martes, 2 de octubre de 2012

Las razones de Esperanza.


   Aunque con algo de retraso sobre el hecho noticioso, no me resisto a escribir unas palabras en relación con el sorpresivo abandono de la política activa por parte de Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma, condesa consorte de Murillo, Grande de España y Dama Comandante del Imperio Británico. Ahí es nada. Así, el 17 de septiembre, para asombro de propios y extraños, la presidenta de la Comunidad de Madrid convocó una rueda de prensa en la que anunció que dimitía de todos sus cargos electivos, incluida la presidencia autonómica y su escaño de diputada en la asamblea legislativa. Que después de treinta años en la política era tiempo de dedicarse a los suyos: marido, hijos, nietos y demás parentela. Cuentan que los profesionales de los medios de comunicación allí presentes no daban crédito ante lo que estaban presenciando, mirándose de soslayo los unos a los otros para cerciorarse de que no eran los únicos que se estaban quedando atónitos por las declaraciones de “La Lideresa”. Sólo unos elegidos de su gabinete conocían de antemano la decisión que Aguirre soltó a modo de bomba informativa y, cosa rara en los mentideros políticos, el secreto se mantuvo a salvo hasta el día en cuestión. Algunas, como la precoz Lucía Fígar, Consejera de Educación, Deportes y Juventud, no pudo contener las lágrimas en un llanto que más bien pudo haberse dejado de puertas para adentro. Otros, como su fiel escudero Ignacio González, se frotaba las manos ante la proximidad de cumplir su sueño de tantos años, lo cual no le resta un ápice de credibilidad a sus gimoteos durante la sesión de investidura como nuevo presidente de Madrid.

   La cascada de rumores, como era de esperar, ha sido de las que hacen época. España, a pesar de todo, sigue siendo un patio de cotillas que no pierde oportunidad de elaborar las teorías más chabacanas ante cualquier acontecimiento de relumbrón. Y es que muy pocos se explican cómo alguien que está en la cresta de la ola, que cuenta mayoritariamente con el apoyo de los ciudadanos -llevaba desde el 2003 como Presidenta de la Comunidad de Madrid con mayoría absoluta-, decide abandonarlo todo con la simple explicación de los consabidos motivos familiares y de salud, por muy legítimos y comprensibles que estos pudieran ser. Más bien parece que Aguirre se ha cansado de navegar a contracorriente en un partido que se ha ido apartando de los principios liberales que ella se ha encargado de abanderar a pesar de las críticas. De sobra es conocida su enemistad con el actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, por mucho que ambos, públicamente, trataran de ocultar lo que resultaba evidente hasta para un ciego: los forzados besos y abrazos que se han prodigado en público en múltiples ocasiones chocaban más que si las carantoñas protocolarias se hubieran dejado para mejor ocasión. Mariano Rajoy trató de mediar sin éxito en esta disputa entre dos pesos pesados. Más de un tirón de orejas se llevaron a cuenta de sus discordias para hacerles entender que las opiniones heterodoxas debían quedar fuera del alcance del dardo envenenado de la oposición con el fin de salvaguardar al partido de un desgaste innecesario. Visto el discurrir de los acontecimientos, es de suponer que el ministro melómano contaba con más simpatías por parte de Rajoy que la castiza Aguirre. Lo cual no era mucho aventurar desde que ésta, tras el fracaso del PP en las elecciones generales del 9 de marzo de 2008 y ante el XVI Congreso de su partido, jugó con la posibilidad de presentar una candidatura alternativa a la de Rajoy como presidente del partido: su órdado no gustó nada en el sector oficial de Génova 13 y Rajoy, entre otras cosas, suele tener muy buena memoria como para olvidar ese tipo de deslealtades.

   Para completar este panorama de complejas relaciones en la cúspide del poder popular, hay que sumar otra china en el zapato de Esperanza: Mª Dolores de Cospedal, la férrea Secretaria General del PP que ha hecho buena la labor de fontanería de Álvarez Cascos al frente de la nave genovita: ver para creer. En este punto era previsible un choque de caracteres sin precedentes entre dos mujeres acostumbradas al bastón de mando. Por eso, el problema no tardaría en aparecer en cuanto surgiera la mínima diferencia de criterios entre las dos baronesas autonómicas. Y esa chispa ha saltado con ocasión del caso Bolinaga: una -Aguirre- lamenta no entender que la Justicia haya otorgado al etarra la libertad ante el cáncer incurable que padece, la otra -Cospedal- no ha dicho una palabra más alta que otra ante el hecho de que se ponga de patitas en la calle al carcelero de Ortega Lara. Por todo ello, Esperanza habrá pensado que, después de lo que lleva vivido en política (Concejala del Ayuntamiento de Madrid, Ministra de Educación y Cultura, primera mujer en presidir el Senado, Presidenta de la Comunidad de Madrid) llega un momento en que no todo se puede soportar, en que una se cansa hasta de tragar sapos con tal de seguir saliendo en la foto. Una vez colmada su parcela de vanidad, y como desde que defenestraron a María San Gil como presidenta del PP en el País Vasco se juramentó para no pasar por alto ni una indecencia más, pues ha decidido que hasta aquí hemos llegado, que se va sin que nadie se lo haya pedido – o sí- y que ahí se queda Mariano Rajoy con su proyecto de una España mejor bajo la atenta mirada de su guardia pretoriana. Que una ya tiene bastante con haber salido ilesa de un accidente de helicóptero (por cierto, junto a Mariano Rajoy) y sobrevivido a una oleada de ataques terroristas en la ciudad de Bombay.

   Esas experiencias vitales sí constituyen razones de peso como para replantearse su papel en la política. Ahora bien, que sean las únicas cuestiones que hayan influido en su decisión sólo ella lo sabe. Tendría que publicar un segundo volumen de sus memorias para que algún día sepamos con certeza la verdad en todo este asunto. De momento todo son especulaciones, excepto el hecho de que el Partido Popular ha dejado escapar a uno de sus miembros más carismáticos. Los resultados los comprobaremos en las siguientes elecciones autonómicas, aunque dudo mucho de que Ignacio González arrastre la misma masa de votantes que su predecesora. Esas mismas dudas, al parecer, también planean sobre el equipo de Rajoy. Su posible duelo con Tomás Gómez será de segunda fila, puesto que tampoco goza el líder socialista con el aplauso mayoritario de los madrileños, ni siquiera por los militantes de su propio partido. Eso, precisamente, es lo mejor que le puede pasar al PP: que la oposición presente un candidato electoral con menos encanto popular del que cuenta el que, hasta hace escasos días, era el abnegado heredero del sillón de Aguirre en la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol.

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