, echábamos mano de la cantimplora como almas que lleva el diablo. Y pensar que una sola gota de agua puede suponer la felicidad absoluta... Ante este panorama desolador, si el enemigo hubiera sido real, y no ficticio, no habría tenido que emplearse muy a fondo en tratar de liquidarnos durante aquellas sesiones camperas: unos porque no sentíamos los huevos y otros porque no sabían dónde tenían la mollera, el caso es que aquella panda de lisiados no hubiéramos conquistado ni el patio de recreo de un parvulario.

 
 A la vuelta de tamañas exhibiciones de ardor guerrero, desandábamos el camino recorrido recitando los típicos cánticos que nos insuflaran de moral suficiente para llegar a la compañía sin mayor novedad que la de algún compañero desvanecido por el agotamiento. Sujetando el cetme como podíamos y arrastrando los pies llenos de ampollas con la cadencia que marcaban los versos que entonábamos con dificultad, entrábamos por las puertas del acuartelamiento con el orgullo de quienes habían superado una prueba más en el itinerario hacia la tan ansiada estrella de alférez. A veces era tal la fatiga, que más de uno pensábamos para nuestro coleto que al carajo aquello del honor y la gloria, y se nos pasaba por la sesera derrumbarnos como un saco de arena para que nos recogieran en vehículo, ahorrándonos así algún que otro kilómetro de agonía. Pero ante ese deseo chapucero se imponía el deber de sacrificio. Ya podíamos ir a rastras, sin una micra de oxígeno que mitigara nuestra angustia, que si alguno finalmente se desplomaba, yo les aseguro que era más producto del síncope que del engaño. Después de romper filas, íbamos hasta las camaretas molidos como perros, satisfechos y animosos ante la perspectiva de que al día siguiente la tortura sería menor.


   Una de las actividades más importantes de nuestra formación militar se centraba en el orden cerrado, algo así como el arte y la ciencia mediante los cuales se adquiere la destreza necesaria para desfilar y realizar movimientos -con o sin armas- con la distinción y el realce exigidos a un futuro oficial de infantería. Disciplina menos sufrida que la del orden de combate, pero que también suponía un cierto desgaste físico. A pesar de todo, la cosa era bastante más relajada que cuando pegábamos barrigazos en el campo. “¡Somolinos, qué le pasa, ¿es usted disléxico?! He dicho ‘izquierda’, no ‘derecha’. Me da nota”. “¡Merchán, como no coja usted el paso le voy a meter un paquete de la hostia! Me da nota también”. “¡Señores, quiero ver esos cetmes asomando por encima del hombro; que parecen pollas flácidas, coño!”. Esas eran las lindezas con las que nos motivaban. Pero el pifostio lo montábamos cuando oíamos la voz preventiva de ‘media vuelta’: desde que se anunciaba hasta que se ejecutaba la orden, las gotas de sudor brotaban a espuertas por los poros más insospechados de nuestra piel. La mayoría sabíamos que la íbamos a cagar,  por mucho que nos esforzáramos en representarnos mentalmente lo de ‘patada, giro por la derecha y patada de nuevo’. No había manera. Si el brigada Fermín, el sargento Prendes, el teniente San Miguel o el alférez Serna querían putearnos de verdad, sólo les bastaba con pronunciar aquellas dos palabrejas para que se frotasen las manos y se pusiesen a pedir notas como locos. Era un espectáculo inenarrable asistir a la descomposición de las secciones. Tengo que reconocer que aquellas jornadas en la explanada de desfiles fueron gloriosas e inolvidables, aunque supongo que los mandos no pensarían lo mismo. Siempre guardaré la imagen del brigada retorciéndose el bigotazo mientras, cabizbajo, no paraba de realizar movimientos de desaprobación ante el desastre que contemplaba. Realmente parecía que éramos malos de solemnidad, algo así entre lo patético y lo esperpéntico. Lo bueno era que teníamos un amplio margen de mejora...

viernes, 18 de agosto de 2017

Confesiones de un SEFOCUMA (II). Llegada a Rabasa y toma de contacto.





    El grueso principal de la expedición arribó a Alicante a última hora del domingo. La antigua Akra Leuké cartaginesa, que sirviera de punta de lanza para los planes de conquista que el imperio púnico reservaba para la península Ibérica, se encargó de recibir con los brazos abiertos a una nueva promoción de Alumnos Aspirantes a Alférez, nomenclatura con la que se nos designaba en los centros de formación castrenses. Acompañados por la soledad de la noche, bajo un luminoso manto de estrellas y con el castillo de Santa Bárbara asomando en lo alto del monte Benacantil como testigo de excepción, nos dirigimos al acuartelamiento cansados y nerviosos. En esa primera toma de contacto ya dio la cara uno de nuestros principales enemigos, que bien se encargaría de hacer estragos durante aquellos dos meses: la humedad. Quienes más la padecimos fuimos los oriundos de climas secos; podíamos aguantar el calor con entereza, pero eso de estar todo el día sudando la gota gorda era harina de otro costal. Nos minaba las fuerzas y la moral hasta tal extremo que, a veces, sufríamos más por ese motivo que por el propio rigor de la preparación física.

    Llegamos al acuartelamiento en taxis y autobuses urbanos. En cuanto alcanzamos a divisar el blanco intenso de la muralla que rodeaba al recinto, coronada por almenas y salpicada cada ciertos metros de recias garitas, comprobamos que había más camaradas esperando en el cuerpo de guardia. Los saludos y presentaciones se sucedieron con regocijo y emoción, en un alarde de abrazos y palmadas en la espalda difíciles de igualar. La entrada principal, con su barrera de seguridad flanqueada por dos arcaicas piezas de artillería, representaba el rubicón que se interponía entre el plácido universo que estábamos a punto de abandonar y la cruda realidad que nos aguardaba. Cuando el suboficial de cuartel creyó oportuno que allí ya estábamos estorbando, decidió que era el momento propicio para conducirnos a los barracones donde se ubicaban las compañías. En ese trayecto algunos ya empezamos a acongojarnos. Mientras caminábamos al encuentro de lo que se convertiría en nuestro futuro hogar, me sorprendí a mí mismo preguntándome si no habría sido mejor haberme quedado en Cáceres haciendo fotocopias en cualquier servicio de reprografía de cualquier instituto de enseñanza secundaria o, mejor aún, en la conserjería, dedicado a la ardua tarea de pulsar el timbre para avisar al alumnado de los recreos y de los cambios de clase. No en vano, esa era la mili que estaban haciendo algunos de mis amigos. Y sin embargo, allí estaba yo, a casi setecientos kilómetros de casa por el prurito de mantener intactas lo de las convicciones personales. 
 

    Memorable y solemne fue el momento en que accedimos por primera vez a las compañías. Por todas partes colgaban cuadros y emblemas con motivos militares -como no podía ser menos-, así como leyendas enmarcadas con referencias a alguna que otra gesta heroica de un pasado no muy remoto. Cada compañía contaba con su propio edificio, unos mazacotes de doble altura, más bien estrechos y alargados. La planta baja solía albergar la oficina -que hacía las veces de despacho del capitán-, la armería, los vestuarios de mandos, una sala de reuniones y otra para charlas y conferencias. La planta superior acogía las camaretas y los servicios de la tropa. Las literas y las taquillas se sucedían perfectamente alineadas. Tanto las instalaciones como el mobiliario parecían de la época antediluviana. Tengo para mí que si no fuera por el esmero que las diversas promociones de reclutas ponían en su conservación y mantenimiento, aquello bien podría convertirse en pasto de la codicia de un fondo buitre árabe, o en la anhelada mercancía con la que atestar la flota de furgonetas del Centro Reto. Mano de obra competente y barata que se afanaba en el milagro de evitar que todo aquello deviniese en ruina.


    Cuando nos dieron permiso para subir a las camaretas, ya pululaba por allí otro nutrido grupo de compañeros. Otra vez tuvo lugar el ritual de saludos, que no dejaría de repetirse cada vez que se nos unían nuevos rezagados. La pregunta que hacía furor era la de “¿Y tú de dónde eres?”, seguida de un sincero abrazo si la respuesta coincidía con la de tu región de procedencia. En tal caso, aumentábamos un grado más el nivel de intimidad para interesarnos por la carrera que habíamos estudiado o para saber si alguno de nuestros familiares formaba parte de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional o de la Guardia Civil. Para estos menesteres -como en casi todo, la verdad sea dicha- la policía local no constituía mérito alguno. Ya podía ser uno hijo, hermano, nieto o sobrino de todo un inspector jefe de ese glorioso cuerpo, que eso allí valía tanto como un pinche de cocina en El Bulli.


    No hicimos más que aterrizar y ya nos topamos con nuestras primeras dificultades. Me refiero a la embarazosa situación de tener que meter en las taquillas todo aquello que se suponía que deberíamos distribuir en aquellos armatostes de chapa. Evidentemente, no hacía falta ser ingeniero de caminos para salir airosos del trance, pero la cosa tenía su miga y requería de cierta pericia. Si nos descuidamos, poco menos que tenemos que tirar de escuadra y cartabón. Y si ya nos las vimos canutas para colocar la ropa de paisano, imagínense el drama que constituía buscar hueco para la uniformidad y el resto de material militar que todavía debían proporcionarnos. Algunos se las ingeniaron bastante bien; se ve que manejaban el tetris con soltura. Otros, en cambio, sufrimos más de la cuenta para que el asunto adquiriera un estado más o menos decoroso. Dicho lo cual, ello no fue obstáculo para que siempre encontráramos alguna cavidad destinada a botellines de agua, tetrabriks de zumos, batidos, paquetes de galletas, bocadillos y demás viandas. Con imaginación y paciencia, todo era posible. Estos ojitos han visto apilados en las repisas de aquellas taquillas toda clase de productos comestibles, incluyendo torta del Casar, butifarra catalana o queso manchego. Así la peste que desprendían algunas nada más abrirse… Hay economatos que no disponían, ni por asomo, de la variedad de género que allí se exhibía.


    Para ir ganando tiempo, esa primera noche nos tomaron la filiación y, en función de nuestros apellidos, nos distribuyeron por compañías. A mí me correspondió la tercera sección de la veintiuna compañía, con el capitán Herrero al frente, auxiliado por el brigada Fermín y el sargento Prendes. Si no recuerdo mal, a las veintitrés horas, y con casi todo por hacer, oímos nuestro primer toque de silencio. Para qué mentir: no pegué ojo. Cada dos por tres nos levantábamos con toda clase de cautelas para ir al servicio a aliviar la vejiga, y si daba la casualidad de que coincidíamos con otro noctámbulo, intercambiábamos alguna consideración del tipo “¿qué tal lo llevas?”. Las horas se hicieron interminables, entre los suspiros de la mayoría y los ronquidos de unos pocos. Porque esa es otra: dichosas las criaturas que visitan a Morfeo sin dificultad porque de ellos será el reino de los cielos. Me acuerdo de un canario -Mendoza Reyes, si no me equivoco- que dormía en la cama de abajo de mi litera y que era el terror de mi camareta y de las adyacentes: a los cinco segundos de tumbarse, su aparatosa respiración, por decirlo finamente, comenzaba a taladrarnos los oídos. Por el bien de nuestra salud, no tuvimos más remedio que acudir a la artimaña de turnarnos para tenerlo entretenido con conversaciones de lo más banales con tal de que los demás pudiésemos coger el sueño antes que él. “Canario, ¿cómo se ha dado el día; te han puteado mucho?”, le preguntábamos entre miradas cómplices, haciéndonos los interesantes. A ninguno nos importaba un adarme cómo le había ido el día –allí cada palo aguantaba su vela como buenamente podía-, pero mientras permitíamos que se explayase, el resto acomodábamos la almohada y empezábamos a pillar la postura. Por su parte, el encargado de darle palique alargaba la farsa lo máximo posible para, una vez rendido, dejar al otro con la palabra en la boca a las primeras de cambio. Doy por hecho que el muchacho no se percataría del ardid, porque ni él nunca comentó nada al respecto ni nosotros nos encargamos de desvelárselo.

 
A la mañana siguiente, pálidos por el insomnio y con las bolsas de los ojos hinchadas y cercadas por un tono violáceo de lo más llamativo, nos formaron a las puertas de la compañía para ir a desayunar. Todavía vestidos de civiles, aquélla fue, todo lo suigéneris que se quiera, nuestra primera formación. Excepto para acudir a las letrinas, formábamos para casi todo. Después de reponer fuerzas en los comedores, recalamos en los hangares de logística, donde, por fin, nos hicieron entrega del material. Con las cajas a cuestas, nos distribuyeron por hileras en una explanada cercana para que comprobásemos que no faltaba de nada: mientras un cabo primero, listado en ristre, iba nombrando una prenda tras otra, nosotros levantábamos la mano con el artículo en cuestión para que se cerciora de que, efectivamente, aquello que alzábamos se correspondía con lo que él acababa de decir. Creo que pocos consiguieron las prendas de su talla. En cuanto llegamos a las compañías, empezamos a intercambiarnos botas, boinas, gorras, pantalones, chaquetas, etc, etc. Aquello era lo más parecido a un mercadillo, voceando a los cuatro vientos lo que unos buscaban y a otros les sobraba. Todo ello para que no hiciéramos demasiado el mamarracho a la hora de portar el atuendo con la marcialidad, propiedad y corrección exigidos por las ordenanzas.


    La cosa ya empezaba a tomar el cariz que se presuponía, tanto que a nuestros instructores les entró la prisa por mandarnos -a la puta carrera, por supuesto- a que dieran buena cuenta de nuestras pobladas cabelleras. El peluquero resultó ser un gaditano con el gracejo típico de aquellas gentes. Entre el instrumental propio de su profesión, había un bonito juego de tijeras que, supuse, utilizaría en exclusiva para trasquilar a los mandos porque, en lo que a nosotros se refiere, solo hizo uso de la maquinilla eléctrica, sin compasión y con una soltura que daba gusto verlo. No hay mejor metáfora que simbolice el desmoronamiento espiritual de un hombre que aquellos mechones de cabello cayendo pausadamente a nuestros a pies. Al regresar a la camareta de aquella guisa, los presentes se nos quedaban mirando con extrañeza, preguntándose quién sería aquel fulano que acaba de aparecer con cara de panoli. Y es que, una testa rapada transforma las facciones hasta tal extremo, que termina por mudarle a uno hasta la expresión del rostro: lo que antes era una nariz normalita, ahora aparecía aguileña y desafiante; el que tenía unas orejas medio en condiciones, ahora emergían desplegadas en todo su esplendor...

martes, 15 de agosto de 2017

Confesiones de un SEFOCUMA (I). La partida.

   El miércoles de la semana pasada recibía, a media tarde, una llamada telefónica de mi primo Víctor en la que me comunicaba, con algo de suspense, una noticia muy esperada: su hijo Iván, soldado profesional desde hace dos años, el último de ellos como alumno en la Residencia Militar “Virgen del Puerto” de Santoña, había salido boletinado entre los que, con carácter provisional y a la espera de improbables reclamaciones, han aprobado para acceder a la Escala de Oficiales del Ejército de Tierra. La alegría que ello ha provocado en el núcleo familiar ha sido inmensa, indescriptible, acompañada del orgullo propio que la ocasión merece. Al final, el esfuerzo de Iván se ha visto recompensado con creces. Nadie más que él sabrá realmente lo que ha tenido que luchar para lograr esa meta tan apetecida y, al mismo tiempo, tan complicada de alcanzar. Pues bien, esta buena nueva ha constituido la espoleta necesaria para decidirme a escribir una serie de relatos sobre mi periplo en las Fuerzas Armadas -sí, yo también hice la mili-, lo cual ha supuesto un ejercicio de regresión de dieciocho años atrás, con el peligro que ello conlleva en cuanto a las más que posibles imprecisiones de fechas, nombres, y acontecimientos. A pesar de ello, me propongo reconstruir literariamente una etapa de mi vida, corta pero intensa, marcada por la ilusión ante lo desconocido, el sacrificio físico e intelectual, la férrea disciplina, el espíritu de superación, la solidaridad, el compañerismo y la camaredería.

   En septiembre de 1998, una vez terminada la carrera de Derecho, tomé la decisión de hacer el servicio militar -por entonces todavía obligatorio- a través de las llamadas milicias universitarias, conocidas en mi época bajo la denominación de SEFOCUMA (Servicio para la Formación de los Cuadros de Mando). Se trataba de la posibilidad de cumplir con el deber de defender a la patria -los licenciados universitarios, con el empleo de alférez; los diplomados, con el de sargento- una vez superadas las pruebas médicas, físicas y psicotécnicas correspondientes. Antiguamente, se realizaban durante varios veranos consecutivos, pero en mi época se unificaron en un sólo período de nueve meses, divididos en dos fases: una inicial de tres meses de formación e instrucción militar, y una segunda de seis meses de prácticas en la unidad escogida en función del escalafonamiento resultante de la evaluación obtenida en la primera de las fases.

   No habiendo sido sorteado como excedente de cupo y sin enfermedad o causa impeditiva que alegar a efectos de ser declarado exento o inútil, yo tenía claro que quería hacer la mili, a pesar de que muchos de mis amigos se decantaron por la prestación social sustitutoria. La excepción la personificaba Rina, actual capitán de infantería y que, por aquel entonces, ya lucía los galones de sargento. Lo suyo fue vocacional y lo tuvo claro desde siempre. Sin embargo, hubo otros que, temerosos de la dureza y severidad cuartelarias, y con el fin de escurrir el bulto, no se cansaron de solicitar prórrogas de estudios hasta que la mili dejó de ser obligatoria -año 2001-. Hubo otros que acudieron a métodos más expeditivos y se inventaron, con la coartada del médico de turno, alguna afección que les librara de tan engorrosa obligación. En mi caso, llevado por un componente de tradición familiar y otro de convicción personal, no vacilé en enfundarme el traje de campaña que con anterioridad ya habían vestido mi padre, mi hermano Eufronio y mis primos Víctor, José Manuel y José Luís -este último en Infantería de Marina-. El caso de mi hermano es llamativo puesto que, con solo diecisiete años, se enroló en el ejército bajo la extinta modalidad del Voluntariado Especial, paso previo a su objetivo final de aprobar para la guardia civil a través del cupo de plazas reservadas para los militares profesionales, algo que consiguió al cabo de los dos años de alistarse.

  Hasta el último curso de carrera no tuve conocimiento de la existencia de las milicias universitarias y, puestos a elegir, prefería pegar barrigazos como futuro alférez que como soldado raso. También, por qué ocultarlo, había un componente crematístico muy a tener en cuenta: si de soldado se cobraba la ridícula cifra de 1.500 pesetas al mes (9 € ), de alférez nos correspondían unas 110.000 (660 €), incentivo más que suficiente por si me cabía alguna duda al respecto. Así que, con el título de licenciado en Derecho recién estrenado, dediqué casi un año a preparar las pruebas teóricas y físicas. Donde más plazas se ofertaban era en el arma de Infantería, opción por la que me decanté tras superar los exámenes. En la Subdelegación de Defensa de Cáceres me informaron del planning: debería incorporarme al Acuartelamiento Alférez Rojas Navarrete de Rabasa, Alicante, el primer día hábil de septiembre de 1999. Allí pasaría las primeras ocho semanas de instrucción. Una vez concluido ese ciclo, me esperaba el reto de la temida Academia de Infantería de Toledo durante todo un eterno, gélido y doliente mes de noviembre para, finalmente, elegir destino en el Regimiento de Infantería Mecanizada Saboya nº 6, unidad integrada en la Base General Menacho de Badajoz. Pero vayamos por partes. 


   Desconozco los motivos, pero no mantengo en la retina la despedida que, a buen seguro, me tributaron mis padres y hermanos. Doy fe de que se produjeron las típicas escenas luctuosas, pero no conservo esa estampa en el archivo de mi memoria. De cualquier forma, no iría muy desencaminado si imaginase a mi madre soltando alguna que otra lágrima, a mi padre dándome ánimos para arrostrar las dificultades venideras y a mis hermanos deseándome suerte para afrontar, con buenas dosis de valor, el nuevo horizonte que se abría ante mis ojos. Ni siquiera me acuerdo de los días previos a mi marcha, cuando se supone que debería estar, si no nervioso, sí inquieto ante el temor de pisar un terrero totalmente ignorado para mí. Nada de nada. Poco menos que parecía que me iba de campamento con los boy scouts. Ahora bien, lo que antes no me había quitado el sueño ni provocado desasosiego alguno, quedó compensado con las pesadillas que, al cabo del tiempo, me seguían originando las penalidades experimentadas durante esos tres meses de academia. Con posterioridad, he vuelto a coincidir con algunos compañeros de promoción -Bonilla y Quico Torres, fundamentalmente- y ninguno sabemos, a ciencia cierta, cómo salimos mentalmente indemnes de aquel trance, porque aquello fue como para haberse vuelto loco. Y es que nos las hicieron pasar putas, sobre todo durante el tétrico mes que pasamos en Toledo. Hubo incluso un compañero al que, estando aún en Rabasa, le tuvieron que dar la blanca porque se le estaba yendo la chaveta: sudaba la gota gorda y se echaba a temblar, literalmente, cada vez que un mando se dirigía a él pegando voces -los mandos, claro está, no paraban de darnos órdenes a grito pelado-, y de madrugada nos sobresaltábamos cada vez que la pobre criatura no paraba de pegar alaridos en la camareta. La mayoría nos hacíamos los dormidos y, al mismo tiempo que nos compadecíamos de él, tratábamos de coger el sueño lo antes posible porque al día siguiente nos esperaba una dura jornada.

   Para no tener que pegarme la paliza de hacer el viaje Cáceres-Alicante del tirón, el fin de semana previo al de mi incorporación a filas hice una parada en Madrid, acompañándome a tal efecto algunos de mis amigos de Cáceres: si no recuerdo mal, vinieron Regidor, Fraile, Alfonso y Barquero. Nos quedamos en casa de Chema, otro amigo emigrado a la capital por motivos profesionales y que compartía piso junto a tres colegas más, también extremeños, que comenzaban su andadura laboral en ese caos que es Madrid. Allí nos apoltronamos como pudimos. Todavía rondan por mi cabeza vagos recuerdos de la noche de aquel sábado y, sobre todo, de la mañana siguiente, debido a alguna que otra anécdota que sigue saliendo a relucir cada vez que nos reunimos. Y es que, en contadas ocasiones, pedir que te preparen un simple Cola Cao puede conducir a una descomunal batalla dialéctica si quien lo solicita es un hombre y la impelida una mujer que cree ver intrincadas connotaciones machistas donde no hubo mala intención. Después de una noche de parranda, y en previsión del agotador viaje que me aguardaba, no estaba uno por la labor de mantener enfrentamientos absurdos, así que supongo que decidí reservar fuerzas y que no tuve reparo en levantarme y prepararme un desayuno como Dios manda, acompañando al Cola Cao de marras de un sabroso zumo de naranja y de un par de tostadas untadas con mantequilla y mermelada.

   Aquella mañana dominical de mi partida, con el cuerpo resentido por la falta de descanso y la mente somnolienta por la escasez de sueño, me presenté en la estación de autobuses de Conde Casal para tomar el primer Auto-Res rumbo a la ciudad portuaria de Alicante. Saltaba a la vista, por los enormes macutos que llevábamos a cuestas, que éramos varios los que en aquel trayecto encaminábamos idéntico destino, sin apenas sospechar que estábamos a punto de adentrarnos en un auténtico campo de minas que pondría a prueba tanto nuestra integridad física como psicológica. Puedo asegurar que los que íbamos todavía con la empanada mental típica de quienes habíamos estado siempre bajo el confort y la protección de nuestros padres, maduramos de golpe y porrazo justo en el instante en que cruzamos la barrera de seguridad de Rabasa y nos detuvimos en el puesto de control. A partir de ahí, tendríamos que acostumbrarnos a un régimen dispuesto a extraer de nosotros hasta la última gota del ardor guerrero que se presuponía a todo infante del Ejército de Tierra. Y vaya que si nos la sacaron...