miércoles, 29 de agosto de 2012

El abejorro incorregible.


En las convulsas e históricas jornadas de abril de 1931, tres días antes de la proclamación de la II República española, nacía en Jerez de la Frontera (Cádiz) un retoño que al cabo de los años llegaría a alcanzar tanta o mayor notoriedad que Azaña y Alcalá-Zamora juntos, cierto es que por méritos bien distintos de los que adornaron a los precursores de una nueva etapa de nuestra historia política. Desde luego, será difícil que su nombre pase al ostracismo del olvido, siquiera sea por la extravagancia de los comportamientos que han regido su conducta desde un fatídico 23 de febrero de 1983. Como se ve, dos fechas trascendentales para la historia de España enmarcan el discurrir de nuestro personaje de ostentoso apellido y castizo nombre, pues también fue un 23 de febrero -aunque de 1981- cuando la locomotora que acaba de poner en marcha nuestra incipiente democracia estuvo a punto de descarrilar en un traicionero repecho en el que esperaban agazapados Tejero y Milans del Bosch. Desvelemos, pues, la identidad del empresario que puso a prueba los nervios del PSOE al poco de aterrizar Felipe González en La Moncloa: no es otro que el singular e irrepetible don José María Ruiz Mateos y Jiménez de Tejada, a la sazón Marqués de Olivara por obra y gracia de la República de San Marino.

   El viejo gentleman jerezano -aunque no gaste esmoquin, ni vaya tocado por chistera ni porte bastón alguno-, creador de uno de los mayores holdings empresariales de nuestro país (RUMASA), continúa estando de actualidad casi treinta años después de que su imperio se derrumbase ante la carga explosiva que supuso un malhadado decreto-ley de expropiación. Miguel Boyer accionó el mecanismo que terminaría de un plumazo con los altos vuelos de una abeja descarriada. Hoy su protagonismo judicial y periodístico trae causa de las cenizas que dejó el fuego mal apagado de un emporio que aglutinaba a cientos de empresas y daba empleo a más de sesenta mil personas. Desde entonces Ruiz Mateos juró venganza eterna, a imagen y semejanza del Conde de Montecristo, para quien le había hecho caer en desgracia. A partir de ahí el díscolo desheredado, poseedor de una lengua viperina acostumbrada a lanzar improperios trenzadados de tres en tres (“¡sinvergüenza, mariconcillo, descarado!”), no dejaría de incordiar al ministro con ínfulas de intelectual.

Y a fe que la promesa se llevó a efecto con esmerada saña: el despojo de firmas como el Banco Atlántico o Galerías Preciados no caería en saco roto mientras al miembro supernumerario del Opus Dei le quedasen fuerzas para denunciar lo que él y su familia consideraban un auténtico expolio. Quién no recuerda a Ruiz Mateos protagonizando su estrafalario show, casi siempre en lo alto de las escalinatas de cualquier juzgado desde el que, ataviado con el traje de Superman o con la indumentaria propia de un preso, aventaba soflamas contra los malvados socialistas ante la algarabía de la concurrencia. Pero si hay una imagen que ha pasado a la posteridad es la del fértil padre de familia propinando, mayo de 1989, un seco puñetazo en el rostro desencajado del pobre Boyer. El mandoble, acompañado de su celebérrimo “¡que te pego, leche!”, se convirtió en todo un símbolo para una España provinciana en la que las correrías de Ruiz Mateos rivalizaban con las hazañas de otro prófugo, famoso éste por cumplir el ideal de muchos currantes: robar 300 millones de las antiguas pesetas a la empresa de seguridad para la que trabajaba y escaparse a Brasil a dilapidar el botín. Por lo tanto, aquél 1989 no sólo se recordará por ser el año en que Felipe González conseguiría su última mayoría absoluta, por la muerte de la Pasionaria, por el Nobel de literatura concedido a Camilo José Cela o por la caída del muro de Berlín; si por algo acudirá a nuestra memoria colectiva será por la imagen del consorte de la Preysler aturdido ante el soberano sopapo soltado por uno de sus mayores damnificados, y todo ello en plena sede judicial.

Lo cierto es que aquella agresión, lejos de depararle mayores inconvenientes, fue uno de los motivos que le catapultaron a conseguir dos escaños en las elecciones al Parlamento Europeo celebradas un mes más tarde. La agrupación de electores que encabezaba Ruiz Mateos logró recolectar 600.000 votos, lo cual supongo que no ayudaría demasiado a que los españoles se crearan una idea seria de Europa: asistíamos al poco edificante caso en el que un estrafalario personaje -ex presidiario e imputado en otros asuntos judiciales- tomaba asiento en el mayor parlamento democrático del mundo para, se supone, defender los intereses generales en un mercado común que nos acababa de abrir sus puertas. Muchos ciudadanos lo vieron como una estrategia tras la que parapetarse ante sus continuos problemas legales, censurando el uso de los resortes que proporcionaba la política para eludir sus responsabilidades judiciales. Hay que reconocer que hasta en ésto resultó un pionero: más tarde seguirían su estela, enfundándose el disfraz de político, Jesús Gil y Mario Conde. Por cierto, que este último amenaza con saltar de nuevo a la arena con un partido de nuevo cuño (Sociedad Civil y Democracia) con el que, dice, devolver al pueblo la auténtica soberanía de la que le han despojado; ¡y es que hay quienes siguen pensando que pueden pastorear a la ciudadanía cual dócil rebaño de ovejas! No obstante, retomando el hilo de la cuestión, aquella aventura europeísta del marqués duró lo que tenía que durar. Sus seguidores tuvieron tiempo suficiente de conocer el paño como para no volver a cometer el error de depositar su confianza en alguien más preocupado por su rédito personal que por defender los intereses de quienes le votaron.


A uno le han contado que el paso del tiempo suele actuar como bálsamo para calmar las pasiones de los primeros años, así que yo esperaba de don José María que se volviera un hombre serio y responsable como correspondería a un señor de su edad, dispuesto a emprender nuevas aventuras empresariales bajo sólidos cimientos financieros, apartándose de la imagen que en su día le convirtió en rehén de su propia excentricidad. Y es que cuando los años van cayendo con la misma facilidad con que se hojean las páginas de un libro, el personal termina por volverse más manso y menos disparatado, recobrando de golpe la inocencia de la primera juventud . Confiaba en que Teresa Rivero, su devota compañera de fatigas, hiciera entrar en vereda al provecto patriarca para que abandonara el histriónico culebrón en el que había convertido su vida. Y así se propusieron hacerlo, volviendo a levantar la vieja empresa familiar bajo la denominación de Nueva Rumasa, además de dar el salto al fútbol profesional con la compra del Rayo Vallecano. Parecía que el viento soplaba a favor, que las tormentas desaparecían y el sol resplandecía con todo su esplendor en lo alto de un firmamento libre de nubarrones. Pero ya se sabe que la cabra tira al monte y que lo que aparentaba calma plácida no era más que un paréntesis en el que se cocía la madre de todas las batallas. Y ahí sigue nuestro don José María, erre que erre con su sempiterna querencia por retornar a los toriles carcelarios. Ya nadie lo va a cambiar, por eso debería darse cuenta de que no es de caballeros ir por ahí defraudando a la gente a diestro y siniestro. Su avanzada edad impedirá que ingrese en prisión, si finalmente el juez encuentra pruebas suficientes para sentenciar en su contra, pero ello no es obstáculo para exigirle que deje de cachondearse de la justicia y, sobre todo, que devuelva el dinero a los inversores que un día tuvieron la mala ocurrencia de confiar en él.



lunes, 27 de agosto de 2012

Siria, un grito de desesperación.


   El pueblo sirio lleva sufriendo desde hace año y medio el espantoso drama de una guerra civil que enfrenta a los simpatizantes del presidente Bashar Al-Assad, partidarios de perpetuar el régimen dictatorial, contra aquéllos sectores que desean instaurar cambios políticos, sociales y económicos, englobados estos últimos en las filas del Ejército Libre de Sirira. Pero los tentáculos del poder omnímodo, ejercido sin límites a base del miedo y la represión militar, está dificultando el sueño de muchos por ver a su país libre de unos tiranos que, en un pasado no muy remoto, contaban con el beneplácito de las democracias más representativas: sus enclaves geoestratégicos y sus reservas de petróleo han hecho que los líderes del mundo civilizado cerraran los ojos a cambio de pingües beneficios proporcionados por la firma de suculentos contratos. Y esta situación se ha mantenido inalterable hasta que el pueblo, cansado de tanta injusticia, ha dicho basta de la forma en que suelen hacerlo cuando se está sometido al yugo del despotismo. Pero, como también suele ser habitual en estos casos, el que ha ostentado el poder sin ningún tipo de cortapisas no quiere desprenderse del mismo sin antes enfrentar dura batalla a quienes ponen en duda su legitimidad: supongo que debe ser doloroso eso de tenerlo todo y ,al día siguiente, verse sin nada por obra y gracia de cuatro revolucionarios. De ahí el desenfreno asesino con el que se están empleando las milicias gubernamentales, pasando a cuchillo sin el menor reparo a la indefensa población civil, sembrando el terror entre sus propios paisanos para que no quepa duda de que, si tienen que sucumbir, lo harán sin compasión por el enemigo, protagonizando matanzas a las que, de momento, no se logra o no se quiere poner fin.

   ¿Y la Comunidad Internacional? En el mismo momento en que me formulo esta pregunta compruebo cómo llega a mis oídos la dulce melodía de los grillos, en espera a que salga alguien a la palestra que le eche valor suficiente para dar explicaciones convincentes a quienes se están dejando la vida en las calles de Damasco o Allepo. Mientras esto sucede -no se prevé que sea antes del próximo eclipse total de luna-, me apresuro a responder: pues ahí siguen los componentes de la meritada comunidad dándole vueltas al asunto, con sus impecables informes urdidos por las mentes más preclaras, sus concurridas reuniones al más alto nivel, sus fastuosas cumbres supranacionales, sus ingenuos enviados especiales y demás parafernalia, mientras balas y obuses no paran de de mandar al otro barrio a ingentes almas inocentes. Pero no nos sorprendamos por este indolente comportamiento como si fuera algo novedoso que nos cogiera de imprevisto, no en vano las heridas producidas por el conflicto de los Balcanes siguen estando tan presentes como para cubrir de oprobio a varias generaciones de líderes políticos. La alarmante pasividad de la ONU, como de costumbre, supone un inestimable apoyo para los objetivos de Ashar Al-Assad. No se sabe muy bien a qué hay que esperar para que las Naciones Unidas, siempre dubitativas en los instantes en que debiera mostrarse más enérgica, abandone esta actitud y ponga fin, de una vez por todas, a este desastre humanitario. Sería deseable que el movimiento iniciado en Túnez, bautizado por algún cursi como “la primavera árabe” -seguro que con el propósito de buscar un titular llamativo que sirva para vender más periódicos-, no encuentre un dique de contención en tierra sirias, puesto que esto supondría aplazar un desenlace que tarde o temprano, impulsado por las ansias de libertad, terminará por desalojar del poder al sátrapa que lo detenta con vergonzosa impunidad. Si queremos evitar que aumente el número de víctimas, ahora es el momento inaplazable para poner todos los medios necesarios con los que alcanzar el más noble de los propósitos que puede añorar un pueblo: el derecho a decidir su futuro por sí mismo. De lo contrario, tendremos que asistir, una vez más, al mayúsculo fracaso de una diplomacia que, al parecer, se contenta con el solo hecho de hacer acto de presencia en el teatro de los acontecimientos, sin reparar en que toda un nación ha puesto en sus manos las esperanzas de una vida mejor.

   Bashar Al-Assad es un cadáver político al que la inmensa mayoría de sus conciudadanos ha decidido dar la espalda; ya no están dispuestos a seguir gobernados por un sistema corrupto y dictatorial, incapacitado a todas luces para liderar un nuevo modelo social. La comunidad internacional no debe abandonar a su suerte a un grupo de revolucionarios que no ha dudado en arrostrar las dificultades que conlleva hacer frente a todo un aparataje político caracterizado por el autoritarismo. Lo contrario sería esparcir semillas de resentimiento entre una población que, estoy seguro, anda preguntándose cómo es posible que, una vez encendida la antorcha de la democracia, falten portadores que la lleven al pebetero de las libertades. Y un pueblo resentido y frustrado es capaz de acometer las mayores atrocidades, por muy nobles que sean sus objetivos. Por eso, no nos sorprendamos si volvemos a ser testigos de actos de brutalidad como los que sobrecogieron al mundo cuando los antiguos súbditos de Gadafi decidieron que ya había llegado la hora del otrora admirado coronel.

sábado, 25 de agosto de 2012

Salteadores de caminos del siglo XXI


   La crisis económica por la que atravesamos desde hace ya demasiado tiempo ha contribuido a crear una nueva modalidad de salteadores de caminos: la de quienes se dedican a irrumpir en centros comerciales y en propiedades ajenas como modo de protesta y reivindicativo de los derechos de los más desfavorecidos, de aquellas capas de la sociedad en las que la crisis se está cebando de modo despiadado. Dicen actuar en defensa de quienes ya no disponen de recursos para subsistir, de aquéllos que se están quedando en la cuneta de un sistema que ha fracasado y que pretenden demonizar por seguir perpetuando la distancia que separa a ricos y pobres. Se han erigido en una especie de Robin Hood, sustituyendo los bosques de Sherwood por las grandes superficies comerciales.

   El primero en iniciar esa altruista y encomiable labor de robar a los pérfidos ricos - ¡ a saber cómo habrán conseguido amasar su fortuna!- para repartir lo recaudado entre los pobres y oprimidos ha sido el camarada Sánchez Gordillo, el mismo que tiene la sana costumbre de viajar en primera clase cada vez que embarca en un avión, supongo que no sólo por el hecho de evitar el engorro de que se le hinchen las piernas en la incómoda clase turista, sino también por no verse envuelto en una más que probable confusión de identidad con Yaser Arafat y al pasaje le dé por asediarlo con impúdicas peticiones de autográfos. Una de las principales características del amigo Gordillo, aparte de haber estado cobrando dos sueldos -uno como parlamentario andaluz y otro como maestro de EGB- sin que se haya dado cuenta, es la de ser alcalde del archiconocido municipio de Marinaleda desde el año 1979. Y se preguntarán ustedes, con toda la razón del mundo, si en todo ese tiempo no ha habido nadie capaz de hacer frente al susodicho regidor. Si me lo permiten, les sirvo la respuesta en bandeja: a ver quién apea del consistorio a una persona que ha conseguido que en su pueblo haya una tasa del 0% de paro (aunque dos terceras partes de su población activa estén sujetos al PER), que uno se pueda hacer su propia vivienda no pagando más de 15 euros al mes (lo de menos es que el suelo haya sido expropiado “by the face”) y, como colofón, que le asignen un sueldo neto de 1.128 euros por 35 horas semanales de trabajo en una cooperativa ubicada en un terreno cuyos legítimos propietarios fueron invitados amablemente a ceder en favor de la lucha proletaria. Convendrán conmigo en que estos argumentos sobran para explicar el por qué de las cosas.

Conociendo estos antecedentes, se habrán hecho cargo de la dificultad que entraña la empresa de convertir en oposición política a quien lleva gobernando la friolera de treinta y tres años. Es como si se hubiera establecido un “statu quo” en el que los marinaleños pensaran que más allá de Gordillo sólo les esperan las tinieblas y el el caos, radicando en esta falsa creencia el principal escoyo para conseguir un recambio a quien desea perpetuarse en el poder, desterrando del ideario popular la imagen mesiánica del que aspira a convertirse en salvador de los desheredados. Quizás si sus seguidores supieran que todo esto tiene truco, que no es oro todo lo que reluce, que la riqueza de su querida tierra prometida se basa en más de un 75% en subvenciones públicas, y no en el esfuerzo de quienes trabajan los medios de producción, serían conscientes de que su admirado redentor es totalmente prescindible. Lo malo es que después de tanto tiempo creyendo en una idea germinada en lo más profundo de la conciencia colectiva, derribar esa creencia arraigada durante lustros es una tarea abocada al fracaso si no se emprende con firme voluntad e incansable determinación. De esa falta de virtudes, precisamente, se sirven Gordillo y sus adláteres para continuar en la picota.

Y como todo movimiento sísmico que se precie suele tener sus réplicas en los territorios colindantes, Extremadura no ha escapado a esa ley de la naturaleza y no han faltado simpatizantes de la obra de Gordillo a este lado del Guadiana. Por estos parajes, en lugar de asaltar mercadonas se ha decido hacer lo propio con los carrefoures, quizás por eso de que los gabachos nunca han sido santo de nuestra devoción y aún tenemos muy presente los camiones atestados de frutas volcados en la frontera. Pues bien, el cabecilla de estas protestas locales es otro diputado autonómico por Izquierda Unida: Víctor Manuel Casco. Ambos dos, además de ser duchos en Historia, comparten la condición de parlamentarios por Izquierda Unida en sus respectivas circunscripciones electorales. Como rasgo diferenciador, además del hecho de que el maestro supremo casi dobla en edad al discípulo extremeño, podemos reseñar que aquél no tiene en su nombre de pila ninguna reminiscencia que recuerde a una de las dinastías monárquicas de mayor tradición europea. Quizás ese sea el motivo por el que Cascos se empeñe en dejar bien claro que, además de blasflemo, rojo y ateo, por encima de todo es republicano, ahuyentando de esta modo cualquier atisbo de parentesco con la rama de los Saboya. Ahora bien, como suele ser habitual en toda imitación, ésta también cuenta con un signo distintivo que la hace ser diferente de su matriz: mientras que en tierras andaluzas no se andan con remilgos ni circunloquios abusurdos a la hora de llamar a las cosas por su nombre, aquí han decidido que la actuación emprendida llevase la vitola de “expropiación de alimentos”, dándole un toque singular a lo que no deja de ser un robo o un hurto, según la cuantía de lo sustraído.

   Más allá de lo anecdótico que pudieran resultar estas medidas de protesta, con las que se puede o no estar de acuerdo, lo cierto es que toda reivindicación es respetable siempre que no se pierdan las formas. Lo que no se puede aceptar es una coyuntura de hechos consumados en la que, bordeando los límites establecidos por el ordenamiento jurídico, se trate de poner en evidencia el fracaso de un sistema económico. Para nadie es grato comprobar las consecuencias devastadoras a las que nos está sometiendo esta crisis inmisericorde, pero de ahí a que apliquemos la justicia social por nuestra cuenta media un abismo. Por supuesto que hay que mantener un espíritu combativo para conseguir ideales hasta el momento utópicos, pero para revestir esa lucha de legitimidad y conquistar mayores espacios de libertad resulta imprescindible hacerlo sin traspasar las líneas de la legalidad. No creo, sinceramente, que estas medidas de protesta sean las más adecuadas para revertir una situación a todas luces injusta. Por eso, debemos buscar otros mecanismos para mostrar nuestro justificado descontento, pero no nos dejemos llevar por argumentos cargados de demagogia que no conducen sino a una mayor frustración por parte de quienes confían a ciegas en sus representantes. 

martes, 24 de julio de 2012

Una de políticos.


Retomo la actividad después de algo más de un mes de holganza. He dejado pasar tanto tiempo, aparte de por el hecho de haber estado algunos días de vacaciones, porque quería evitar escribir bajo el eco de las protestas y manifestaciones que, de un tiempo a esta parte, inundan las calles y plazas de un país defraudado por una casta política afanada en dilapidar las capacidades y potencialidades de una sociedad cabreada por tanta subida de impuestos y tanto recorte. No quería escribir en caliente para no tener que arrepentirme de algunos exabruptos que, a buen seguro, se me deslizarían en el discurrir del relato. Por eso, he preferido escribir desembarazado de cualquier pasión del momento que pudiera cegar la claridad de juicio que me merece la situación por la que atravesamos.

Desde el 19 de junio, fecha de mi último post, las cosas han cambiado para peor: nos han subido el IVA, el agua, la luz, la gasolina, el gas, etc. No hay nada que se haya librado del incremento impositivo, y si lo hay es porque no se han acordado. Para más inri, en cuanto a los funcionarios se refiere, nos eliminan la paga extra de Navidad y nos quitan tres días de asuntos particulares. Y lo peor es que, según los encargados de explicar estas medidas, todo ello se hace para reactivar la economía con ánimo de potenciar el consumo. Yo no soy ningún experto en la materia, pero me parece a mí que si los sueldos no aumentan y se encarecen el resto de bienes y servicios, eso implica que disponemos de mucha menor renta para destinar al consumo. Es algo así como la cuenta de la lechera, pero a las claras. Por eso, no me extraña que se nos esté quedando la misma cara de asombro que pusimos cuando vimos a Uri Geller doblar cucharas por televisión: la razón nos empujaba a no aceptar lo que nuestros incrédulos ojos veían con total nitidez. Eso mismo es lo que está sucediendo ahora: asistimos a un dramático número en el que no paran de desaparecer ante nuestra vista una serie de derechos que ha costado muchos años conquistar, derechos que están desapareciendo de un plumazo para desesperación de los damnificados. Nos negamos empecinadamente a dar carta de naturaleza a una situación creada por delincuentes de cuello blanco (banqueros y demás laya) y amparada por políticos ineptos.

Por muy tópico que resulte, ya no nos quedan más agujeros para apretarnos el cinturón; el gobierno debe darse cuenta que la solución no es la subida de impuestos, sino que debería acometer drásticamente la vertiente de la reducción de gasto público: en ese campo hay todavía mucho donde podar. Y no me estoy refiriendo a recortes en servicios básicos como sanidad y educación -que es lo que están haciendo-, sino en partidas supérfluas de ámbito estrictamente político y no administrativo. La gente no sale a la calle a manifestarse porque sí, por afición, porque no tengan nada mejor que hacer, sino porque está llegando a una situación límite en que ven peligrar su bienestar familiar y laboral. La situación actual está poniendo en cuarentena eso que denominados Estado social y democrático de Derecho, con lo cual nadie debería sorprenderse por el clamor que sale de las entrañas de una población hastiada de unos excesos que nos han conducido a estos infiernos. Pero, al parecer, esto es algo que no deben comprender ni Montoro ni De Guindos, puesto que estos dos prebostes de la macroeconomía no se cansan de decir que se sienten incomprendidos, que no entienden el malestar de los administrados ante unas medidas que sólo pretenden sacarnos del marasmo en el que nos encontramos. Y te lo explican con toda su cara dura, con la jeta de no haber roto un plato, con ese tonillo de superioridad, con ese acento de guasa del que se dirige a un rebaño de borregos conocedor de que no le están entendiendo ni “papa”, que a uno le entran ganas de tenerlos delante para decirles dos o tres lindezas. A éstos que no paran de pregonar que tenemos que hacer aún más sacrificios los ponía yo a trabajar con un sueldo de mileurista para ver qué métodos utilizan para llegar a fin de mes.

Estos señores no se enteran de que se están cargando a la case media de este país, que es la que sustenta en mayor o menor grado todo el sistema. Y no vale la excusa de que están actuando así porque son recomendaciones impuestas por Europa; eso sería como reconocer que no son dueños de la situación, que se limitan -cual marionetas- a ejecutar los movimientos iniciados por otros. Insisto en un concepto que ya he repetido en varias ocasiones: somos muchos los desencantados con una clase política que no ha sabido estar a la altura del pueblo que los ha elegido. Es ahora cuando se deben poner de manifiesto las cualidades de aquellos que han sido llamados a dirigir un país, pero mucho me temo que la mayoría salga mal parado de esta prueba decisiva. Por eso, no va muy desencaminado el aforismo según el cual, en España, “el que vale, vale, y el que no... para político”. Desde luego, no es muy normal que para desempeñar cualquier cometido te exijan como mínimo el graduado escolar y para ser ministro, diputado o presidente del gobierno baste la credencial de haber pasado por el “cursus honorum” de los despachos de la sede política de turno. Por todo ello: ¿merecemos los políticos que tenemos, o tenemos los políticos que nos merecemos? He ahí la cuestión.

martes, 19 de junio de 2012

De la tragedia griega al drama hispánico.


   Los gurús de la economía patria, entre los que incluyo a los ministros Montoro y De Guindos, llevaban tiempo haciendo una labor de zapa en el sentido de afirmar que la situación económica española mejoraría una vez que se celebrasen las elecciones griegas del pasado domingo. De este modo, decían, los mercados aclararían sus dudas. Pues bien, aunque los helenos han decidido seguir apostando por Europa, disipando las brumas que arreciaban sobre su permanencia en el euro, resulta que la situación no mejora: la prima de riesgo y el bono a diez años españoles siguen escalando posiciones en el ránking del pánico, situándose en niveles históricos. Esto, lo que demuestra, es que Grecia no era el problema. El mayor obstáculo para salir de esta túnel hay que buscarlo dentro de nuestras fronteras; tenemos que dejar de poner excusas para justificar nuestros propios fracasos. Los griegos no habrán hecho sus deberes, pero está claro que España tampoco va por el buen camino. Jugarse nuestra credibilidad a la carta griega denota un punto de negligencia que no todos estarán dispuestos a pasar por alto.
 
   Todo esto hace que uno empiece a desengañarse y a convertirse en un descreído. Eso de que un pesimista es un optimista bien informado se aplica a rajatabla en estos momentos de crisis. Lo reconozco, estoy perdiendo la fe en la clase dirigente de este país. Nunca antes nos habíamos visto en un brete semejante que recomendase, por el bien de todos, aunar esfuerzos y voluntades con el único objetivo de ir todos juntos, sin banderías políticas, en pos de encontrar soluciones a una situación de auténtica emergencia que amenaza con soterrar el estado del bienestar que hemos disfrutado hasta ahora. En este sentido, es cierto que el PSOE no está haciendo leña del árbol caído y que las declaraciones de sus dirigentes, por regla general, se caracterizan por la prudencia que cabría esperar por parte de quienes nos ayudaron a meternos en este “embolao”. Ahora bien, aparte de esto, es decir, de que la oposición no se ensañe con los problemas del gobierno -condición imprescindible para salir airosos del trance-, también se necesita que el propio Ejecutivo esté a la altura de las circunstancias, por lo menos quienes ejercen competencias en materia económica. Por desgracia, esto último no se está cumpliendo del modo en que sería deseable. Si en estas circunstancias el gobierno no camina bajo una misma voz que oriente las decisiones a adoptar, mal vamos. Son ya demasiados los ejemplos en que un ministro dice una cosa y al poco sale otro colega de gabinete para desmentir o matizar; parece como si la situación les desbordara y no supieran reaccionar ante las adversidades. Se les nota totalmente despistados ante una coyuntura en la que la ciudadanía reclama liderazgo y decisión,  no bastando la proclama de naderías y vaciedades para calmar los miedos fundados de una población desencantada.

   Sólo hay una forma de que los mercados recuperen su confianza en España: imprimir una imagen de solidez institucional y seriedad en la toma de decisiones, lo que equivale a decir que tenemos que emitir señales inequívocas de que seguimos dispuestos a continuar con las reformas estructurales -a nivel laboral, financiero y fiscal, entre otros sectores- que sirvan para poner coto a los desmanes de tantos años de ficticia opulencia y prosperidad. También ayudaría a clarificar el panorama que se llamase a las cosas por su nombre, dejándonos de rodeos absurdos que lo único que hacen es retratar a quienes se ofuscan en hacer piruetas gramaticales. Igual que critiqué a Zapatero cuando se escondía en el diccionario para negar la crisis con artilugios sintácticos del tipo “desaceleración económica”, lo mismo cabe decir de Rajoy y su “línea de financiación” a la banca con los 100.000 millones de euros del ala que nos han prestado y que, no lo duden, llevan aparejadas una serie de condiciones que deberemos cumplir sí o sí. Ya no se trata de que nos den duros a pesetas, sino que no nos hagan comulgar con ruedas de molino. La filantropía es una cualidad que no abunda en estos ámbitos como para que nos dejen ese pastizal sin previamente garantizarze que devolveremos hasta el último céntimo, intereses incluidos. Por eso, no puedo por menos que mostrarme de acuerdo con Rosa Díez cuando instaba a Mariano Rajoy a pronunciar sin miedo la palabra “res-ca-te”. Porque, si esto no es un rescate... se le parece mucho.

jueves, 14 de junio de 2012

Rumores de una moción de censura.


   Decir a estas alturas que el gobierno de José Antonio Monago se sustenta gracias a los votos de los tres diputados de Izquierda Unida es puro pleonasmo. Todo gobierno en minoría se encuentra en situación de precario, puesto que siempre está pendiente de que aquellos que lo apoyan puedan retirarle su confianza en cualquier momento. Esto último es lo que parece barruntarse a tenor de los movimientos internos producidos en la formación liderada, hasta el momento, por Pedro Escobar. A muchos de sus compañeros les disgusta sobremanera que se le haga el juego a la derecha, confluyendo sus voluntades parlamentarias en más ocasiones de las que la mayoría de sus votantes, simpatizantes y militantes desearían. Eso, al menos, es lo que declaran desde el sector crítico liderado por Margarita González Jubete, concejala del ayuntamiento de Cáceres elegida por “aclamación popular” como futura alternativa al actual coordinador de la coalición de izquierdas; sistema de elección, por cierto, que no parece ser muy democrático. Sí lo es el hecho de que la tan criticada política abanderada por el estigmatizado Escobar es fruto de los acuerdos de las asambleas de simpatizantes de Izquierda Unida, que dieron como resultado que por nada del mundo deseaban que el PSOE volviera a gobernar en Extremadura, facilitando el acceso de Monago al poder. Aquélla decisión fue sorprendente e inexplicable para propios y extraños, pero no se le puede achacar déficit de legitimidad: gustara más o menos, y a pesar de las presiones de Cayo Lara y su séquito, al final se impuso el sentido común de las bases.

   Ha pasado algo más de un año desde que el Partido Popular ganara las elecciones. Para muchos es demasiado tiempo como para que la derecha siga disfrutando de las mieles del éxito. Parece ser que el señor Fernández Vara, resguardado del chaparrón en un incómodo escaño al que no se terminar de acostumbrar, ha dicho basta. El estratega oliventino ha sacado el bisturí para diseñar una maniobra que le devuelva a la primera línea de la política extremeña, y qué mejor opción que soliviantar los ánimos en el seno de la propia Izquierda Unida, ya de por sí caldeados sin necesidad de injerencias ajena. Por lo visto, las soluciones a los problemas de la región se deben detectar con mayor clarividencia desde la oposición, pues no se explica de otro modo que el apóstol socialista se pase el día predicando a diestro y siniestro el catálogo de medidas con las que Extremadura sufriría en menor medida la embestida de la crisis. Como San Pablo, don Guillermo se ha caído del caballo y ha visto la luz, ese mismo haz que no le acompañó durante su mandato y que tan beneficioso habría sido para el conjunto de la ciudadanía. De todos modos, esta conversión no parece muy creíble puesto que está guiada por el interés y no por el afán de servicio público. Pero siempre hay acólitos dispuestos a participar en la trama. Para rematar su jugada se servirá, una vez más, de sus discípulos de Izquierda Unida, a los que no para de sermonear con la finalidad de voltear la situación y que las cosas vuelvan a su sitio original, es decir, a aquél que nos ha conducido a ser la cola de España en cualquiera de los indicadores económicos que analicemos.

   Todo está dispuesto para que, en el XII Congreso que celebrará IU en otoño de este año, Pedro Escobar sea despedido sin aplausos y por la puerta de atrás. Ni siquiera le agradecerán los servicios prestados. Y así, la que se perfila como nueva coordinadora regional, González Jubete, se prestará a servir de marioneta para desalojar del gobierno a Monago en una moción de censura que los mentideros políticos fechan para finales de año. Con lo cual se reeditará la situación producida recientemente en Andalucía, donde José Antonio Griñán sigue al frente del gobierno autonómico gracias a sus socios de Izquierda Unida, consiguiendo Diego Balderas que su gente ocupe las consejerías más importantes. Eso, a lo mejor, es lo que pretende la coalición izquierdista en Extremadura: obtener cargos a cambio de prestar su voto en esa hipotética sesión en la que se pondrá a prueba la fortaleza del ejecutivo. Y es ahora cuando quiero acordarme de aquellas palabras de Fernández Vara en las que, contrariado por el resultado de las elecciones de mayo de 2011, y ante los primeros rumores de una inminente moción de censura, sentó cátedra cuando declaró con toda solemnidad -cabreado diría yo- que el PSOE no se prestaría al juego de hacer caer a Monago, y mucho menos de la mano de los traidores de Izquierda Unida. Pues nada, señor Vara, demuestra usted pocos escrúpulos al desdecirse en tan corto espacio de tiempo. Desconozco qué es lo que pretenderá mejorar con respecto al tiempo que presidió la Junta de Extremadura, pero mucho me temo que no lo hará mejor que entonces. Su grupo parlamentario tiene todo el derecho a plantear una moción de censura, puesto que se trata de un mecanismo legal para la exigencia de responsabilidades políticas. Lo malo de todo esto es que huele demasiado a ambición personal y, como dijo Oscar Wilde, la ambición es el último refugio del fracaso. 

viernes, 8 de junio de 2012

Disquisiciones atribuladas de un funcionario cabreado.


   Hay ocasiones en las que uno se formula preguntas a las que le da miedo responder. Eso es lo que lleva sucediéndome desde hace algún tiempo con respecto al hecho de por qué un día decidí prepararme unas oposiciones para conseguir un puesto de trabajo fijo, en busca de esa estabilidad laboral que todo hijo de vecino ansía; en qué hora me propuse llevar la vida de un ermitaño hasta lograr ese objetivo, dedicándole más horas al estudio que a mis amigos y familiares, rivalizando con compañeros excelentemente preparados y no bastando con aprobar los exámenes sino siendo necesario sacar la nota más alta posible para culminar con éxito esa escalada al Everest que conlleva afrontar el temario de unas oposiciones. Lo cierto es que debo de ser algo más torpe que la media porque llevo en ese intento la friolera de siete años, con mayor o menor intensidad, y hasta la fecha sólo he conseguido ser interino: lo de la plaza fija, de momento y con los tiempos que corren, ni está ni se la espera. Pero bueno, al menos estoy disfrutando de los frutos del esfuerzo invertido, aunque no sea con la tranquilidad de haber alcanzado la meta final. Ya se sabe que esto es una carrera de fondo en la que triunfa no el que más corre sino el que ofrece mayor resistencia. En esas ando, aunque el resuello ya empieza a faltarme.

    Uno de los pecados capitales de nuestra sociedad es la envidia, y ese defecto se pone de manifiesto cuando sale a relucir el tema de los funcionarios y, a decir de muchos, de sus “privilegios”. La gente sólo ve en nosotros que trabajamos de lunes a viernes, que tenemos las tardes y los fines de semana libres, que cobramos a final de mes un buen sueldo, que disfrutamos de unas buenas vacaciones y días de asuntos particulares, nuestros veinte minutos para el cafetito, nos podemos poner malitos cada vez que queramos sin que pase absolutamente nada, sin correr el riesgo de que nos echen a la calle. Esas son las ventajas que el común de los mortales nos reconocen y , al mismo tiempo, critican porque algunos han abusado de sus derechos hasta convertirlos en espurias prebendas. De ahí que nos nieguen la mayor y no nos concedan siquiera el derecho de queja. Poco menos que tenemos que pedir disculpas por haber hipotecado parte de nuestra vida en el intento de obtener una plaza fija. Pero claro, la gente no es consciente de el camino recorrido, sino que sólo fija su mirada en aquéllos que coronan con éxito la travesía del desierto del opositor, desdeñando que son muchos los que se quedan a medio camino sin que les sea recompensado el sacrificio realizado. Tenemos tanta o peor mala prensa que los políticos, que ya es decir.

    A despojarnos de la etiqueta de vagos y maleantes que nos ha endosado la mayoría de la sociedad tampoco ayudaron mucho las declaraciones del Secretario de Estado de Administraciones Públicas, que allá por el mes de abril le dio por decir que, en momentos de crisis, los funcionarios no iban a ser menos y se les iba a terminar lo del cafelito y el periódico: ¡leña al mono o más madera!, como ustedes quieran. Es intolerable que este señor, al que algún famoso periodista deportivo no dudaría en calificar como “bulto sospechoso”, haya pretendido situar al funcionario como cabeza de turco, como muñeco de trapo al que el resto de los trabajadores pueden golpear sin piedad para descargar sus tensiones. Si este señor, que en teoría debe conocer de primera mano la problemática del colectivo de los empleados públicos, se descuelga con manifestaciones de esa laya, no me extraña que el ciudadano de a pié aplauda a rabiar y jalee aquellas medidas tendentes a recortar los derechos de los funcionarios. Si el que tenía que ser nuestro mayor defensor se convierte en nuestro verdugo, habremos de convenir que estamos bien jodidos, con perdón. Muchos nos ven como un problema y ese es un sambenito que nos va a costar mucho quitarnos de encima.

    Resulta desalentador que sólo se acuerden de nosotros cuando toca ajustarse el cinturón. Cuando vivíamos en pleno boom económico y a los funcionarios nos congelaban el suelo o subía, como mucho, lo mismo que el IPC, el resto de trabajadores veían aumentar sus nóminas varias décimas por encima del indicador de precios. Cuando -con todos mis respetos- un albañil, un soldador, un fontanero, un escayolista, un comercial, etc, etc, se llevaban a la buchaca un buen puñado de miles de euros y tenían aparcados a las puertas de sus casas el audi o el BMW correspondientes, los funcionarios seguíamos ganando bastante menos que ellos y teníamos que conformarnos con un Málaga o un Volkswagen de hace doce años. Mientras el viento soplaba a favor, a los funcionarios no nos mentaban ni por casualidad; eso sí, cuando a ese mismo viento le ha dado por cambiar de dirección de tal forma que ahora nos lo encontramos de cara, aquéllos que vivían amparados por una burbuja inmobiliaria han salido raudos y veloces con su dedo acusador para que también nosotros acudamos al rescate. Mientras que ellos no quisieron compartir las mieles en tiempos afortunados, ahora nos señalan como apestados si nos negamos a contribuir con más sacrificios a la recuperación económica, con la agravante de que nos consideran causantes de una situación de la que ellos mismos se beneficiaron con los destellos del ladrillo.

    Por otra parte, no hay que olvidar que funcionarios no sólo somos los que estamos en una oficina sentados delante de un ordenador, sino que los médicos, profesores, bomberos, policías, militares, jueces y así hasta un largo etcétera de trabajadores forman parte de ese conglomerado al que llamamos Administración. Por eso, no habría que vitorear con tanta ligereza las medidas de ajuste que los gobiernos, tanto central como autonómicos, están adoptando para cumplir con el requisito de déficit exigido por Europa, puesto que ello conllevará que ciertos servicios públicos dejen de prestarse con la misma eficacia que hasta ahora. No quiero ir de mártir, pero tampoco es cuestión de poner la otra mejilla cada vez que recibimos un mandoble por parte de la incomprensión generalizada de la población. Además, el que crea que es oro todo lo que reluce en la “res pública” está muy equivocado. No digo yo que en la empresa privada estén expuestos a mayores arbitrariedades, pero nosotros tampoco nos libramos de este tipo de comportamientos. Así, por poner un ejemplo, a tu Jefe de Servicio se le puede encender una neurona que tenía atrofiada y un buen día soltarte que, después de estar siete años ejerciendo determinadas funciones, tu puesto es totalmente prescindible y mandarte a otra unidad sin ningún tipo de complejos, porque sí, porque a él le da la gana y, si no estás de acuerdo, te aplica la coletilla esa de “por necesidades del servicio” y santas pascuas. Quiero decir que no son sólo beneficios, sino que en todos los sitios cuecen habas. De todos modos, a aquéllos que tanto nos critican, les animo a que se embarquen en la aventura de prepararse unas oposiciones para que vivan en primera persona las preocupaciones e inquietudes de esta carrera de fondo y, si luego tienen la fortuna de superar el proceso selectivo, juzguen desde dentro los vicios que achacan a la maquinaria administrativa, a ver si se corresponden con lo que pensaban cuando no formaban parte de la misma.