martes, 4 de diciembre de 2012

Y Arturo Mas se pegó el batacazo.


   Pues eso. Que por fin se celebraron las tan esperadas elecciones catalanas el pasado 25 de noviembre y la mayoría absoluta que imploraba el Presidente de la Generalitat para construir un proyecto de futuro con tintes soberanistas no se ha visto por ningún lado. Es más, aparte de no haber obtenido el número de escaños necesarios, es que ha perdido la friolera de doce asientos en el parlamento catalán con respecto a la anterior consulta electoral: de los 62 diputados con que contaban en 2010 han pasado a 50 en la actualidad. Es decir, que el mesías de la independencia creyó ver un día a multitudes en las que sustentar sus desvaríos egocéntricos, y al final lo que ha conseguido ha sido un descalabro de primera magnitud en la peor táctica política que se recuerde desde el origen de los tiempos. El señor Mas ha ido a por lana y ha salido trasquilado. Que no nos vendan la moto de que aquí nadie ha perdido y todos han ganado algo. Que esto no se convierta en el EGM de los medios de comunicación. Que CiU no puede escudarse en que continua siendo la fuerza más votada. No, aquí hace falta gente seria y con sentido común que dé un paso al frente y diga las cosas por su nombre. Yo, ya lo he manifestado en más de una ocasión, pensaba que ese hombre podría ser Duran i Lleida, pero me temo que habrá que esperara a mejor ocasión para que el presidente de Unión Democrática de Cataluña tome la palabra para poner coto a los desmanes de su socio de coalición. Mientras eso sucede, continuarán los cínicos apoyos sin fisuras y los fingidos abrazos de postín.

   El fracaso de CiU parece claro a la vista de cualquier analista con un mínimo de objetividad. Lo normal hubiera sido que, ante el duro revés sufrido por sus propuestas, el señor Mas hubiera dicho hasta luego y muy buenas, hasta aquí hemos llegado y no me siento respaldado por la mayoría del pueblo catalán, con lo cual presento mi dimisión irrevocable para que sean otros los que tomen el timón y tiendan puentes de entendimiento con -como ellos dicen en su lenguaje maniqueo y torticero- el gobierno de Madrid. ¿Eso sería lo lógico, verdad? ¿Pero a que no les desconcierta si les aseguro que de eso... nada de nada, que la autocrítica ha brillado por su ausencia y, si nos descuidamos, nos venden que la opinión mayoritaria de los representantes ciudadanos sigue siendo la de constituir un Estado propio? No me extraña que no les sorprenda porque eso ha sido exactamente lo que ha sucedido. Y entonces uno se pregunta: ¿estos políticos nacionalistas radicales viven en este mundo o provienen de una galaxia muy lejana en cuyo viaje hasta recalar por estos lares se les ha atrofiado el sentido de la realidad? ¿Qué estado mental es el que impide que la cúpula de CiU reconozca que las cosas no han salido como ellos esperaban y que, por tanto, hay que realizar un exhaustivo examen de conciencia para ver en qué han fallado? Lo mire como lo mire el señor Mas y su cuadrilla de aduladores, le den las vueltas que quieran darle, no hay más hecho irrefutable que el que los catalanes no les han apoyado en el pulso que han querido mantener con el Estado central. Aquello que dijo en campaña electoral de que ni Constituciones ni leyes van a impedir que el pueblo de Cataluña se pronuncie en referéndum sobre si desean dejar de pertenecer a España es algo que tendrá que tragarse a cucharadas. Ya tiene respuesta a su fanfarronada, así que ahora que actúe en consecuencia.

   Todo ello es indicativo de la cara dura que lucen algunos con tal de mantenerse en el cargo a costa de los más elementales principios éticos que deben presidir la actuación de un político, al que los ciudadanos le encomendamos la labor de administrar la confianza en ellos depositada para que revierta en una mejora del bienestar social. Si después del 25 de noviembre todo sigue igual en la cúpula del partido que dirigen en comandita Arturo Mas y Duran i Lledia, no podremos por menos que concluir que ciertos gobernantes no saben interpretar la voz del pueblo. Y esto es un tema muy grave, puesto que si ni siquiera se inmutan de sus errores cuando son tan palmarios como en este caso, no les quiero ni contar la de disparates en que incurrirán en la gestión diaria de una Comunidad Autónoma como la catalana sin ser conscientes de ello. Aquí lo que subyace es un problema mucho más profundo, como es el de una clase política dispuesta a justificar su alarmante incapacidad para ejercer con criterio el mandato popular del que son depositarios. Pero, a pesar de todo, no debemos caer en la desesperanza. No todo es oscuridad y tinieblas, si no que los hay que portan una antorcha con la que tratan de encontrar el camino que conduzca a un cambio de actitud por parte de esos nacionalismos excluyentes capaces de apropiarse del sentimiento de todo un pueblo. Los que andan inmersos en esa labor de búsqueda son Alicia Sánchez Camacho por el PP y, sobre todo, Albert Rivera por Ciutadans. Este último, con un lenguaje claro y sin concesiones a la galería, tiene el mérito de haber conseguido posicionarse con cierta estabilidad en el complicado arco parlamentario catalán en apenas seis años. Si al principio de su irrupción política aparecía a modo de Robinson Crusoe en una isla solitaria, ahora cada vez son más los que se acercan a visitar ese espacio de lucidez intelectual en que Rivera ha convertido a un partido pequeñito, sin grandes pretensiones, pero que muchos ven como un salvavidas al que aferrarse en el mar de fondo que supone la deriva separatista encabezada por CiU. Este hombre, que advino al mundo de la política en paños menores -recuerden la portada de su primera campaña electoral- tiene el deber y la responsabilidad de, junto con la presidenta del PP catalán, saber transmitir a la ciudadanía un mensaje de unidad que deje sin coartada la confrontación dialéctica en la que el bloque nacionalista basa su estrategia. De ellos depende que en Cataluña no se tenga la percepción de que España es la gran usurpadora de sus aspiraciones independentistas.

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