martes, 15 de octubre de 2013

Los sindicatos, esos tiernos luchadores en favor de la clase obrera.


   

Cuando una sociedad entra en crisis -y no me refiero solo a la económica, sino sobre todo a la de los valores y los principios por los que debe regirse una democracia-, es en esos momentos de debilidad de espíritu cuando salen a relucir los defectos más perniciosos del sistema. Aquellos que durante largos años se sintieron protegidos por el cautivador manto del felipismo y el zapaterismo nunca pensaron que llegaría el momento en que sus artificios contables para despistar a los organismos públicos de los que percibían la subvenciones con las que financiaban todo tipo de actividades serían descubiertos , incluidas pantagruélicas comilonas en la feria de Sevilla. Y es que hay ciertos individuos que se creen por encima del bien y del mal, que piensan que siempre saldrán triunfantes ante cualquier tipo de prueba que se les presente, incluída la de postrarse ante el altar de la Justicia para rendir cuentas de sus actos. La torpeza de estos señores supera, que ya es decir, a su ambición. Aunque, eso sí, al final acaban caminando al encuentro de la toga y la puñetas con una sospechosa sonrisa en los labios que le hace a uno plantearse la siguiente disyuntiva: o son más estúpidos de lo que parecen o confían demasiado en que su influencia les salvará del trance de engrosar la población carcelaria de este país. En mi caso, me decanto más por la primera opción: la de considerar a ciertos sindicalistas como meros trileros con el suficiente nivel de inconsciencia como para emprender el paseíllo hasta el banquillo de los acusados con esos aires de jaque que, ya de por sí, no les deja en muy buena posición.



   Abundan las ocasiones en que los sindicatos, arropados por el reconocimiento otorgado por el artículo 7 de la Constitución, se creen extramuros del sistema judicial. Hay ciertos temas con los que no están dispuestos a lidiar, con los que se muestran inflexibles, diríamos incluso que intolerantes, más aún cuando se pone en entredicho el desdoro de su honradez. Pero su sutiliza va mucho más allá, pretendiendo –con éxito la mayoría de las veces, todo hay que decirlo- confundir a la opinión pública para dar una imagen de víctimas que no se corresponde con la realidad. Solo les falta por decir que son objeto de una caza de brujas al más puro estilo del macarthismo. Bastaría con enunciar la teoría de que quienes delinquen son las personas, y no las organizaciones, para echar por tierra una defensa tan endeble como esa. Así, cuando las investigaciones judiciales señalan a algunos dirigentes de UGT como implicados en la trama de los ERES falsos de Andalucía, no se está criminalizando a todo el colectivo, sino sólo a aquéllos respecto de los cuales la Justicia comienza a tener indicios de que podrían no haber obrado con arreglo a la ley. Los sindicatos tienen la mala costumbre, al igual que los partidos políticos, de personalizar como ataque a toda la organización actuaciones que van dirigidas exclusivamente a depurar responsabilidades personales de dirigentes que se creían más listos que los demás. No se cuestiona aquí que toda la UGT de Andalucía sean unos mangantes sino, simplemente, que algunos de sus integrantes han mangoneado más de la cuenta, poniendo de manifiesto que también ellos pueden sucumbir a la codicia del vil metal. Pretender aparentar lo contrario sería confundir los términos, labor a la que se dedica  una serie de alborotadores profesionales con el objetivo de que la contemplación ensimismada de los árboles impida ver el bosque al resto de la ciudanía. Es decir: enreda, que algo quedará. Esa es su misión y a fe que lo están consiguiendo. Los sindicatos, digámoslo alto y claro, no están ungidos por el dogma de la infalibilidad; eso está reservado para otras magistraturas superiores.

 
 La izquierda política y sindical - o sea, PSOE, IU, UGT y CC.OO- tiene la virtud de encandilar a sus afiliados para que acudan en tropel al toque de generala cada vez que sus líderes reclaman su presencia, y no digamos cuando de lo que se trata es de limpiar el honor supuestamente mancillado por los medios de comunicación y por la juez Alaya. En ese tipo de artimañas, insisto, son unos expertos. Y es que, por mucho que se empeñen, ni siquiera los sindicalistas son unos santos varones. No hay más que recordar – y vamos en este punto a usar la memoria histórica que tanto les gusta- su estrecha colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera o, ya más cercano en el tiempo y mucho más prosaico, el escándalo de la cooperativa PSV. Estas gentes, como no podía ser menos, también cometen errores, y no precisamente menores, de ahí que necesitemos de la luz y taquígrafos que la juez Alaya está aplicando a las corruptelas internas de unos dirigentes sobre los que pesa la sombra de la sospecha. El acoso que la instructora de los ERES está padeciendo estos días empieza a parecerse demasiado a la cacería sufrida por Marino Barbero allá por la década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuadno fue el encargado de instruir el asunto FILESA por financiación ilegal del PSOE. Pues para aquellos que alardean de demócratas y no pierden ocasión de colocarse detrás de una pancarta con el brazo izquierdo en alto, puño cerrado con crispación y entonación doliente de los versos de la Internacional, mancillando las legítimas reivindicaciones de la lucha obrera, recordarles que acudir a las puertas de los juzgados para insultar y amedrentar a la autoridad judicial no es el ejercicio de tolerancia más decente que digamos. Marino Barbero se vio obligado a dimitir como Magistrado del Tribunal Supremo por las terribles presiones y críticas que los miembros del gobierno de entonces y del partido que lo sustentaba realizaron a su labor de investigación. Esperemos que Alaya no corra la misma suerte.

   Para centrar el estado de la cuestión, habrá que empezar por desmitificar la importancia de los sindicatos. En relación con la población activa, sólo un 10,5% de los trabajadores españoles están afiliados a UGT o a CC.OO. Por lo tanto, la premisa básica en todo esto es que seamos conscientes de su limitada representatividad, cuantitativamente hablando. No seré yo el que diga que los sindicatos son prescindibles, pero sí es cierto que deberíamos otorgarles una significación relativa. Algunos, incluso, estarían a favor de que se redujera considerablemente su poder, tal y como sucedió en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher. Lo suyo sería que encontráramos el término medio. Eso sí, lo que no es de recibo es que tengamos que asistir a espectáculos como los que tuvieron lugar hace cuatro días a las puertas del juzgado del que Alaya es titular, con esos camaradas gritando “libertad” para los que andan jugando con fuego. Los secretarios generales de las centrales sindicales implicadas, señores Méndez y Toxo, han tenido a bien en salir a la palestra para afear la conducta de sus simpatizantes, aunque aún quedan recalcitrantes que pretenden querellarse contra la juez por la detención ilegal de algunos de los implicados en la trama. Mientras eso sucede, sentémonos en el salón de casa a ver cómo los grupos mediáticos ideológicamente partidarios de la izquierda progresista dedican la mayor parte de su programación a destripar a un tal Bárcenas mientras pasan de puntillas por el mayor escándalo de corrupción de nuestro país.



jueves, 10 de octubre de 2013

Un bufón en el Congreso


   
Después de algo más de un mes sin prodigarme por estos lares, salgo del ostracismo cibernético para reseñar, una vez más, la figura del mayor humorista que campea por España, aunque es cierto que no pasea sus cualidades por el Club de la Comedia o por el Corral de la Pacheca, sino que ha escogido por escenario natural para deleitarnos con su arte el atril del Congreso de los Diputados. Su atuendo debería ser el de bufón pero, a lo que se ve, prefiere travestirse con los ropajes propios de un ministro de economía. Hablamos, por si no lo han averiguado todavía, del señor Montoro, ese cómico frustrado que aprovecha la mínima ocasión para alardear de su auténtica vocación. Pudiera parecer que le tengo cierta ojeriza al ministro de nuestros desvelos, puesto que no es la primera vez que le dedico una entrada en este blog, pero créanme si les digo que no es así. Es más, hago auténticos esfuerzos de contención para que este insigne catedrático de Hacienda Pública aparezca lo menos posible por aquí, pero cuando el absurdo rebasa los límites de la decencia, resulta obligado dedicarle unas palabritas a este charlatán que, con su típico aire de superioridad, no para en mientes a la hora de decir estupideces basándose en no sé qué estadísticas oficiales.

   Ayer, como todos los miércoles, hubo sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados. Yen ese imponente foro, ante personas tan serias –lo de honestos es otro cantar- como se presupone que son los representantes de la soberanía nacional, va el señor ministro y cuaja una de las mejores actuaciones que se le recuerdan. Sin inmutarse, sin que le afectase el miedo escénico en el que tenía lugar la representación, va el tío y suelta con el mayor de los desparpajos –y cito textualmente- que “los salarios en España no están bajando, están creciendo moderadamente”. ¡Con un par, Cristobalín, para que luego digan que en España no hay sentido del humor! Se podrán ustedes imaginar las carcajadas que tamaña declaración levantó entre la bancada de la oposición, aunque seguro que más de un colega de partido de Montoro no le cupo más remedio que reírse, si no a mandíbula batiente, sí al menos entre dientes. Y es que,  ni Quique Camoiras en sus mejores tiempos hubiera tenido tanto éxito. Miren que se han oído disparates en el Palacio de las Cortes desde que Isabel II lo inaugurara allá por 1850, pero este es de los que hacen época. Los que presenciaron el numerito del ministro podrán decir, pasados los años, que ellos estuvieron aquel día en el Congreso de los Diputados. 

 
Si no fuera por lo patético de la situación, más que salir a gorrazos Carrera de San Jerónimo arriba–que es lo que se merecería Cristóbal Montoro por tener la desfachatez de decir las cosas antes de pensarlas, o por no leerse antes de pronuciar los discursos que otros le escriben- ayer se perdió una ocasión pintiparada para que desde la presidencia de la Cámara, con el señor Posada a la cabeza, se ordenara detener la sesión de control para que, todos los diputados puestos en pie se abrazaran –fingiendo como acostumbran- y jalearan a don Cristóbal en reconocimiento a su ingente labor por arrancarnos una sonrisa en tiempos de crisis. Acostumbrados a montar otro tipo de espectáculos, a buen seguro que los españoles no les habríamos reprochado esa actitud. A Toni Cantó, que también suele hacer bastante el payaso, le ha salido un duro contrincante. Habrá quien afirme, no sin razón, que la competencia es buena, pero tratándose de aquellos que velan por los intereses del pueblo, más valdría que la patente de la necedad se distribuyera en forma de monopolio.

martes, 20 de agosto de 2013

¿La prensa que nos merecemos?

   
 Hace mucho tiempo que llevo dándole vueltas al hecho de si publicar o no lo que, finalmente, he decido plasmar en el post de esta tarde. Animado por las opiniones de mis grupos de amistades, fiel reflejo de las capas sociales de nuestra región (los hay con estudios superiores, medios, básicos, en paro, con trabajos de responsabilidad, curritos, funcionarios…), quiero recoger la opinión generalizada acerca del papel de la prensa escrita en nuestra Comunidad Autónoma, más en concreto de los diarios HOY y El Periódico Extremadura. Como digo, hace ya años que tenemos formada una idea al respecto, pero es ahora, durante el verano, cuando nuestras críticas se acentúan. Por eso, siendo consciente de que puedo generar polémica, quiero partir de la premisa de que me limito a manifestar las apreciaciones de mi entorno de amistades. Mi papel, en esta ocasión, es el de mensajero, aunque esté de acuerdo con el sentir de la mayoría. Por supuesto, y para disipar cualquier malentendido, dejo a salvo de esta crítica la encomiable labor realizada por la red de periódicos locales que, al amparo de estas dos históricas marcas, se han extendido por los principales municipios de nuestra región. Hechas las advertencias precedentes, continúo.
                                                       
   Al parecer, en Extremadura no hay más acontecimientos reseñables a nivel periodístico que si la perrera municipal de no sé qué pueblo se ha quedado sin luz,  que si la calle no sé cuál está de obras, que si el ayuntamiento X no arregla el bache de no sé qué carretera de circunvalación, que si tal personaje público tiene cierto parecido físico con no sé qué actor de renombre, que si las rebajas no van tan bien como en otras temporadas, que si la ola de calor está causando furor, que si rompen una vidriera al entrar a robar en un convento, que si finalmente el proyecto del Corte Inglés en Cáceres será una realidad, al igual que el tantas veces anunciado párking subterráneo en las proximidades de la Cruz de los Caídos, también en la capital cacereña. Estas son las flamantes noticias a las que la prensa dedica la mayor parte de su espacio para informar a sus lectores en estas fechas tan propensas a la pereza intelectual. A veces hay que escudriñar hasta debajo de las piedras para sacar a la luz una noticia que merezca tal calificativo, pero últimamente parece que los plumillas –o sus jefes, mejor dicho- no están muy por la labor de prestigiar una profesión que no pasa por su mejor momento. No exigimos desayunarnos cada día con la primicia informativa del año, pero de ahí a que nos tengamos que tragar sapos de ese calibre media un abismo. Supongo que los periodistas que soñaban con el ideal de convertirse en una especie de Lou Grant durante sus años de facultad no darán palmadas de alegría cada vez que sus jefes les mandan a cubrir temas que tendrían mejor acomodo en La Hoja del Lunes de la barriada correspondiente. Muchos de ellos han perdido ya la motivación y el mordiente necesarios para dedicarse a una labor con un alto desgaste personal y familiar, por no hacer mención a los ridículos salarios que perciben.

La prensa regional extremeña hace tiempo que viene practicando un pefil bajo –más bien plano-, ilustrando a toda página hechos que no interesan al común de los mortales, pasando de puntillas por acontecimientos que merecerían un mayor despliegue informativo. El tratamiento anodino e insulso que muestran de la realidad es un pecado para el que, a lo peor, no hay penitencia que los salve. Supongo que la culpa será de los editores y directores de turno. Es genérica la queja entre los lectores  de que tanto el HOY como El Periódico Extremadura se han convertido en una especie de gacetillas –el primero menos que el segundo, a decir de muchos de ellos- que no hacen honor a la calidad de otras cabeceras regionales de nuestro país. Cosa bien distinta es la categoría profesional de alguno de sus columnistas. Ahí nada que objetar; es más, la calidad de sus articulistas está muy por encima de las noticias tratadas a lo largo de páginas vacías de contenido e interés. Así que, si alguien va buscando una crítica mordaz –que no tiene que ser destructiva de por sí- contra la actuación de los poderes políticos, económicos o sindicales en Extremadura, que no pierda el tiempo y acuda a otras fuentes de información. Allí no las va a encontrar. Parece ser que cuenta más mantener la publicidad institucional de la Junta, ayuntamientos y diputaciones que el hecho de informar sin miedo, sin cortapisas, sin autocensuras que todo lo quieren tamizar.

Me gustaría que quedara clara la crítica de este post. No va en contra los periodistas, sino contra aquellos que están haciendo del periodismo una profesión de chichinabo al servicio única y exclusivamente de los intereses económicos. No corren buenos tiempos para casi nada, pero mucho menos para los medios de comunicación; más en concreto, para la prensa escrita. Muchas cabeceras históricas  han cedido a la crisis económica (hasta el archipremiado The Washington Post, el del caso Watergate, anda de saldo estos días), por eso me admira que tanto el HOY como El Extremadura se mantengan en pie, impasibles al desaliento por obra y gracia de un milagro digno de estudio. Lo que es seguro es que como sigan por esta senda de compadreo con el poderoso no tardarán en echar el cierre. Y sería una pena que nuestra Comunidad Autónoma careciera de un diario de referencia no sólo a nivel regional, sino también a escala nacional. No estamos pidiendo que se conviertan en una especie de Norte de Castilla, pero el hecho de no sentir vergüenza ante lo que se lee sería un paso más que interesante para reconciliarnos con nuestra prensa escrita. 

lunes, 19 de agosto de 2013

La dicha del ignorante


   

Hubo alguien que dijo que la felicidad reside en la ignorancia de la verdad. Y a fe que tenía razón. Ando estos días estivales dedicando la mayor parte de mi tiempo libre a la lectura, tumbado a la sombra de las abarrotadas y cloratadas piscinas municipales, rodeado de chiquillería que corretean como almas que lleva el diablo, disparándose con pistolas de agua proyectiles líquidos que, la mayoría de las veces, impactan en la cara de los que tratamos de relajarnos en medio de esos zipizapes morrocotudos ante la mirada impasible de sus progenitores y las menos compresivas de quienes sufrimos la mala educación de esos retoños. Y es que hay veces que a uno le entran ganas de emular a Hommer J. Simpson y coger por el cuello a alguno de esos díscolos rapaces para hacerles notar, ya que no lo hacen sus padres, que cuando te tiras dos horitas aguantando sus trastadas llega un punto en que puedes perder la compostura. Pero, en fin, todo sea porque estos niños de hoy en día sigan creciendo sin ningún tipo de cortapisas, no vaya a ser que se cojan alguna depresión.


   El caso es que hace dos semanas me topé con un libro con el sugerente título de
Alfredo Grimaldos
“La CIA en España” (Editorial Debate, 2006) del periodista Alfredo Grimaldos. Si soy sincero, hubiera deseado que no hubiera caído en mis manos porque así seguiría manteniendo la mirada de admiración que guardo por la actuación de nuestros políticos durante la Transición. Mucho me temo que ese velo se me ha caído de golpe y porrazo, de forma totalmente inesperada, que es lo peor que puede pasar en estos casos en que uno pone en los altares a ciertos personajes. ¿Y por qué digo esto? Pues porque demuestra que los servicios de inteligencia norteamericanos, con la connivencia de los políticos de la época, llevan metiendo el hocico en nuestros asuntos desde hace demasiado tiempo. La mano de la Agencia  lleva su sello en temas tan delicados como el asesinato de Carrero Blanco en diciembre de 1973, la Marcha Verde de Hassan II sobre el Sáhara español en noviembre de 1975, el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y el escándalo de la colza, entre otros. Sí, en lo del síndrome tóxico también anduvo implicado el Tío Sam.  Si quieren sorprenderse con las revelaciones del autor, les animo a que salgan raudos y veloces a su librería de confianza y pidan sin dilación un ejemplar en cuestión. Aún no he terminado de leerlo, pero a buen seguro que todavía guarda muchas sorpresas.

   Por si puede ser de vuestro interés, os dejo un audio del autor charlando sobre el tema en cuestión.
   

martes, 9 de julio de 2013

El sol sale por el oeste

 
 Quisiera aprovechar la entrada de hoy para dar las gracias a Ana Gragera y Antonio León por la amabilidad con la que me han atendido esta mañana en su programa de Canal Extremadura Radio, "El sol sale por el oeste". Han tenido el detalle de llevarme como invitado para que les hablase del libro que he publicado con la editorial Control P en el que recojo parte de los artículos de este blog. Ha sido un placer y un privilegio poder dirigirme a los oyentes para hacerles partícipes de esta aventura literaria que tantas satisfacciones me está dando. Desde el primer momento me he sentido lo suficientemente cómodo como para que no se me notasen en demasía los nervios: uno no es ducho en estas lides, y siendo el programa en directo, la cosa impone mucho más. Porque si se tratase de una grabación, siempre existe la posibilidad de cortar y continuar en el punto donde uno se ha trabado en la explicación; pero en directo, amigo mío, el asunto cambia. Por eso, vaya desde aquí mi agradecimiento a sus presentadores.

   La verdad que a medida que avanzaba la entrevista me iba encontrando más suelto, con más desparpajo, con confianza. Se me ha hecho hasta corta. Cuando me he querido dar cuenta, resulta que ya estábamos concluyendo. Y esa ha sido una de las mejores señales para percatarme de que había logrado salir airoso del envite. Las otras pautas que han hecho que pensara que el experimento ha resultado satisfactorio me las han aportado mi compañera de Consejería Juani Domínguez, que me ha acompañado hasta los estudios de la emisora, así como mis compañeros de trabajo. Por lo que se ve, la entrevista ha gustado y me han felicitado por ello. Yo la acabo de escuchar en el post que han colgado en la página web del programa y, la verdad, me siento bastante satisfecho. Por cierto, se me ha olvidado decir que lo del término "esperpento" que utilizo en el título del libro se debe, más que a Unamuno o a Baroja, a Valle-Inclán.

   Lo dicho, espero que Víctor Casco no se moleste mucho por los artículos que le dedico en el blog y por el comentario que hago de él durante el programa. A lo mejor algún día hasta me decido a saludarle en el tren. Juego con la ventaja de que no me conoce físicamente, a no ser que alguien le haya comentado que han hablado de él en la radio y haya tenido la curiosidad de visitar el blog. Y por último, este comentario no estaría completo si no hago mención a Diego César Pedrera, que está a punto de publicar su segunda novela -"Tocan a muerto"- y que estoy convencido de que será un auténtico bombazo. Gracias César por hacerme creer en mis posibilidades como escritor, y por convencerme para que estos artículos viesen la luz en formato papel. Pues nada, aquí os dejo el link de la entrevista. Empieza a partir del minuto 13:50. Gracias. 

lunes, 24 de junio de 2013

El cuaderno de Guillermo

A estas alturas de la película no creo que nadie se sorprenda si digo que Fernández Vara no forma parte de mis afectos predilectos, ni siquiera de los que no lo son tanto. Proviniendo de mí, esta afirmación no tendría la mayor importancia, pero cuando esta misma opinión se la he oído decir a multitud de amigos que comparten con el señor Vara las mismas siglas de partido, la cosa tiene un punto de picante. Ya se sabe que los principales adversarios de un político no se hallan en las filas de la oposición, sino en el escaño contiguo. Parece ser que algunos -más bien la mayoría, para ser justos- se valen de la política para lograr sus aspiraciones personales a costa de dejar por el camino un buen reguero de damnificados que un día apostaron por un caballo ganador pero que, una vez instalado en  el poder, el jinete de ese caballo muestra una repentina facilidad para olvidarse de quienes le ayudaron a ocupar el puesto del que disfruta sin -aparentemente- remordimientos. Lo reconozco: hay que valer para ser político, y el señor Vara da el perfil. Pero como lo cortés no quita lo valiente, tengo que reconocer que no entiendo qué hace alguien como él, un tipo capacitado e inteligente -no se es número uno de su promoción por casualidad- en ese mundo de artimañas traicioneras, egos insultantes y ambiciones desmedidas. Si uno decide estar en política debe respetar una serie de principios irrenunciables. En su caso, me temo que hace ya tiempo que no se guía por esas premisas.

 
 Fernández Vara siempre llevará sobre sus espaldas la losa de haber sido el sucesor de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, al que -dicho sea de paso- tampoco tengo precisamente en los altares, pero al que hay que reconocerle los méritos logrados durante su longeva etapa al frente de la Junta de Extremadura: al César lo que es del César. Ocupar el puesto de un auténtico animal político debe ser un cometido tan incómodo como frustrante, sobre todo cuando se carecen de las cualidades de su antecesor y el propio interesado no es tan necio como para no ser consciente de ello. No quiero decir con esto que al señor Vara le falten aptitudes para dedicarse a la tarea de la “res pública”, pues los hay que con mucha menor preparación han logrado cotas mayores, pero digamos que tampoco sobresale por ellas. El caso es que el señor Vara, en lo que a sus expectativas políticas se refiere, ha defraudado hasta al apuntador. Cuando se hizo cargo de las riendas de la Junta lo hizo sin saber a qué atenerse: dudaba entre seguir el camino marcado por Rodríguez Ibarra (bregador, guerrero, luchador, incómodo) o labrarse uno propio al margen de un sello inconfundible que había hecho época pero que, si se quería correr parejo con los nuevos tiempos y que no le marcasen con la vitola de añejo -no hay nada peor para un progresista- , era menester encontrar uno a su imagen y semejanza. Al principio, por aquello de no decepcionar a su benefactor, gobernó haciendo guiños a la vieja guardia. Pero pronto se dio cuenta de que ese no era su estilo, que ese modo de proceder suponía una especie de travestismo que no iba con él. A partir de ahí parece que se le subieron a la cabeza las formalidades del cargo -que a uno le llamen “Presidente” en lugar de por su nombre de pila, debe causar estragos en la percepción de la realidad, a menos que esté rodeado por un equipo que le haga ver que esos oropeles son estrictamente necesarios pero, a la vez, necesariamente pasajeros- y decidió ir por libre, sin tutelas ni “tutías” -aquí el guiño lo hago yo a Fraga, a la espera de que no le moleste al señor jefe de la oposición (sic) del Gobierno de Extremadura-. Así que tenemos que Guillermo quiso volar sin ataduras; y claro, el vuelo no es que se le hiciera corto, es que duró menos de lo que se tarda en leer cualquiera de los posts de su blog . Además, para mayor tormento suyo, sus nuevas hechuras le llevaron a enemistarse con aquel a quien se lo debía todo: en más de una ocasión a Ibarra no le dolieron prendas en desautorizarle en público, haciendo mella en una relación que a día de hoy no pasa por su mejor momento.

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 Con la carita de niño bueno que le otroga el haber estudiado en un colegio de jesuitas -¡hay que ver lo revoltosos que sulen salir aquellos que iban para monaguillos!-, quiso inaugurar una nueva y floreciente etapa de prosperidad para Extremadura, y no hizo más que reincidir en los defectos del peor Rodríguez Ibarra, sin poder atribuirse alguno de los éxitos con los que compararse con su admirado padre político. Y así, dejando a un lado el escándalo del caso FEVAL, llegamos al quid de la cuestión del que trae causa este artículo. Sale hoy publicado en el diario   Vozpopuli que el amigo Guillermo dilapidó casi 35 millones de euros en Canal Extremadura durante los años 2008 y 2009. Se ve que lo importante era vender ante la sociedad extremeña, a través de los domesticados medios de comunicación, la imagen de un gobierno pretendidamente eficaz que distaba mucho de corresponderse con la realidad. Para parchear ese pequeño escollo es para lo que servían, entre otras cosas, la lluvia de millones que cayeron sobre la Cexma. Por eso, don Guillermo, si me permite el consejo, no estaría de más que dedicara parte de su ajetreada agenda en dar explicaciones en el parlamento, en su blog o donde mejor le convenga sobre unos hechos que demandan respuestas contundentes. Su cuaderno de ruta cuenta con demasiados borrones como para que se los sigamos pasando por alto. Decían de usted que podría ser la solución de consenso al guirigay de candidatos que se postulaban para disputarle a Rubalcaba el asiento de Ferraz. Por eso, si de verdad forma parte de sus planes proyectar su figura sobre el escenario nacional, resulta del todo punto inexcusable que aclare cuestiones como las que nos ocupan. Eso sí, no espere a que escampe la tormenta; cuanto antes lo haga, mejor para tranquilizar su conciencia y, sobre todo, para atemperar el cabreo de los contribuyentes, que asistimos impávidos cómo el fruto de nuestro esfuerzo impositivo se utiliza en cuestiones sumamente discutibles, por no utilizar otros términos más gruesos.






domingo, 23 de junio de 2013

Comentarios desde la barrera en formato libro

   Me satisface poder anunciaros que, después de mucho pensarlo y gracias al apoyo de la gente que visita este blog, me he decidido a editar la mayoría de los artículos en edición papel. Lo he hecho a través de la modalidad de autoedición; es decir, que soy yo mismo el que me encargo de hacer llegar el libro a todos aquellos que estéis interesados en conseguirlo. De momento no se vende en librerías porque los libreros, como es natural, tienen sus condiciones hasta para que un ejemplar se exponga en el escaparate, aparte de llevarse una considerable comisión por cada venta. Por eso, y gracias al excelente trabajo de la editorial Control P, puede decirse que me he tirado al barro en esta aventura. El libro tiene un precio de venta al público de 10 €. Todos aquellos que estéis interesados sólo tenéis que mandarme un  un correo electrónico (kenswald74@gmail.com) y os contestaré con el número de cuenta donde podéis hacer el ingreso. Una vez comprobado el ingreso, os lo haré llegar por correo ordinario.

   Sé que últimamente tengo el blog un poco abandonado, pero este proyecto me ha llevado más tiempo del que esperaba. Entre correcciones, diseño de portada y demás aspectos -totalmente desconocidos para mí-,  he estado casi un mes para la puesta a punto de este proyecto ilusionante. A partir de ahora, prometo volver a retomar la escritura con más asiduidad que hasta ahora. Por mi parte, nada más. Gracias a todos aquellos que ya me habéis encargado un ejemplar.